EL PUENTE VIEJO SOBRE EL RÍO PAS EN ORUÑA.

Puente Viejo, Oruña
Puente Viejo sobre el río Pas en Oruña.

Se encuentra situado en la vieja carretera nacional N-611 que conecta Venta de Baños con Santander. Se trata del antiguo Camino Real de Reinosa al puerto de Santander, promovido por el ilustrado Marques de la Ensenada en tiempos del reinado de Fernando VI con la intención de facilitar el comercio de lanas y harinas castellanas hacia el exterior, a través del puerto cántabro. Esta vía -concluida en 1.753- está considerada la primera calzada de importancia construida en la península según los nuevas técnicas ingenieriles que llegaban del exterior y en algunos tramos se formó sobre la antiquísima vía romana que desde Dessobriga (Melgar de Fernamental) en la Meseta Norte, accedía al Cantábrico en Portus Blendium (Suances) y Portus Victoriae Iulobrigensium (Santander); otros tramos ya se reformaron en época de los Austrias, como es el caso de nos ocupa. Precisamente, en los últimos kilómetros camino de la capital cántabra, se encuentra el viejo puente sobre el río Pas que une los pueblucos de Oruña y Arce, también conocido como Puente Arce, ambas localidades pertenecientes al municipio montañés de Piélagos.

Cantabria Con Historia
Río Pas a su paso por Oruña.

Hasta 1.963, fecha en la que se construye un nuevo puente, era el único punto para vadear el río Pas en el amplio tránsito de viajeros y mercancías a través de la nacional N-611. Se entiende que desde tiempo inmemorial existiría algún puente de madera o de fábrica de origen romano, pues fueron los que diseñaron esta vía. En virtud de las frecuentes y violentas riadas en la zona, cabe pensar que se habrán construido y reconstruido diferentes puentes a lo largo de los siglos, de los cuales, no hay constancia, hasta el siglo XVIII en que se decide acometer una nueva rehabilitación, esta vez documentada. En tiempos de Felipe II se acepta licitar una obra para reparar el puente y tras varias subastas parece que el remate de la obra lo consigue el maestro cantero Bartolomé de la Hermosa, natural de la villa de Liérganes, en la Comarca de Trasmiera, cuna de multitud de canteros que trabajaron por toda la Península.

Parece que en última plica, donde acude Bartolomé en unión de otros compadres trasmeranos, como Lope de Arredondo y Diego de Sisniega, se evalúa la obra en 6.000 ducados aportando proyecto y trazas el 1 de noviembre de 1.585. La obra se hace lentamente y hay que arreglar desperfectos de otras riadas recientes, así, en septiembre de 1.590 se dan como terminados 4 arcos y se inicia el gran arco central. En 1.596 una nueva embestida de las aguas destruye parte de la obra hecha (un arco y dos pilas) y se inicia nueva traza y condiciones que acepta el propio Bartolomé por la suma de 1.550 ducados, comprometiéndose a finalizar las obras en seis meses. Posteriormente, cedió la obra a otro colega trasmerano llamado Francisco de Haza, natural de Pontones, que terminó el puente.

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Puente Viejo sobre el río Pas en Oruña.

Se trata de una obra realizada en tiempos del barroco primitivo aunque no guarda estilo de época, como tampoco renacentista pues es obra pontonera sobria y rústica, aunque sólida. Es fábrica de roca caliza, labrada con esmero, en sillares de variado volumen, originariamente a hueso, aunque actualmente se aprecia el llagado protector; amplios paramentos hasta tímpanos y largos estribos bien amurallados para protegerse de crecidas, todo ello con exceso de líquenes y hongos sobre piedras. Consta de 5 vanos, uno de ellos semienterrado, dos sobre cauce, de arco de medio punto, ligeramente abiertos. Aguas arriba con cuatro potentes tajamares en cuña, con hiladas escalonadas, muy retocados por diferentes rehabilitaciones (punteras en basas de hormigón); el soporte aguas abajo se logra por cuatro estrechos espolones cuadrangulares, a modo de contrafuertes, realizados con buena sillería. Bóvedas de intradós bien formadas aunque tienen exceso de costras de cales, sales y otros componentes minerales, producto de las consabidas filtraciones. Buen trabajo en boquillas con dovelas bien trabajadas y ensambladas. Perfil de plataforma ligeramente alomado con calzada aproximada a los 3,50 metros de ancho y descansaderos aprovechando el cenit de espolones y tajamares. Altas y fuertes manguardias de piedra en bordes, sin aceras peatonales y cubierta con varios recrecidos de asfalto pues era la carretera nacional ya mencionada aunque ahora queda reducido su uso para circulación local con matrícula CA-232 permitiéndose el tráfico de vehículos hasta con MMA de 10 toneladas aunque con preferencia de paso siempre en una dirección por su angostura.

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Puente Viejo sobre el río Pas en Oruña.

Se encuentra en buen estado de conservación, bien imbricado en un soto fluvial de recreo donde existe un panel informativo breve sobre la historia del puente así como señalización viaria para acceder a él. Hasta dispone de pequeños aparcamientos en la zona y existe una cercana oferta hostelera. Esta obra pontonera es uno de los monumentos más señalados de Cantabria así como símbolo y emblema de estas localidades y del municipio de Piélagos, figurando en su blasón. Está considerada BIC (Bien de Interés Cultural) desde 1.985.

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EL CAMINO REAL DE SANTANDER A CASTILLA EN 1749.

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Hace unos 265 años de la construcción de una importante obra de ingeniería, innovadora en su tiempo, y que marcó pautas en el arte de construir caminos por trazados difíciles, cuando aún faltaban 50 años para que se creara el Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Entre 1749 y 1753, el Camino Real de Reinosa fue tomando forma y configuró la salvaguarda del futuro florecimiento de la ciudad de Santander y de su puerto.

La apertura de esta vía se inscribe en la política interna de una época de reformas impulsada por los monarcas borbones; gracias al proceso de centralización administrativa se suprimieron aduanas interiores y se mejoraron o crearon caminos. A ello se le añadió una política de saneamiento de la hacienda pública, que se vió beneficiada con la apertura de este camino a Santander, en perjuicio de los puertos vascos, que gozaban de exenciones fiscales. El camino de Reinosa permitió a la ciudad competir con Bilbao por el comercio de las lanas castellanas.

El proyecto y ejecución de este camino demostraron cómo la voluntad política es determinante para vencer dificultades, incluso las técnicas. El apoyo de los primeros monarcas borbones y el incondicional aliento del Ministro de Hacienda, Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, (1702-1781) hicieron posible una obra que a su paso por Cantabria coincide en la actualidad con la N-611, salvo un tramo de casi cinco kilómetros que permanece original entre Bárcena de Pie de Concha y las proximidades de El Ventorrillo de Pesquera.

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Este tramo, hoy deteriorado y sin ninguna protección, necesita ser rescatado del olvido y acogido entre las obras que por su interés merecen ser calificadas como del patrimonio de todos.

Al comenzar el siglo XVIII el estado de las comunicaciones en España era pésimo. Los trazados, los firmes, los pasos difíciles, la seguridad caminera, todo ello desanimaba para cualquier tipo de circulación. El propio Felipe V, en su primer viaje a Madrid, tardó casi un mes en llegar a la capital desde la frontera francesa.

Algunos autores piensan que este siglo es el de los caminos en España, tanto en el planteamiento teórico como en la ordenación y construcción de vías. En los primeros años de la centuria muchas voces insistieron en las deficiencias, ligando las penurias de la agricultura y el comercio con el mal estado de los caminos. Estas voces gestaron un ambiente favorable para la creación del cuerpo de ingenieros militares y la Instrucción de 1718, a cuya luz se llevó a cabo un estudio detallado de la ubicación exacta, estado y posibilidades de la red caminera española.

Pero será en la segunda mitad del siglo cuando el Marqués de la Enseñada proponga a Fernando VI construir una red de carreteras y canales navegables con el fin de mejorar las comunicaciones y así posibilitar la formación de un mercado nacional de productos agrícolas. Castilla era en el siglo XVIII el granero de España, el principal productor de cereales, pero la deficiente infraestructura de transporte imposibilitaba una eficaz exportación. Con la finalidad de superar estas dificultades Ensenada propuso al rey: «Perfeccionar el camino que llaman de La Montaña, y los exámenes de la posibilidad o imposibilidad de hacer canales en Castilla La Vieja que se den la mano con el referido camino».

La situación en Cantabria también era preocupante. El puerto ubicado en la bahía de Santander no disponía de un acceso adecuado para el tránsito de carros. Hacia la meseta por la zona del Besaya únicamente se podía ascender a pie o a lomos de caballería por la ruta de una antigua calzada romana, con pendientes fuertes de hasta el 11 por ciento y no apta para un tránsito generalizado de carruajes.

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Entre 1749 y 1754 se puso en marcha el plan de comunicaciones de Ensenada, consistente en tres proyectos: el primero, construir un camino para el tránsito de carretas entre Castilla y un puerto del Cantábrico -que finalmente fue Santander- atravesando la cordillera Cantábrica; el segundo, construir el camino del puerto de Guadarrama, también apto para el tráfico de carros; y el tercero, enlazar los dos puntos de arranque de estos caminos -Reinosa y El Espinar- por una red de canales navegables. Así nació el Camino Real de Reinosa, cuyas obras se iniciaron en 1749 y concluyeron en 1753. Hasta la llegada del ferrocarril (en 1866 finalizaron las obras) esta fue la principal vía de tránsito de los cereales castellanos.

El acceso a la Meseta

El acceso a la Meseta se inició con los estudios previos: las alternativas de trazado desde Burgos tanto por Reinosa hasta Santander como por Los Tornos hasta Laredo, y tras estudiar los costes y los tiempos de viajes, se aconsejó la primera con una longitud total de 30 leguas (166 km.) y unas 35 horas de viaje. Una tercera alternativa por Espinosa de los Monteros, Puerto de Lunada, Liérganes y Santander, fue desestimada.

De esta forma, el Plan Ensenada para Cantabria quedó perfilado al finalizar 1748, a falta de conseguir financiación y planificar la obra, diseñada como una «autopista», considerando el estado del transporte del momento.

Proyecto y obra

El camino partía de Santander hacia Igollo, Bezana y San Mateo a cruzar el río Pas por el puente de Arce, que se reconstruyó en parte para servir a esta carretera. Desde allí seguía por Oruña hasta Rumoroso y Polanco, Barreda, Torrelavega y Cartes donde debía cruzar el río Besaya. Para ello, se construyó un puente de piedra de cinco arcos, la obra de fábrica más importante de toda la ruta, que aún hoy -recuperado varias veces y no siempre con fortuna- sigue prestando servicio a la carretera Nacional-611.

La carretera seguía paralela al río hasta Riocorvo donde cruzaba y se adentraba en la hoz de Caldas, recorría el valle de Buelna, Cieza y llegaba a Las Fraguas para cruzar el río Los Llares por un puente de piedra que fue preciso construir. Desde aquí atravesaba el valle de Iguña siguiendo el curso del río hasta Santa Olalla, donde lo cruzaba de nuevo y discurría junto al río hasta Bárcena, y por la hoz llegaba hasta el Ventorrillo de Pesquera y Santiurde, donde cambiaba de margen y seguía hasta Lantueno, Cañeda y Reinosa, donde atravesaba la plaza de la villa y se dirigía hasta Matamorosa, punto final del camino.

La obra proyectada se aprobó el 29 de noviembre de 1748 y la subasta tuvo lugar en el verano del año siguiente, resultando adjudicatario el contratista Marcos de Vierna, bajo la dirección técnica del ingeniero proyectista Sebastián Rodolphe. Inmediatamente el Ministro envió un escrito al ingeniero director para darle prisa a fin de «adelantar todo lo posible la obra antes de que entre el rigor del invierno, pero sin que por eso falte a la firmeza y comodidad con que debe hacerse el camino». Eran tantas las ganas de tener finalizado el camino que el propio ingeniero habló con el obispo de Burgos para que le permitiese trabajar en domingo, y como no lo consiguió; el mismo Ensenada se lo solicitó.

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Las obras se iniciaron en Bárcena de Pie de Concha y antes de la interrupción invernal se había llegado casi hasta El Ventorrillo de Pesquera, aproximadamente el tramo que se conserva en la actualidad en su original disposición. Pasado el invierno, las obras se reanudaron en la primavera de 1750 con el refuerzo del técnico militar Enrique Stölinger, abriendo un segundo tramo Requejada-Santander, mientras se ejecutaba la continuación de la obra construida, Ventorrillo-Reinosa.

En ese año trabajaban más de 600 hombres, y a pesar de no haber realizado la mitad del camino, se habían gastado más del doble de lo inicialmente presupuestado. Desde la administración se demandaba con insistencia un ajuste del presupuesto final que el inspector de los trabajos no llegaba a enviar.

A pesar de este desolador panorama, un apunte manuscrito del propio Marqués de la Ensenada marca su firme deseo: «que no falte dinero para continuar la obra y a Stölinger estrecharle para que haga cálculo del costo».

El costo fue estimado con posterioridad y suponía para las 30 leguas (desde Burgos), 6.000.000 de reales de vellón (200.000 reales de vellón por legua). También con el paso del tiempo se iban contemplando los avances. Una carta de Rodolphe al Ministro en esa época explica el estado de las obras en aquel momento: «Desde el puente de Matamorosa hasta Bárcena (en la que se construyó un puente) está todo acabado… en el de Cartes se cerraron dos arcos… se podrá conducir el mejor y más seguro camino que se verán en la Montaña».

La estructura

La euforia de los constructores estaba justificada pues el camino resultaba llamativo una vez que los tramos se iban consolidando. Discurría por terrenos de difícil orografía y cruzaba ríos caudalosos, lo que obligó a una construcción compleja.

Tenía una sección de 6,5 metros de anchura, que llegaba a 8, y a veces a 10 en algunas curvas. Sobre el terreno se abrió la caja del camino, que iba protegida por muros, y el firme estaba compuesto de piedra machacada de distinto grosor, configurando un bombeo que permitiese desalojar las aguas. La última capa del firme era un recebo para rellenar discontinuidades, que «después de pasado el primero invierno, con el concurso de las lluvias y tráfico de carruajes y caballerías, se introdujo causando tal unión que todo el camino se halla como una peña en lo sólido, y para la dulzura del piso como una tabla». Desde el punto de vista técnico fue un camino moderno, parejo a los que se construían en Europa en esa época.

En 1751, la nieve y las lluvias del invierno ralentizaron las obras y al tener noticias el ingeniero inspector Stölinger que su obra era censurada, presentó la dimisión, pero no le fue aceptada por el Ministro, ordenándosele en cambio «proseguir en las obras del camino sin dar oídos a enredos y chismes». Para facilitar la marcha de las obras mandó el Marqués de la Ensenada «que las justicias de los pueblos le faciliten los canteros, peones, carruajes y demás que hubiese menester … pagando el asentista por su justo precio», según mandato escrito de Ensenada a Stölinger.

En 1752 Stölinger fue relevado y puesto en su lugar a Jaime Vrerich que oficialmente pudo afirmar que al finalizar ese año «estaría concluida la nueva carretera en toda perfección desde Santander a Reinosa y para dicho tiempo podré levantar enteramente la obra». Aún restaban los remates finales, probar sistemas de drenaje (existían 974 pequeñas obras de paso para aguas) y comprobar la resistencia de los puentes. Para recoger el agua y evacuarla se dispusieron badenes, cunetones y alcantarillas, y para cruzar ríos y barrancos 18 puentes, algunos de la envergadura del de Cartes, Las Fraguas, o el de Reinosa, hoy todavía en pie, y algunos de ellos en servicio.

También dispuso de 6.449 guardarruedas, piedras de casi un metro de largo, la mitad hincados en el suelo, para evitar que los carros deteriorasen las paredes y no se despeñasen. Algunos de esos guardarruedas aún se pueden apreciar en el tramo original existente y en algún punto aislado de la antigua carretera N-611, en Molledo. El camino se concluyó y quedó abierto al tráfico en 1753. El contratista Marcos de Vierna redactó un documento fechado en enero de 1754, donde queda descrito el camino recién construido con una pormenorización de consideraciones técnicas de gran interés. De él destacamos la descripción que hace al referirse al único tramo que queda original de la primitiva construcción y que ilustra la fotografía aérea incluida en el texto: «… y se entraba ya en la hoz de Bárcena cuya situación era tan profunda que obligó a elevar esta calzada para que ayudase a quitar un repecho que había más adelante hasta El Ventorrillo de Pesquera …».

«Todo el camino de esta hoz parece un balcón sobre el río Besaya que se eleva sobre él como 300 toesas formando el terreno desde dicho río hasta el camino un declive como de 60º de inclinación …». Setenta años más tarde, cuando el Camino hacía el papel de «autopista» de penetración desde la Meseta, el Ayuntamiento de Santander agradecido, celebró un acto y elaboró un documento en el que se recordaba la extraordinaria obra que, sin asomo aún del ferrocarril, se contemplaba como imprescindible para el funcionamiento de la ciudad y de su puerto.

El primer acceso a la meseta quedó concluido con este Camino Real Santander-Reinosa, que continuaba hasta Burgos. En sólo cinco años se realizó esta gran obra, adelantada en el tiempo e insólita para una región que aún no había experimentado el despegue comercial por el que apostó el Marqués de la Ensenada, Ministro de Felipe V y Fernando VI.

Bibliografia
Rafael Ferrer Torío y Mª Luisa Ruiz Bedia (Universidad de Cantabria)

LA ISLA DE SANTA MARINA.

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Isla de Santa Marina

Isla de Santa Marina o Isla de Los Jorganes con una extensión de 18,5 hectáreas, la mayor de todas las islas de Cantabria, y por tanto, la mayor de las islas marítimas de los territorios conformadores de la Castilla histórica. Está cerca de la costa del municipio de Ribamontán al Mar, al que pertenece, en el oriente de la boca de la bahía de Santander. Su aspecto es alargado, completamente llano y cubierta de pradera.

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Isla de Santa Marina

Durante la Edad Media el nombre por el que se la conocía era el de Isla de Don Ponce (posiblemente a causa de su dueño). El nombre cambió cuando, también en época medieval, se levantó en la isla una ermita dedicada a Santa Marina. En 1407 Pedro de Hoznayo (o Pedro Gutiérrez de Hoznayo), canónigo de la por entonces colegiata de Santander, fundó en la isla el primer monasterio jerónimo de Cantabria, cerca de las ruinas de la ermita de Santa Marina. De dicho monasterio dependía la iglesia de Santa María de Latas, de la que el propio Pedro era arcipreste. Entre 1416 y 1420 el monasterio fue cabeza de un priorato, del que dependía Santa Catalina de Monte Corbán. Sin embargo la dureza de la vida en la isla, azotada y aislada por los temporales en invierno, hicieron a los monjes abandonarla para fundar un nuevo monasterio en Corbán. Sin embargo otras fuentes discrepan de esto, aduciendo que en realidad el abandono se produjo por el hecho de que los monjes jerónimos no lograban sustentarse con las rentas otorgadas al monasterio, por lo que se trasladaron al de Corbán; además estas fuentes también señalan que por aquella época (siglo XV) la isla aún no era tal, sino una península. En cualquier caso Santa Marina no quedó abandonada, ya que Pedro de Hoznayo vivió allí hasta su muerte, siendo enterrado en ella, en un sepulcro cubierto con una losa con su efigie. Una vez el monasterio quedó en ruinas, el sepulcro y los restos de su fundador fueron trasladados a Corbán. Del monasterio en la actualidad sólo quedan restos de las tapias de la huerta y de las antiguas edificaciones. Ya en el siglo XVII la isla pasó a manos de los Jorganes, sus propietarios actuales.

LA ISLA DE MOURO.

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¿De dónde viene el nombre de esta isla? Su verdadero nombre era de Mogro (sinónimo de Castro), pero a finales del siglo dieciocho cuando se hizo el primer Atlas Hidrográfico de España en el cual se consignaban todas las islas de este país, el cartógrafo gallego Vicente Tofiño San Miquel se confundió y la puso el nombre por todos hoy conocido como Mouro.La isla tiene una altura de veintisiete metros y un diámetro de doscientos;en total son 1,7 hectáreas.

El faro que hay sobre la isla fué construido durante el reinado de Isabel II. Su alcance era de 10 millas y su altura de 18 metros. El faro estuvo ocupado hasta el año 1.921, fecha en la que fué automatizado. Antiguamente estaba habitado por dos fareros que se ocupaban de su perfecto funcionamiento y mantenimiento. En las largas temporadas de invierno resultaba imposible abandonar la isla, por lo que los fareros se proveían de viveres para pasar esta estación tan dura.

Existen varios episodios tristes ocurridos en la isla. Uno de ellos aconteció en el año mil ochocientos noventa y seis. En ese episodio, uno de los fareros falleció y su compañero tuvo que permanecer con el cadáver varios días hasta que amainó el temporal y pudieron ir a rescatarles. Unos años después otro farero cayó al mar y no pudo ser rescatado y en febrero del año 1.996 un gran temporal destrozó el sistema de iluminación y el faro permaneció varios sin funcionar ante la imposibilidad de acceder a reparar la avería.

La historia de esta isla(que se puede contemplar estupendamente desde el Palacio de la Magdalena y, cómo no, los privilegiados en barco) nace en el año 1.570, cuando se desencadenó la famosa crisis de Flandes. El Rey Felipe II apoyó el proyecto de construir un castillo según el inexpugnable sobre la isla, el cántabro Juán Escobedo(secretario del monarca) llegó a decir que quien poseyera ese castillo tendría la llave de España. Este proyecto no llegó a concretarse sobre la isla pero sí sobre el Palacio de la Magdalena. Recibió el nombre de Castillo de Hano. Estuvo en poder de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia y fué destruido en el año mil ochocientos diez por las tropas inglesas que lo hicieron posible gracias a unos cañones que pusieron precisamente en la ya nombrada Isla de Mouro.

La isla que estamos comentando se encuentra cubierta por una planta que denominan hinojo marino. Es una planta muy aromática que antiguamente se usaba con fines medicinales y principalmente culinarios como condimento a ciertas comidas.

Se cuenta que en el siglo XVI los comerciantes provinientes de otros países que venían a comerciar al puerto de Santander, antes de partir a sus países paraban en la isla para coger manojos de esta planta pues para ellos era muy preciada y se vendía muy bien en sus lugares de origen. Otra de las plantas que posee esta isla es la llamada uña de gato. Hace muchos años cuentan que la plantó uno de los fareros que cuidaba la isla; es una planta con fines ornamentales y de decoración.

En el siglo XIII también fué criadero de palomas y cuentan que los habitantes de aquel Santander recolectaban los huevos de estas palomas para consumirlos en las fiestas populares de la ciudad, sobre todo en la ferias de Santiago.

Actualmente anidan diez parejas de gaviotas y otras tantas de paiños (es la más pequeña de las aves marinas, pesa de 20 a 30 gramos y puede estar varios días sin tocar tierra; en Cantabria existen de 40 a 50 parejas de estas aves. otra población importante casi un centenar están en el islote de conejera).

Esta isla es muy conocida por los buceadores ya que posee unos impresionantes fondos marinos (está declarada reserva marina). El fondo tiene una orografía de gran belleza con gran cantidad de cañones, grietas, pasadizos y cuevas de todo tipo. Se puede ver una gran cantidad de vida marina en las siete zonas de buceo que posee como las denominadas Corbera, La Cala, Las Cuevas, La Catedral, El Túnel, Los Pasadizos y El Calo. Entre las especies marinas en las zonas profundas y arenosas nos podemos encontrar con familias de salmonetes, escórporas, sepias y lenguados.En las zonas rocosas podemos observar especies como lábridos, góbidos, espáridos, palepus, sepias y nécoras.Y ya en la superficie nos encontraremos con sargos, salpas, obladas, durdas, gabrillos y especies típicas de las praderas de algas. También existen bancos de sardinas y doradas.Realmente es impresionantecuando hay un temporal en esta zona de la costa, ver como las olas sobrepasan hasta el mismísimo faro. Recuerda mucho esta isla a una que existe en Inglaterra. Antiguamente los barcos pasaban entre la isla y la Península de la Magdalena para así evitar las quebrantas que tantos naufragios trajeron a lo navegantes que pasaban por esa zona.

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El veinte de abril del año 2004 recuperó esta isla su estampa habitual tras la reposición por la autoridad portuaria de una nueva linterna que se contruyó en un taller valenciano.El antiguo fanal databa del año 1.860 y fue suprimido por costas(hoy en día pertenece a la Autoridad Portuaria) hacía15 años. Esta nueva linterna era una estructura de hierro galvanizado y cristal que pesaba unos mil cien kilos. Para toda esta complicada operación hizo falta la ayuda de un helicóptero tanto para el transporte como para su instalación se transportó desde Puertochico y se la posó sobre el faro. La energía de hace dos siglos de esta linterna era de gas pues por aquellos tiempos existía la energía fotovoltaica. La empresa Copica fue la adjudicataria de este cometido que costó 129.385 euros. El primer encendido del faro se hizo el 15 de febrero de mil ochocientos sesenta.La luz se situa a 39 metros sobre el nivel del mar.

Artículo original por Jesús San Sebastián Toca. http://www.eldiariomontanes.es

EL SUBMARINO ALEMAN U-56 EN EL DIQUE DE GAMAZO.

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Submarino UC 56 en Santander en el dique de Gamazo.

24 de mayo de 1918, Europa está inmersa en la IGM y en las aguas de la bahía de Santander se dibuja la pequeña silueta de un extraño; se trata de un submarino alemán que navega en dirección al puerto. Nos os preocupéis, podemos estar tranquilos, pues se trata de un sumergible que viene a buscar refugio en Santander, ciudad española y, por tanto, neutral en el conflicto.

Se trata del submarino SM UC-56, buque alemán puesto en servicio el 18 de diciembre de 1916 y que en las 6 patrullas que realizó, cuenta en su haber con el hundimiento de un buque hospital británico.

En Mayo de 1918 las averías obligaron al submarino alemán «U-56» a recalar en el puerto de Santander. La Primera Guerra Mundial terminó el 11 de noviembre del mismo año pero eso, naturalmente, lo ignoraban los tripulantes de este navío alemán, los habitantes de Santander y el resto de las Marinas aliadas.

El submarino fue trasladado al dique de Gamazo, donde se le repararon algunas de las averías esenciales que le obligaron a buscar refugio en aquel puerto. En atención a las leyes de guerra, las autoridades marítimas españolas ordenaron que se le despojase de las piezas esenciales para su navegación, a fin de asegurar la permanencia del sumergible como barco de guerra internado. A bordo del «U-56» quedaron 17 hombres de la tripulación, a las órdenes de un oficial alemán. En todo momento permaneció vigilado por buques de guerra españoles.

Submarino UC 56 en Santander en el dique de Gamazo
Submarino UC 56 en Santander en el dique de Gamazo.

Los submarinos se habían empleado en la guerra en contadas ocasiones. Fue la Primera Guerra la que los convirtió en una temible arma. La superioridad naval británica hizo que los alemanes apostaran por la guerra submarina. Las condiciones eran terribles, pero consiguieron importantes victorias. Se declaró la guerra submarina total, lo que tuvo sin embargo fatales consecuencias para los submarinos alemanes. En primer los buques mercantes británicos pasaron a navegar en convoyes protegidos por barcos de guerra. Y el comercio desde los Estados Unidos a Europa se vio muy afectado, siendo uno más de los factores que harían que los norteamericanos entraran en la guerra.

Volviendo a nuestro submarino de la fotografía, el «U-56» se mantuvo en Santander hasta el final de la guerra. Las presiones de los países beligerantes, la debilidad de los alemanes, que comenzaban a perder la contienda, y el poco interés de España en devolver el buque a la Marina de Guerra alemana le dejaron varado en el puerto cántabro, convirtiéndose en una novedad muy popular. Nunca más volvió a navegar como buque de guerra alemán. Al terminar la guerra, los cazatorpedos británicos Foolish y Guiltless llegaron al puerto de Santander para hacerse cargo del submarino, de acuerdo a los términos del armisticio.

Las fotografías son de Pablo Isidro Duomarco (1870–1949). Con tan sólo once años comenzó a trabajar en el estudio de los fotógrafos Leandro y Urtasun. Tras la muerte de los dos, Duomarco se hizo con el estudio, dedicándose, como era habitual en los fotógrafos de la época, a la fotografía de estudio, pero también a la fotografía documental, que vivía, gracias sobre todo a las tarjetas postales, un momento de auge. También trabajó para la prensa, convirtiéndose en el corresponsal de Blanco y Negro y ABC en Santander y toda Cantabria. Un incendio en 1941 destruyó su estudio, su casa y parte de su colección de negativos.

http://www.abc.es

TRAS EL RASTRO DE LAS ESTELAS CÁNTABRAS.

Guerras cántabras 2016

Los Corrales de Buelna acoge el vestigio más importante de poblaciones primitivas, la Estela de Barros, y grandes joyas de la romanización como las termas de Caldas o la calzada romana de Monte Fresneda.

Cuentan las crónicas del historiador griego Estrabón que, en la aldea conocida como Los Corrales de Buelna, se libró la batalla más dura de la dominación romana hacia las tribus cántabras hace más de 2.000 años. Un pueblo que no se doblegó al imperio romano, en el que el emperador Cesar Augusto tuvo que emplear todas sus legiones y pedir el favor de los dioses para someter la leyenda de un aguerrido guerrero, el cántabro Corocotta. La historia es una buena escusa para adentrarse en el territorio de Buelna.

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De forma periódica, el último fin de semana de agosto y el primero de septiembre se celebra en Los Corrales de Buelna, la fiesta conocida como Guerras Cántabras. Se trata de una recreación histórica de la gran batalla librada por cántabros y romanos, que convierte la villa en un escenario de película, con más de 2.000 extras y figurantes que salen a la calle en formación de tribus y legiones. Estamos en Cantabria, año 19 a.C. Las Guerras Cántabras han ido aumentando su prestigio. Son Fiesta de Interés Turístico Nacional y encuentro obligado para miles de personas. Los vecinos del municipio de Los Corrales de Buelna se reparten entre las 13 tribus cántabras y las 13 legiones romanas, para escenificar uno de los pasajes de la historia antigua de Cantabria. Cabañas cántabras, tiendas romanas, mercados de la época… recrean un especial mundo antiguo.

Guerras cántabras 2016 #2

El valle de Buelna encierra entre sus tesoros históricos, algunos indicios relevantes del paso de las legiones romanas (campamento de Tarriba en San Felices, las termas de Caldas, o calzada romana del Monte Fresneda), motivo por el cual en el año 2.000 se impulsó la primera edición de guerras, bajo el auspicio de Aguecan, Asociación Guerras Cántabras. La fiesta inicial contó con 400 actores y, en la actualidad, supera los 2.000. Asimismo, cada edición se renueva escenarios y se organizan actividades complementarias.

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El regreso a los tiempos de Corocotta es una buena excusa para detenerse a conocer el municipio corraliego y sus múltiples razones para quedarse a descubrir un pueblo amable. El vestigio más importante de poblaciones primitivas en el valle, es la Estela de Barros. Es una obra precristiana de extraordinario valor histórico que podemos admirar en la ermita de la Virgen de la Rueda, en la localidad de Barros. La primera noticia escrita sobre la pieza corresponde al abate Breuil, quien la interpretó como una representación del sol y su culto. Hubo también versiones que la identificaron con un monumento funerario. Expertos posteriores confirmarían su carácter simbólico del culto que las culturas primitivas rendían al sol. Hoy en día, la estela de Barros se ha convertido en el símbolo de las tradiciones cántabras. Realizada en arenisca, está decorada con una franja exterior de dientes de lobo y líneas que discurren hacia el interior concéntricas en dos bandas, como una cazoleta, con cuatro ángulos rehundidos alrededor.

Guerras cántabras 2016 #4

Existen réplicas de la original (actualmente custodiada en el parque de las Estelas de Barros) en el Ayuntamiento y en el Palacio de Quintana. Este último edificio, también guarda su propia historia romántica. Cada una de sus piedras fue cuidadosamente numerada y trasladada a su ubicación actual, en el entorno del complejo deportivo, cuando las obras de la Autovía de la Meseta se cruzaron en su camino. El tesón del pueblo corraliego consiguió ponerlo a salvo de una muerte segura y se logró su reconstrucción exacta en otro lugar. Hoy es un magnífico centro cultural y deportivo para vecinos y visitantes.

Pero si uno se adentra en la escena urbana, desde San Mateo a Somahoz se cuenta con un importante conjunto de casonas montañesas y blasonadas, que irrumpen con rotundidad en el centro urbano e industrial de Los Corrales de Buelna. Desde la Iglesia de San Vicente Mártir y el Asilo, pasando por las casas palaciegas pertenecientes a la familia Quijano.

Sin salir de la localidad de Barros podemos conocer la casa-palacio de los Ceballos, un conjunto nobiliario levantado en 1783, así como una iglesia parroquial del siglo XVIII con retablo barroco, salomónico, y pila bautismal de tradición románica. Destaca asimismo por el monasterio de Nuestra Señora de Las Caldas de Besaya, construido en 1683. La iglesia con plata de cruz latina y los retablos churriguerescos, posiblemente obra de Antonio de Valdecilla en los primeros años del siglo XVIII, son extremadamente interesantes. Esta localidad, Caldas de Besaya, cuenta además con un prestigioso balneario.

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LA BATERÍA DE SAN PEDRO DEL MAR, LA MARUCA.

Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.
Ruinas de la Batería de San Pedro del Mar

Caminando por el sendero que discurre al lado de la playa en dirección al mar se alcanza la Batería de San Pedro, una fortificación documentada desde 1660 que se edificó para proteger Santander de los ataques de los piratas y se mantuvo activa hasta después de la Guerra de Sucesión (1702-1713) entre Borbones y Austrias. La Batería tenía un muro de unión entre el edificio en el que se guardaba la munición y la plataforma desde la que disparaba la artillería. Este entramado estaba protegido, a su vez, por una fortificación exterior con foso. El edificio, que estuvo en ruinas durante décadas, ha sido recientemente reconstruido y es hoy un centro de interpretación del litoral con un mirador en la parte superior.

En octubre del año 1660, el canónigo suizo Pellegrino Zuyer se dirigió a las Montañas Bajas de Burgos y emprendió un viaje que le llevó a recorrer la franja del litoral cantábrico desde la ría del Nervión hasta San Vicente de la Barquera, regresando a la Meseta por Los Tojos y Reinosa. Su visita al agreste norte concluyó el 5 de diciembre y sirvió al religioso para elaborar un minucioso informe destinado a juzgar la oportunidad de erigir un obispado en la zona examinada.

El ‘Itinerario’ de Zuyer, un texto de 34 folios escritos en italiano, incluye un plano de las Montañas Bajas del arzobispado de Burgos, un plano de Santander y otro de su colegiata. En la carta de la villa se da cuenta de las fortificaciones situadas extramuros: La batería de San Martín, en el alto homónimo; los castillos de Hano y de la Cerda, en la península de la Magdalena; y la plaza de San Pedro del Mar, junto a la playa de la Maruca, en Monte. Desaparecidos los castillos y las estructuras que los sustituyeron en los siglos XVIII y XIX, han resistido al paso del tiempo las últimas modificaciones que conociera la batería de San Pedro del Mar.

Ruinas Batería de San Pedro del Mar, La Maruca
Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.

Las reformas del XIX

Centrándonos en la historia de este singular punto defensivo, en el año 1763 el ingeniero militar Joaquín del Pino levantó un plano y perfil del mismo. En él se aprecia un recinto cuadrangular rodeado por un muro de tierra, con una plataforma de losas de sillería tras la batería de barbeta, en cuyo interior se alza una construcción rectangular, para resguardo de la guarnición, el polvorín, las cureñas y otros pertrechos.

El 13 de agosto de 1806, el puesto, dotado con cuatro cañones del 24, fue asaltado por tres pequeñas embarcaciones inglesas. En vista de lo sucedido, al año siguiente se erigió un fuerte proyectado por el ingeniero militar Juan Giraldo. Se trataba de un recinto de planta pentagonal irregular, lo rodeaba un muro de mampostería al cual se abrían aspilleras y se interrumpía en la sección de la batería de barbeta. En su interior albergaba una construcción destinada a la tropa. En 1874, al sur de esta batería se adosaron una serie de fortificaciones.

En 1875, en plena tercera guerra carlista, se ejecutó una línea fortificada que pretendía aislar la península de Santander, y que incluyó la vieja batería de San Pedro del Mar. Se levantó un muro aspillerado que la rodeaba por tres de sus frentes, de mejor factura que el que se levantó en 1807 a base de piedra y madera, lo que la convertía en un excelente reducto de cierre por el lado norte de todo este sistema.

Así la función primigenia de la batería, la de proteger con sus cañones la parte de costa correspondiente, quedó anulada (aunque desde hacía muchos años sus características la hacían inútil ante las potentes piezas de los acorazados) en aras de una concepción defensiva distinta, que miraba hacia tierra al no temer ataques por mar (los carlistas carecían de escuadra).

En 1901 fue inscrita en el Registro de la Propiedad por el Ramo de Guerra. Después de ser utilizada por carabineros, pasó a ser usada como almacén del retén de la Guardia Civil.

Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar. La Maruca.
Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.

La Historía

La necesidad de prevenir un posible desembarco que obligó a la villa a fortificar el Sardinero forzó a principios del XVIII a la construcción en el norte de baterías en pequeñas ensenadas (capaces para acoger embarcaciones menores o para realizar desembarcos) y sobre los emplazamientos de antiguas atalayas costeras. Una de ellas se levantó en la cala de San Pedro del Mar en Monte, configurándose como una típica batería costera de la época, constituida simplemente por un murete que enlazaba un edificio a retaguardia para resguardo de la guarnición y de la pólvora más una plataforma a barbeta rebajada al extremo noroeste, aunque ofrece la novedad de cuidar su frente de tierra mediante una especie de hornabeque con foso y muro (de apenas 1,5 m de altura) a modo de parapeto. En 1719 se destinaron a esta posición cuatro artilleros.

San Pedro del Mar, el plano levantado refleja con la misma exactitud la situación de la batería, que en 1763 englobaba una extensión de terreno de unos 1.800 m2. La única estructura seguía siendo el edificio de 75 m2 (13,5 x 5,5 m) con vanos abiertos al sur y tres habitáculos, uno para pólvora, otro para almacén de pertrechos y a la vez alojamiento de la tropa necesaria (estimada en dos artilleros y quince soldados) y el último para alojamiento del oficial. Seguía sin existir un cubierto para cureñas, lo que forzosamente debía deteriorar mucho los cañones, puesto que estaban expuestos a los grandes temporales del norte y nordeste.

Fig. 19

Plano y Perfil de la Baterìa de san Pedro del Mar, situada en el Lugar de monte al Norte de Santander, por Jesús del Pino, 1763 (AGS, MPD, sig. XXV-115)

 El corregidor marqués de Villatorre encargó en diciembre de 1765 un estudio del estado de las baterías y un plano de la bahía al comandante Vicente Winer, teniente coronel de Artillería destinado en las fábricas de La Cavada. San Pedro del Mar se encontraba prácticamente abandonada, pues los dos cañones de a 24 y los dos de a 18 que poseía se hallaban inútiles para el servicio.

Tras apenas una década de paz, el siguiente esfuerzo fortificador se produjo con la declaración de guerra a la República Francesa. Ya en febrero de 1793 el ayuntamiento solicitó a la Corona la puesta en defensa de la ciudad, enviándose al teniente coronel de Artillería Jerónimo Leoni como Comandante de toda la costa del Mar de Cantabria y poco más tarde Agustín Mazorra fue comisionado para articular la defensa costera. Cabo Menor sólo precisaba un reparo general y aumentarle un repuesto de Polbora con su buen tinglado para preservar los Cañones de las Aguas, faltándole asimismo una garita para la Centinela, y como para Aguirre la batería de San Pedro del Mar tenía gran valor por defender las dos pequeñas ensenadas inmediatas y hallarse a tan corta distancia de Santander, aconsejaba poner todo el cuidado posible en su defensa.

En 1797 el capitán de Infantería e ingeniero extraordinario Antonio de Sangenís fue comisionado para reconocer la costa cántabra, comentando el estado de cada una de las fortificaciones existentes. para que San Pedro del Mar pudiera defender eficazmente la pequeña ensenada situada en su costado este, propuso Sangenís prolongar unos 20 m su parapeto y explanada; pues en la actualidad no pueden sus fuegos tomar ciertas direcciones, que según las circunstancias podrían ser de la mayor importancia, obra que costaría 7.700 reales.

La fortificación de San Pedro del Mar ejemplifica lo difícil y costoso que resultaba la adecuada defensa costera de la península santanderina. La batería se reparó, y amplió considerablemente hacia el norte el edificio, que contó a partir de entonces con un amplio cuerpo de guardia para la tropa, además del aposento para el oficial, cuarto de pertrechos y repuesto de pólvora. El 13 de agosto de 1806 se aproximó un bergantín inglés, cañoneó la batería y desembarcó tropa que volvió hacia tierra una de las cuatro piezas de a 24 con que contaba y bombardeó con ella la ciudad, mientras sus defensores les incomodaban disparando desde una eminencia cercana. Como medida provisional, dos días después ya se habían instalado en la isla de Nuestra Señora del Mar dos cañones de a 12 libras y se comenzó a estudiar el reforzamiento de la batería.

Giraldo propuso restablecer el aspecto que el conjunto de San Pedro del Mar tenía en 1763, cerrándolo con un murete de mampostería adaptando su configuración al antiguo hornabeque que la abrazaba, cuyas tierras han de servir para cortar la banqueta, para evitar así otro golpe de mano; sólo contempló como novedades la realización de un fosete frente a la zona de batería y la posibilidad de colocar un quinto cañón prolongando siete y medio pies de esplanada a cada lado: lo que aumentaría el coste solo 680 reales a lo calculado.

Este proyecto fue modificado por la Junta Superior de Ingenieros el 19 de agosto de 1807, aprobándose mediante Real Orden de 12 de septiembre la traza definitiva. En una demostración de pragmatismo, las obras de 1807 implicaron una remodelación sustancial, pues (con un coste de 15.971 reales y 29 maravedíes) se redujo el recinto a casi la mitad de su extensión original, empleándose el edificio como parte del cierre del frente de tierra y como único acceso al interior de la batería.

La línea exterior (con un muro de mampostería concertada) quedó reducida a 309 pies, y esta reducción superficial exigía el desmonte de las tierras de la obra preexistente con el fin de despejar completamente la zona inmediata, además del arreglo del terreno interior para los desagües. Se mantuvo el sistema de hornabeque para el frente de tierra, que se extendía en 156 pies y que poseía su correspondiente foso con canal de desagüe, practicándose el acceso por medio de un rastrillo.

La mayor novedad desde el punto de vista de su función defensiva la constituyó la sustitución del bajo murete de cierre del conjunto por un muro con banqueta y aspilleras dispuestas en diferentes oblicuidades y variedad de sus direcciones. También se planeó colocar merlones, pues al estar situada la batería a una cota muy baja no era nada adecuado el parapeto rodillero, pero Godoy anuló la orden confiando en la pronta entrega de las nuevas cureñas de marco alto (lo que, por otra parte, también obligaría a elevar el parapeto existente).

En la guerra de la independencia, Los franceses también cerraron la batería de San Pedro del Mar con la construcción de sendas alas en sus costados y con la erección de muros aspillerados en el oeste, sur y este.

Por estas mismas fechas se puso de nuevo en utilidad la batería de San Pedro del Mar (que una vez acabada la Guerra de la Independencia volvió a quedar fuera de servicio), haciéndose para ello ligeros reparos en su cuerpo de guardia por importe de 138 reales de vellón, puesto que no se ejecutó el proyecto de reforma firmado por el Capitán General de Castilla la Vieja Carlos O’Donnell.

Como tras la Guerra de la Independencia las tensiones no acabaron y siguió reinando la inseguridad en toda España a consecuencia de las pugnas entre liberales y absolutistas, Fernando VII aprobó en 1816 varias obras para Santander, encargándose en 1819 al ingeniero militar José Parreño y Pastor, responsable de las defensas cántabras.

Tenemos un informe de 1825 del teniente coronel de Ingenieros Miguel de Santillana: San Pedro del Mar tenía de nuevo sus piezas clavadas, proponiéndose volver a ponerla en estado de defensa con dos cañones de a 24 y dos de a 16.

Texto cortesía de Rafael Palacio Ramos.

BIBLIOGRAFÍA

Rafael Palacio, Por mejor servir al Rey. El entramado defensivo de Santander (siglos XVI-XIX), Santander, Ayuntamiento de Santander, 2005, 277 pp.

EL CUARTEL DE MARIA CRISTINA.

El cuartel de María Cristina 1000x

El hablar de cuarteles en Santander, es diríamos cosa nueva, ya que «cuarteles», como tales, no los hubo hasta el siglo pasado. Anteriormente existían puntos de defensa, especialmente en la costa, a lo largo de ésta, y por supuesto el Castillo de la Villa, situado en el Alto de Somorrostro, pegante a la Abadía de los Santos Cuerpos, hoy Catedral. Desde allí podía vigilarse la entrada a la bahía y defender la entonces villa, ya que sus muros, hincados en la misma roca y azotados por la mar, eran parte de la vieja muralla. Esta fortaleza de la que aún conocimos un paredón y dos cubos los que contamos más de cincuenta años, se llamó desde el siglo XVIII Castillo de San Felipe, y más bien servía de arsenal.

En los distintos destacamentos que protegían la villa y los cuatro barrios, sólo se situaba un retén de vigilancia y alguna batería. Los más principales eran: El de San Martín, sobre la playa de su nombre, aproximadamente donde hoy existe el Dique de Gamazo. En la Magdalena se encontraban los de San Carlos de la Cerda a la altura del actual Mareógrafo, y el de San Salvador de Ano arriba, en el lugar que hoy ocupa el Palacio, y en las playas y surgideros los de San Roque, el Sardinero, los Molinucos, Mataleña, Cabo menor, San Pedro del Mar, San Bartolomé, Virgen del Mar y San Juan de la Canal, además del llamado de «La Pólvora» en el istmo de la Magdalena, a la entrada a la península.

La guarda de estos puntos, sobre todo en la parte norte de Santander, estaba a cargo antiguamente de algunos de los linajes regionales, que tenían asignada a su estirpe el cuidado y vigilancia de estos reductos o torres, para evitar el desembarco de piratas y corsarios, que penetraban hasta las cercanas caserías, a las que asaltaban, llevándose a sus moradores para venderlos como esclavos en los mercados de Argel. Así fue hasta bien entrado el siglo XVIII, como puede comprobarse por documentación abundante.

Se habían comenzado estas gestiones, en 1872, a raíz de que un grupo de santanderinos, encabezados por don Manuel Ramón Bolívar, se dirigió al Ayuntamiento con un escrito en que se refleja la penuria económica de éste, por lo que proponen:

«El terreno que posee actualmente este municipio en La Atalaya, llamado Campo de San Roque, nada produce y de nada sirve en su situación actual. Sólo tiene por objeto la distracción pública en determinados días del año. La situación grave del municipio, pide inmediatamente la venta de todos sus terrenos innecesarios, para con su importe atender a atenciones precisas y perentorias».

«Vendiendo indicado terreno, dejando 100 pies de fondo desde la carretera Paseo del Alta en toda la línea del campo para uso público, puede procederse a satisfacer lo que se adeuda a los artistas del teatro, y verificado, vender un (…) y con el valor saldar el déficit de la plaza de los mercados, que en su día también pueden venderse o subastarse, con lo cual pueden hacerse algunas economías en el presupuesto, solventando aquellas deudas. El Municipio no debe ser industrial ni comerciante… ».

Proponen a continuación, que el Arquitecto Municipal haga un croquis del terreno de San Roque, señalando los 100 pies de fondo de toda la línea de la carretera, pidiendo que señalen en él las escalerillas «que desde la calle Cuesta de la Atalaya se dirige a la misma Atalaya, y las del Río de la Pila, de acceso al mismo punto». Va fechada esta escritura el día 9 de abril de 1872. El 2 de mayo, se mandó formar el plano del terreno en venta, y el del prado que quedó al servicio del público.

Estaba y está de paseo del Alta y el citado Prado de San Roque, en el mismo espinazo de la giba que en la península santanderina separa, o mejor dicho separaba el agro – barrios de Cueto y Monte – de la zona urbana que pendiente hacia el sur, viene a caer a la misma bahía, unas veces por suaves senderos – hoy calles – y otras casi despeñada por pindias escaleras, o cortados terraplenes.

Parece que este paseo tuvo su origen en la necesidad castrense, de abrir un camino que desde el Alto de Miranda se dirigiera hasta La Atalaya, para poner en comunicación los puntos de defensa de la ciudad. Allí estaba no muy alejado el Palacio de Pronillo, cargado de historia, con sus defensas, y la bajada a Virgen del Mar, Monte y sus reductos, fuertes y baterías.

Solía ser este sendero, apenas edificado en sus márgenes, el elegido por los santanderinos para pasear, cuando aún no existían los paseos de Reina Victoria y el de La Concepción – hoy Menéndez Pelayo -. Unos hermosos árboles bordeaban la calzada, como podemos contemplar en antiguos grabados en los que aparecen asomando por encima de los tejados de las casas del Muelle, marcando un camino verde entre le1 rojo de las tejas y el azul del cielo. Se decía que era muy sano respirar aquellos aires, incluso por prescripción facultativa, para los niños afectados de tos ferina. Era costumbre, después de las comidas, subir al Alta: Las personas mayores a «tomar el aire», y los niños y gente menuda, con la merienda a jugar en los prados comunales, bajo la vigilancia de niñeras o madres que con ellos iban. Con motivo de la edificación del cuartel, se perdió un buen trozo de prado, con el consiguiente sentimiento de los que de él disfrutaban.

Es ya en 1878, siendo Arquitecto Municipal el ilustre don Atilano Rodríguez, autor de tantos excepcionales proyectos de nuestra ciudad, como el Club de Regatas o las últimas casas del Muelle, cuando se le encarga de un Anteproyecto para Cuartel, en el popularmente llamado Prado de San Roque. Este anteproyecto, efectuado por Rodríguez, era magnífico; aún se conservan los planos en el Archivo Municipal.

Da dos soluciones distintas: La primera presenta un cuartel de capacidad para 1.200 hombres, con pabellones para Gobierno Militar y Oficiales, compuesto por dos cuerpos independientes, para las tropas de Cuba o Fuerzas Inscritas de Ultramar, y los anejos a la construcción, para alojar una sección de caballería, como se explica en la Memoria.

La otra solución, era una simplificación del todo; se reducía a conservar solo el primer término de edificios, o sea el cuartel, capaz para 1.200 hombres, reduciendo en seis metros la línea de los pabellones destinados a cuadras de tropas, suprimiendo los del banderín, con objeto de aminorar la superficie de patios, y por consiguiente del recinto, desapareciendo las salas del cuerpo de construcción Norte, que se proyectaba con destino a una sección de caballería.

La diferencia de valor entre las dos soluciones, supone 259.700 pesetas y 80 céntimos, y una reducción superficial de 564 m2, o sea 7.264,51 pies. El cálculo del presupuesto de toda la obra, sería de 785.718 pesetas y 18 céntimos, y reducido éste según la segunda solución, a 526.017,36 pesetas más el valor del suelo, que en la primera se elevaría a 46.105 pesetas, y en la segunda a 44.230. Se firmó el proyecto el día 25 de febrero de 1878, por el citado arquitecto Atilano Rodríguez.

Sin embargo, no fue este proyecto el que se llevó a cabo, como veremos más adelante, sino el presentado y ejecutado por los Ingenieros Militares. Para dar final a tales obras, fue necesario que transcurrieran más de 25 años, durante los cuales gestionaron sucesivamente tal proyecto, nada menos que veintidós alcaldes.

Estos eran: Joaquín Castanedo, Prudencio Sañudo, Santiago Zaldívar, Ignacio Pérez de las Cuevas, Antonio Fernándlez Castañeda, José Ramón López – Dóriga, Francisco de Hazas, Felipe Díaz, Tomás de Agüero, Andrés Montalvo, Lino de Villa Ceballos, Martín de Vial, Marcelino Menéndez Pintado, Antonio Vázquez, Juan Trueba, Justo Colongues, Mario Martínez Peñalver, Francisco Javier Aparicio, Francisco Pedraja, José Zumelzu, Fernando Lavín Casalís y José Mª González Trevilla.

El día 16 de diciembre de 1881, se había dado cuenta al Ministerio de la Gobernación, del acuerdo de permuta «de un terreno denominado Prado de San Roque, para la construcción del Cuartel». Se dice al principio del escrito elevado al Ministro: «De largo tiempo atrás, han fijado su atención las autoridades militares, en la conveniencia y necesidad bien sentida, de construir un cuartel en esta población, que por sus condiciones, por su situación topográfica, entre la Residencia de la Capitanía General (Burgos) y la importante Plaza de Santoña, y por representación mercantil, así lo exige». La Comandancia de Ingenieros de Santoña, tuvo que hacer planos para la conducción de aguas potables al Prado de San Roque, tendiendo las cañerías a lo largo del Paseo del Alta, y la Sociedad Anónima para el Abastecimiento de Aguas de Santander, dijo estar dispuesta al suministro, pero que no debería incluirse esta cantidad (30 m3 diarios de agua como mínimo) en los 500 litros destinados por el Ayuntamiento para establecimientos y usos públicos. El agua sería gratuita, y la Compañía quedaría obligada a hacer las obras de conducción. El Ministerio de la Guerra, da las gracias a la Corporación por las facilidades y rapidez de gestión, el día 11 de julio de 1882.

Sin embargo, la cuestión se iba complicando: Se había llegado al acuerdo de permutar los viejos cuarteles de San Francisco y San Felipe, como ya vimos, por el terreno del Prado de San Roque, pero esta permuta dio lugar a grandes demoras. Así el 14 de junio de 1882, siguiendo los principios de un Real Decreto de 26 de septiembre de 1849, relativo a la enajenación en pública subasta de fincas pertenecientes al Caudal de Propios en este caso sobre «permuta con el estado de la parte del prado denominado de San Roque, con destino a la construcción de un cuartel, se convocó, según el Artículo 2º  del Real Decreto citado, un número de Mayores contribuyentes, igual al de Concejales, que actualmente corresponden a este distrito…».

Parece que se presentaron pocos concejales, por lo que dudan de la validez de los acuerdos tomados. Lo que nos interesa de este documento, que solamente es un borrador, ya que no se dio curso al escrito, por modificaciones verbales del Gobernador,  es la relación de Mayores Contribuyentes.

Por aquellas calendas, era Secretario del Ayuntamiento el escritor y poeta don Adolfo de la Fuente, que da sus datos personales y dice que era: Caballero de Carlos III, Jefe Honorarios de Administración Civil, Académico Correspondiente de Bellas Artes de San Fernando, Miembro titular de la Mont Real de Coludue, Socio Residente de la Real Sociedad Cantábrica de Amigos del País, Licenciado en Jurisprudencia y Secretario del Excmo. Ayuntamiento de Santander.

Una notable mejora en uno de sus barrios céntricos, a la vez que ha de crear un edificio de importancia para el acuartelamiento de tropas, que permita la permanencia de una guarnición, correspondiente a una ciudad populosa, y a la vez, ha de ser un elemento de importancia para los intereses locales.

Hay que añadir, que en un principio, también se suponía que habría de entregarse al Ayuntamiento, el Cuartel de San Felipe, pero el Ramo de Guerra lo cedió al Obispado de Santander para ampliación de sus dependencias.

Por esta última circunstancia, la Corporación, escribe al Conde de Mansilla, notificándole, que en vista de la segregación hecha del cuartel de San Felipe al Obispado, se hace una nueva y última proposición, consistente en cederles todo cuanto terreno del Prado de la Atalaya propiedad del Municipio necesiten para hacer el nuevo cuartel, siempre y en cambio, en compensación de su valor, se ceda a este Ayuntamiento una faja de absoluta necesidad para simetría y alineación de la Plaza de la Esperanza, donde como saben, no caben hoy los carros y gentes que allí se reúnen dos veces a la semana. . .

Al fin puestos de acuerdo Ayuntamiento y Ramo de Guerra, el día 27 de octubre de 1885, a las cuatro de la tarde, se presentaron en el Prado de San Roque para dar posesión por parte del Ayuntamiento, al Estado, en nombre del primero: D. Ernesto Ruiz Huidobro, D. Ildefonso Díaz Llano, D. Tomás Quintanilla, D. José Antonio Robert, D. Juan Trueba Torres, D. Jacinto San Miguel y D. Antonio Vázquez, que componía la Junta Municipal de Obras. Por el Estado, D. José San Miguel, Coronel Jefe de la Zona Militar, en representación del Brigadier y Gobernador Militar de la Provincia; D. Manuel Vallespín Sarabia, Comandante de Ingenieros de la Plaza de Santoña; D. Adolfo de Ipola y Sumico, Comisario de Guerra de Santander por el Ramo de Guerra, y el ya citado D. Adolfo de la Fuente como Secretario de Acta.

Se midió el espacio según las bases del Convenio, aprobado por Real Orden de 6 de abril del año en curso (1855), y se fijaron los límites de lo que debía destinarse a usos públicos y ejercicios de las tropas. Se pusieron hitos señalando límites, y con toda solemnidad, el alcalde hizo entrega del terreno. El 11 de abril del mismo año fueron sancionadas las bases aprobadas por la Junta Municipal, por Real Orden dándose «el primer paso legal hacia la realización de aquella importante obra».

Después de estos actos, el Ramo de Guerra sacó a pública subasta la construcción del cuartel del Prado de San Roque «con sujeción al proyecto formado por el Cuerpo de Ingenieros Militares; las obras quedarían terminadas en el plazo máximo de tres años a no impedirlo fuerza mayor». El Ayuntamiento quedó obligado a representar al Ramo de Guerra en todo lo anejo al contrato die subasta, y a satisfacer los certificados que habrían de pagarse al Contratista por obra ejecutada, o en caso de hacerse por administración a pagar los gastos -cualquiera que fuese su cuantía- además de los gastos de agua como anteriormente dijimos.

A cambio, el Ramo de Guerra se comprometió a consignar 100.000 pesetas anuales en las dos primeras certificaciones, y 125.000 cuando menos en cada uno de los sucesivos años hasta el total reintegro de lo adelantado.

Las condiciones o bases dicen: «Si en cualquiera época del período de compromiso, dispusiese el Ramo de Guerra ceder al Municipio el Cuartel de San Francisco, este (el Municipio) lo recibirá con las formalidades debidas, al precio de su tasación aprobado por Real Orden de marzo de 1889, que es de 216. 593 pesetas con 20 céntimos, considerándose en tal caso esta cantidad como equivalente a dos consignaciones anuales, salvo la diferencia entre ella y las sumas que estas arrojen».

Aprobadas estas bases, se dieron comienzo las obras, en el mes de junio de 1891, después de varias proposiciones por una y otra parte, discutiendo cantidades o plazos de pago, que dejamos a un lado, para no alargar innecesariamente este trabajo. Ya estaban muy adelantadas las obras «y cumplidas por ambos contratantes las condiciones que hasta entonces afectaban a ellas», cuando el Ramo de Guerra, dispuso la entrega del Cuartel de San Francisco.

Solicitó entonces el Ayuntamiento, para evitar dificultades en sus adelantos de dinero, que se le permitiese pagar en seis anualidades el importe del precitado cuartel. Y efectivamente, por Real Orden de 25 de junio de 1893, se accedió a lo solicitado por la Excma. Corporación Municipal, ordenando que las 216.593 pesetas con 20 céntimos valor del dicho edificio, fueren reintegradas al Estado en seis plazos, por dividendos de 40.000 pesetas cada uno de los cinco primeros años, y el resto en el siguiente, a partir del económico de 1893 a 9 4.

Esta noticia alegró al Municipio, pero poco duró la alegría, porque se recibió un oficio del Gobernador Militar Interino, en que se comunicaba que el Sr. Ministro de la Guerra, por Real Orden de 22 de agosto del año en curso (1893), aclara el anterior escrito, pero «considerando que si bien el Ramo de Guerra no contrajo el compromiso de pagar con el edificio de San Francisco, no hay inconveniente en que se acceda a la nueva petición del Ayuntamiento de Santander, considerando por otra parte la necesidad de resolver las dudas que ha hecho nacer en las Autoridades y funcionarios encargados de su cumplimiento (de la Real Orden) de 23 del mismo mes, dictada por este Ministerio, cuya aplicación podría ocasionar perjuicios al Ramo de Guerra si no aclarase la interpretación que a ella debe darse. Considerando, que al conceder esta, que el pago del edificio Cuartel de San Francisco lo hiciera la corporación en seis años, a razón de 40.000 pesetas los cinco primeros y el resto el último, en vez de hacerlo en dos años, según estaba estipulado en el contrato celebrado entre (el Ramo de Guerra y el Ayuntamiento, se sobreentiende que las demás condiciones del mismo han de ser modificadas para hacerlo posible. A continuación se dan unas bases, con perjuicio para el Ayuntamiento.

Cayó esta noticia en el municipio, «como una bomba», por lo que llegado el día señalado para la entrega del viejo cuartel de San Francisco, que era el 30 de octubre, el Alcalde, que a la sazón lo era don Fernando Lavín Casalís, como representante del Ayuntamiento, «comprendiendo todo lo desfavorable de esta última disposición para los intereses que representaba, se negó a recibir el Cuartel, conforme dicha Real Orden, que consideraba perjudicial al Municipio y la ciudad de Santander». Así se hizo constar en el Acta levantada con tal motivo «con las formalidades debidas, en el indicado día».

Se forma una comisión para que informe al Ayuntamiento, lo que debe hacerse en el delicado caso, llegando a la conclusión de que debía recibirse «en cualquier caso» el Cuartel por su tasación, porque en caso contrario podría darse lugar a la rescisión del contrato por incumplimiento de tal obligación, y que por otra parte era más conveniente para los intereses municipales recibir el cuartel «que siempre tiene un valor real», y puede ser base por tanto, para la adquisición de otros efectivos que resuelvan el conflicto».

Añaden que deben resolverse por otros medios que se propongan en su día a la Comisión de Hacienda, las dificultades «en que ha de verse esta Excma. Corporación para sufragar los adelantos del importe de las edificaciones del cuartel que se está construyendo, y que se gestione asimismo cerca del Ministerio de Guerra, la ampliación y más pronto pago de los reintegros de aquellos adelantos, «bien con arreglo a la Real Orden de 23 de junio último, bien de otra forma ventajosa igualmente para los intereses municipales».

Acaso esta buena disposición de los ediles, fue la que consiguió que el día 18 de mayo de 1894 escribiera el Ministro de la Guerra al Capitán General de Burgos, Navarra y Vascongadas para que comunique a este Ayuntamiento que, a la vista de la instancia elevada por el Ayuntamiento al Ministerio, solicitando el derogue de la Real Orden de 22 de agosto del año anterior, relativa a la forma en que habrían de hacerse los reintegros a la Corporación, de las cantidades adelantadas para las obras del Cuartel de María Cristina. «El Rey, y ten su nombre la Reina Regente, teniendo en cuenta los perjuicios que se ocasionan al referido Ayuntamiento, con dicha soberana disposición, y atendiendo a la aflictiva situación de aquella se ha dispuesto quede sin efecto desde el 1º del próximo año económico, la Real Orden de 22 de agosto, debiendo incluirse en la propuesta de inversión del material de Ingenieros, a partir del próximo ejercicio, la cantidad de 85.000 pesetas reintegradas al Ayuntamiento de Santander, de las sumas adelantadas para las obras expresadas. Con las 85.000 mencionadas y las 40.000 que se deben descontar a cuenta del cuartel de San Francisco, según Real Orden de 23 de junio anterior, se completan las 125.000 pesetas que deben reintegrarse anualmente a la Corporación, con arreglo al Contrato aprobado de Real Orden. Firmado en Burgos, a 23 de mayo de 1894.

Se había hecho la entrega del cuartel de San Francisco el día 10 de marzo de este año de 1894, a las once de la mañana, estando presentes en el acto, por parte del Ayuntamiento, D. José M.” González Trevilla, Alcalde y Presidente de la Comisión de Obras, y D. Marino Gutiérrez García, Síndico e Individuo de la Comisión citada, en nombre y representación del Ayuntamiento; D. Eusebio Rodríguez Mangas, Coronel Comandante Militar de la Plaza; D. Ramiro de Bruna, Comandante de Ingenieros de la Provincia, y D. Manuel Gómez de Rozas, Comisario de Guerra de la Ciudad, comisionados por el Ramo de Guerra, con asistencia de D. Sixto Valcázar, Secretario de la Corporación Municipal, quienes expusieron: «Que acordado por Real Orden de 3 de enero de 1893 entregar el Cuartel de San Francisco al Ayuntamiento en virtud de las facultades que Guerra se reservó ‘en la cláusula séptima del contrato elevado a escritura pública el 3 de octubre de 1890, convenio modificado en las Reales Ordenes de 17 y 23 de junio y 2 de agosto de 1893, procede a hacer entrega a los representantes del Municipio a cuyo efecto se fijaron los límites exactos que constan en los planos de entrega, etc.».

Al término de este mismo año se concluyó el cuartel de María Cristina, que llevó el nombre de aquella Reina, madre de Alfonso XIII, quien al igual que su abuela Isabel II, eligió las playas de nuestra ciudad para veranear, y donde finalmente tuvieron su residencia en el Palacio de la Magdalena, regalo de los santanderinos a su Rey.

No sabemos exactamente cuando se inauguró el cuartel, y la única noticia de esta efemérides que hemos recogido, aparece en El Cantábrico del 21 de noviembre de 1895, en que se dice: «Ayer se firmó el acta de recepción de las obras del Cuartel de María Cristina, faltando algunos insignificantes detalles, aparte de que para poder utilizarlo, falta llevar a cabo las obras de conducción de aguas, cosa que no puede hacerse en dos días. El servicio de suministro de aguas es indispensable, por ser los retretes de inodoro de sifón, y por la necesidad de surtir abrevaderos, lavaderos, etc. El Ayuntamiento para reducir los gastos, trata de ahorrar las 70.000 pesetas que se habían consignado para aquellas obras».

«El Ayuntamiento está obligado por escritura pública a dotar de aguas el cuartel, y esta obligación la ha recordado varias veces al Ayuntamiento el Comandante del VI Cuerpo del Ejército. Debe ocuparse activamente el Ayuntamiento de ello, sin lo que no se podrá ocupar el cuartel, y por consiguiente no se aumentará la guarnición de Santander».

Al llegar al término de este trabajo, todavía no hemos podido comprender porque se llamó Prado de San Roque a este lugar, pues entre los nombres de ermitas existentes en Santander, no aparece ninguna de tal advocación, aunque en tiempos muy posteriores sí que se puso allí un santuario a San Roque, pero que no pudo ser el origen del nombre de Prado.

Santander se sintió orgullosa de este cuartel, y así vemos en una guía de la ciudad del año 1903, la siguiente reseña: «Está situado en el Prado de San Roque, en el Alta, desde donde se contempla toda la ciudad y la bahía a vista de pájaro. El cuartel tiene cabida para un batallón; o sean 1.000 plazas con las habitaciones necesarias para Jefes y oficiales. Casi todo el edificio es de piedra, y por su solidez y seguridad, ofrece toda clase de garantías. Terminaron las obras de construcción del cuartel hacia finales del año de 1895, y presta servicio desde entonces. Las obras de construcción se activaron últimamente por recomendación del Gobierno, en vista de las proporciones que tomaba la Guerra de Cuba, iniciada a principios de dicho año».

Teniente Luna pasando revista 1980
Teniente pasando revista en el Cuartel María Cristina. 1980.

Y es a finales de 1985, cuando se arría la bandera del Cuartel de «María Cristina». Por reorganizaciones del Ejército Español, desaparece el Regimiento de Infantería de Valencia nº 23, que fue el primero que ocupó oficialmente el «Cuartel del Alta», y el último que como broche de oro cerró su ciclo de vida: más de 80 años de vivencia castrense en el viejo cuartel; guerras, revoluciones, incendio de Santander en 1941, etc., fueron tristes efemérides en los que el Regimiento de Valencia demostró su lealtad a la ciudad de Santander, que el día 16 de noviembre, despidió fervorosamente a la unidad, y el 7 de diciembre le ofreció un homenaje merecidísimo.

El cuartel murió después de cerradas sus puertas; el asta desnuda de la bandera bicolor, lloró solitaria el silencio de las cornetas y la ausencia de los «mozos» que allí servían a la patria…

Bibliografía

El cuartel de María Cristina. Marta del Carmen Gonzalez Echegaray, Revista Altamira 1989.

EL CUARTEL DE SAN FRANCISCO.

1886 - Cuartel de San Francisco - Diputacion Provincial - Iglesia San Francisco
Cuartel de San Francisco junto a la Iglesia del mismo nombre en 1886.

No era cuartel propiamente dicho, sino una dependencia del antiguo Convento de Franciscanos, que se hallaba situado en el actual emplazamiento del palacio municipal. Con motivo de la desamortización de Mendizábal, se instalaron en él, la Diputación Provincial, Correos, una dependencia particular, y en la parte posterior el Cuartel, llamado desde entonces de San Francisco.

De él nos describe Gutiérrez Calderón, en su obra Santander a fin de siglo «Desapareció el convento, cuya fundación se atribuye a San Francisco de Asís. Era grande, modificado en 1687, y ocupaba con la iglesia y dependencias lo que ocupan aproximadamente el Palacio Municipal, la calle contigua al Norte, y el edificio mercado. El convento y la iglesia se extendían por casi todo el frente de la plaza». «Tuvo en sus tiempos más de sesenta religiosos franciscanos, de ellos buen número de estudiantes novicios, con cátedras de filosofía, teología escolástica, moral y escritura, pero llegó la exclaustración, y en el rodar de los tiempos, el convento se convirtió en cuartel, y el toque de campana fue sustituido por el de corneta. El cuartel conservaba el gran patio cerrado por pared de mampostería que avanzaba sobre la plaza, provisto de ventanas con rejas, a poco más de medio metro del suelo, por las que curioseaban las gentes lo que preparaban los rancheros para el alimento de la tropa. En el centro de la pared, una puerta grande de madera era la entrada principal, con las garitas para los centinelas a sus lados».

«En el último piso fueron alojados años hacía, algunos prisioneros carlistas, que llegaban aún después de terminada la segunda guerra civil y eran destinados al ejército de Cuba. Ocuparon el ex-convento de San Francisco, el Batallón de Cazadores de Alba de Tormes, una sección de Lanceros, y algunas oficinas militares».

Sobre la desamortización de este antiguo convento, y los posteriores destinos del edificio, existe un documentado trabajo de M. Vaquerizo Gil, que detalla largamente los incidentes del cambio de ocupación del Convento.

Comprendía el Cuartel, una planta baja y planta principal, como se describe al deslindarse los locales en 1855, en cuya escritura se dice: «La planta baja consta de un patio de forma cuadrada, rodeado de un claustro de cuatro intercolumpios en cada frente; dicho patio linda al Norte con los locales y solares que ocupó el cuartel; al Este con la iglesia de San Francisco; al Oeste con locales ocupados por la Administración de Correos, y al Sur con locales de particulares. Da acceso al patio un zaguán con puerta de entrada en la fachada Sur y calle del Correo, contigua a la iglesia de San Francisco».

«La planta principal consta de los locales que se hallan sobre el lado Este del claustro y sobre el zaguán de entrada, y además una sala que corre, desde el primer intercolumpio del Claustro del Sur, hasta la fachada Sur que da a la calle del Correo; al Este de la sala que cae sobre el zaguán, hay otra pequeña habitación; además consta esta planta de dos habitaciones situadas sobre el primer y segundo intercolumpio del claustro Norte del patio. Lindan estos locales al Sur, con la fachada principal, y calle del Correo, al Este con la iglesia de San Francisco, y al Oeste con los locales de la Diputación Provincial.

Asimismo disponía de los desvanes que cubrían los locales de la Planta Principal». Nos da noticias de este cuartel R. de Solano, en un artículo de la serie por él publicada bajo el título El Ayer Santanderino «Todavía conocí yo al Norte del templo, el cuartel de San Francisco, en el que se alojaba el Regimiento que guarnecía a Santander, antes de terminarse el actual de María Cristina, y vi salir formada la fuerza casi a diario, por la calle de Isabel II, y destacarse la guardia de la cárcel, y pasar ante mis ojos niños el soldado que conducía el parte – un cuadrado sobre pegado con oblea – en la balloneta del fusil, en aquellos mismos lugares».

«El cuartel estaba según digo, en un cuerpo de fábrica, al norte de la iglesia que eran vértice del ángulo de un conjunto, cuyo lado del oeste estaba, en mis tiempos, formado por una crujía de escasa altura (planta, entresuelo y piso) de moderna construcción. Su fachada daba a Becedo, y en la planta baja se hallaba instalada una oficina de Correos, con el buzón abierto en un sillar de la esquina».

LA FIEBRE AMARILLA EN LOS HOSPITALES MILITARES DE SANTANDER EN 1814.

Hospital de San Rafael photoshop
El antiguo Hospital de San Rafael, hoy sede del Parlamento cántabro.

En los primeros días del mes de enero de 1814 la ciudad ofrece un aspecto de sorprendente actividad con la presencia de las tropas aliadas inglesas, portuguesas y españolas. Santander se ha librado de la ocupación napoleónica. En la bahía se agolpan el día de Reyes numerosos barcos, unos pertenecientes a convoyes de tropas, y otros, comerciales. Era un día alegre, en el que la presencia de los militares nacionales y extranjeros, con sus gallardos uniformes, daban una nota cosmopolita y de color.

Sabido es que las guerras precisan, en cuanto a medidas sanitarias se refiere, medios especiales, con el fin de prevenir las enfermedades contagiosas, a favor del movimiento de tropas y disminución de las medidas higiénicas, asistencia a los heridos, convalecientes, etc., y que, a pesar de una medicina militante, cuando el rigor de la campaña es grande estos medios se desbordan ampliamente, siendo necesario recurrir a ayudas extraordinarias. Incluso las disposiciones en materia de salud para el Puerto, no se cumplieron como de ordinario.

Fue una suerte en estos años de guerra que Santander contase con la existencia del Hospital de San Rafael, fundado en 1791 por el Obispo R. Menéndez de Luarca, y aunque por aquellas épocas funcionaba con 30 camas, su gran capacidad arquitectónica le permitió ubicar en él al Hospital Militar Español, y allí continuó éste hasta su cierre, pudiendo mitigar el dolor de muchos combatientes.

Hospital de San Rafael, año de 1900.
Hospital de San Rafael, imagen de 1900.

Pero las necesidades del momento estaban por encima de sus posibilidades. Así, en la ciudad se montan ocho hospitales más. Unos valiéndose de las mejores casas, adecuadas al efecto, y otros, de barracones de madera prefabricados, que trajeron los ingleses. De cada uno de ellos se encargaban los oficiales médicos de los ejércitos.

Es precisamente en este Hospital de San Rafael y en estas fechas, donde actúa como practicante un joven de 22 años, licenciado de 3.O de Tiradores de Cantabria a causa de una dolencia en los pies, D. Diego de Argumosa, que años después sería Médico y Catedrático de Patología Quirúrgica de Madrid, y conocido como el Restaurador de la Cirugía Española en el siglo XIX.

Una vez que se realizó la elección del Ayuntamiento Constitucional, se eligieron los miembros que integrarían la Junta de Sanidad de Santander, y otras subalternas, como en Castro, San Vicente de la Barquera y Suances, con arreglo al Decreto de Cortes de 23 de junio de 1813.

Por la de Santander salieron nombrados D. Antonio Flórez Estrada (Jefe Político), D. Nicolás Pereda (Procurador General), D. Juan M. de Lafont y Larrauri, D. Pedro José Ramírez, D. Tomás Sorarte, D. Teodoro de Argumosa (Comandante de Marina), D. Juan Noreña (Regidor), D. Manuel Fernández de los Ríos (Cura párroco), D. Marcelino Aguirre, D. Ramón Antonio de Santa Cruz y Gil (Marqués de la Conquista), D. Ramón de Sierra (Capitán de Puerto), D. Joaquín Manuel de Odriozola (Regidor), D. Francisco Bolantín Fernández, D. Fernando Antonio García (Comandante), D. Andrés Mac-Mahon, D. Joaquín Prieto Ceballos, D. Juan N. del Vial (Secretario) y D. Juan Francisco Lagarminaga (Canónigo).

Así pues, la total responsabilidad de la salubridad de la ciudad recaía muy directamente sobre estos hombres, cuando en el día 6 de enero surge un rumor popular que atemoriza una vez más a las gentes, se dice que «hay fiebre amarilla en los hospitales de los ingleses». Tiene que intervenir la Junta y, en consecuencia, pide un informe sobre el particular exigiendo un parte diario de los enfermos alojados en sus servicios, al cual hacen caso omiso los ingleses.

Ante la persistencia del rumor, se dirige la Junta al Comandante inglés, el cual llamó al profesor de sus hospitales, quien, corroborando la noticia, declaró que los últimos enfermos llegados procedían del Puerto de Pasajes. De todas formas, algunas tropas se dice estuvieron antes en Las Antillas. Al parecer, la enfermedad había hecho su aparición el 25 de diciembre de 1813.

Resulta excepcional la presencia de fiebre amarilla en Santander, máxime en los fríos meses de invierno, pues se trata de una enfermedad tropical producida por virus y transmitida por el mosquito Aedes Aegypti, el cual contamina al picar a una persona sana después de haberlo hecho a una enferma. Esta enfermedad es oriunda del África Central, Oriental y América del Sur. De todas formas, es posible que pueda contagiarse por otros parásitos, tan corrientes en las aglomeraciones de personas -militares o civiles- en estas épocas, y extenderse con las movilizaciones de tropas. Lo cierto es que existen referencias sobre esta fiebre amarilla, o vómito negro, en pueblos de España, antes y después del suceso de Santander (1800 – 1805), como Cádiz, Levante, Barcelona, Jerez de la Frontera, Villa de Lebrija, Sanlúcar de Barrameda, Águilas en Murcia, confines de Granada y en el Presidio de Alhucemas (1821) (AHHP. Leg. 8 N 64, Santander).

En Santander aquella noche del 6 de enero se reúnen el Ayuntamiento Constitucional y la Junta de Sanidad, convocando a los profesores del Hospital español para aclarar la situación. Con este #motivo se inicia un largo expediente manuscrito, de veintiún hojas (AHlHP. Col. Sautuola 1814: 14.19), que detalla el suceso y del que entresacamos algunos párrafos más significativos. «!Al día siguiente, 7 de enero, entre dos y tres de la tarde, de acuerdo con los mismos ingleses, se separaron los enfermos, que, en número de 28, padecían esta calentura y se hallaban en los Hospitales de Santa Cruz y Casa Blanca, y se colocaron en uno de los Hospitales portátiles que dichos ingleses tenían formados en varias casetas de madera fuera de la población, en una situación más elevada que la ciudad, habiendo antes quitado de allí los enfermos de distintas clases que lo ocupaban. En aquella tarde fue por orden de la Junta, D. Sebastián Caballero a visitar este Hospital, juntamente con su hijo político, Bonifacio ambos médicos, el primero titular de la ciudad.» Reunidos con este motivo en Comisión los tres. Caballero y Juan Martínez, el Oficial Médico inglés y Director del Hospital portugués, determinaron que el mal se trataba de un «Thiphus Icterodes» o fiebre amarilla. Pero por alguna razón que se nos escapa, y tal como suele acontecer en las reuniones de expertos para determinar sobre una cuestión, se hicieron una serie de elucubraciones sobre la certeza del diagnóstico -o si se tratase de una hepatitis-, y posible contagiosidad de la enfermedad. En este tiempo llegó a Santander el Jefe Político de Burgos, Don Antonio Ramírez, que vino acompañado del Médico de aquella ciudad, D. Prudencia Balderrama, quien confirmó el diagnóstico de fiebre amarilla, y por tanto, contagiosa.

En carta del médico inglés John Erly, fecha 23 de enero de 1814, al doctor español Don Juan Martínez, contestando sobre el qué aleje {de la ciudad a los enfermos, le dice: «estaremos prontos a empezar la traslación cuando Vd. lo juzgue conveniente, pero suplico a Vd. tome en consideración lo malo que está el tiempo en este momento…».

En consecuencia se tomaron rígidas medidas de aislamiento de los pacientes afectados y propinándose para ello el alquiler de una casa de campo de la Sra. Vda. de Javier Martínez, que no se llegó a ocupar, ya que previamente eran necesarias unas reformas en la misma, y al mismo tiempo coincidió con una época de grandes lluvias y frío, pero de momento se sacaron los enfermos de los hospitales de la ciudad a uno de madera alejado, y que fue ubicado al lado del cementerio antiguo, siendo el hospital acordonado y aislado, si bien ofreciéndoles toda la asistencia posible.

Sintomatología de la enfermedad.

La clínica de la misma, según informe del Dr. Erly, primer médico de los Hospitales ingleses de esta ciudad, es: <<Una grande postración de fuerza, con una determinación considerable de sangre hacia la cabeza, manifiesta por intensos dolores en la frente y órbitas. En algunos casos se afecta el estómago y produce vómitos. El calor en general es poco más que el natural. El tronco y las extremidades en la mayor parte de los casos toman un color amarillo más o menos subido, en unos fuerte y en otras más ligero; el tiempo de aparición de este color es distinto en varios individuos, en unos se manifiesta en el segundo o tercer día, y en otros no antes del quinto o séptimo. Algunos casos se presentan con tanta suavidad que no manifiestan otro síntoma que el color amarillo.

El estómago en los demás casos muestra síntomas fuertes de inflamación anterior. Todos los órganos biliares se encuentran morbosamente afectados más o menos. El contenido de la vejiga de la hiel se encuentra generalmente de una consistencia espesa, pegajosa y correosa y frecuentemente se encuentran en ella concreciones biliares. Los vasos del cerebro se encuentran comúnmente ingurgitados de sangre. Otros síntomas de un grande excitamiento vascular son manifiestos y no pocas veces se halla agua en los ventrículos laterales cerebrales».

Fdº. John Erly.

Tratamiento que se efectuó a los pacientes.

Encontramos precisamente en la historia médica referida cómo sobre enfermedades que son perfectamente conocidas en cuanto a patología, dejan mucho que desear los conocimientos terapéuticos al efecto. Se precisan largos espacios de tiempo desde (el conocimiento de la enfermedad hasta su debida interpretación y aplicación de los remedios oportunos para su curación. En esta ocasión, diagnosticada la ‘enfermedad correctamente como fiebre amarilla y tomadas las medidas oportunas en prevención de una contagiosidad, fue combatida con los medios más usuales que se preconizaban en la época: sangrías, laxantes o purgantes y baños. Pero es mejor dejar al Dr. John Erly en informe de 21 de enero de 1814 a la Junta de Sanidad, en que preconiza el tratamiento, el que lo explique: ((1.O Si el paciente es joven, baños de agua tibia.-2.O Si está muy mal de salud, abluciones de agua con vinagre en tronco y extremidades.-3.O Una sangría de 16 onzas, pero por orificio grande, y si es preciso se pueda fenestrar a través del mismo nuevamente.4.” Si es viejo, la sangría por ventosas en el abdomen. Se hace la aclaración de que la sangría debe ser de un golpe y buena cantidad.-5.’ Si vomita, baño caliente y un cáustico en el lugar de asiento del estCimago.-6.O Toma purgantes o compuesto de coloquíntida y calomelano, o bien jalapa y calomelano, hojas del Electuario de Sen y calomelanos o sal neutra, para hacer copiosas evacuaciones». Ya se comprende que este tratamiento llevado enérgicamente dejase d ya maltrecho paciente en situación crítica, y esto ya lo debía de apreciar bien nuestro colega, porque finaliza afirmando que para levantar el del paciente se le dé «unas medicinas de naturaleza cordial y estimulantes, ayudadas por el uso de algún vino bueno». Las medicinas eran combinación de alcanfor, (éter sulfúrico,  tintura de opio, etc.

Es precisamente en el Suplemento de la Gaceta de Madrid del viernes 19 de julio de 1805, recogido por nuestro compañero el Sr. Arce, donde se publican por Orden del Rey (A. M. S. Leg. A-34 Dioc. 23 Año 1805), el tratamiento que preconiza el Médico Consultor de los Reales Exercitos D. Tadeo Lafuente a base de (tomar en los primeros momentos de la fiebre de 6 a 8 onzas de quinina, producto extraído de corteza de árboles tropicales y cuyo alcaloide, la quinina, se usará tanto para las fiebres palúdicas.

Epílogo de la enfermedad.

De resultas de esta enfermedad murieron desde el 8 al 21 de enero: nueve soldados, uno de ellos complicado con neumonía y otro con disentería, y al parecer, dos personas del servicio del Hospital se afectaron de fiebre. Desde el 30 de enero hasta el 2 de febrero siguieron en observación 37 enfermos, y se prolongó la vigilancia a los mismos hasta el 17 de febrero, en que se les dio comunicación con el pueblo por curación, según consta en carta firmada por el Dr. Juan Martínez, de fecha 25 de febrero de 1814.-Un original gráfico de la evolución clínica, es reproducido en el libro La Medicina en Cantabria, 1972, de la Institución Cultural de Cantabria.

La asistencia médica de la población recayó sobre el Dr. Caballero, ya anciano y enfermo de gota, que a partir de esa fecha dejará de ejercer en la ciudad. El Dr. Juan Martínez, que todavía figurará colegiado en ejercicio cuarenta y dos años más tarde, el Dr. Gaspar Manuz, Martín de Zabaran, el cirujano latino titular de la ciudad D. Ramón Eguaras y el cirujano de la Real Armada D. Juan Villamor, los cuales continuarán también en ejercicio años más tarde en la ciudad.

BIBLIOGRAFIA.

Francisco Vázquez Quevedo. III Ciclo de estudios de la provincia de Santander. 1979.

Centro de Estudios montañeses. La Guerra de la Independencia (1808-1814) y su momento histórico. 1982.