EL ALMA DE SANTA MARÍA DE LEBEÑA.

Viejas leyendas envuelven de misterio las piedras de una de las iglesias más antiguas de Cantabria.

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Santa María de Lebeña.

Hay lugares en los que las piedras también tienen alma, como las personas. Santa María de Lebeña es uno de ellos. Antiguo, aislado, coqueto, misterioso… el paso del tiempo ha dotado a este edificio de una personalidad sobresaliente. Es de visita obligada para quien se proponga conocer los encantos de la vieja Cantabria. El viaje a Potes de este fin de semana, para asistir a la Fiesta del Orujo, ofrece la oportunidad de detenerse unos minutos al concluir el trayecto del Desfiladero y, así, contemplar uno de los ejemplos más valiosos de la arquitectura religiosa de la región. Luego ya habrá tiempo para la diversión en la capital lebaniega, durante todo el día, si es que conocer los lugares, su historia y su significado no es en sí mismo otro modo de diversión.

¿Por qué las piedras de Santa María de Lebeña parecen poseer alma? Puede que por su antigüedad, con casi 1.100 años de historia; puede que por su emplazamiento, que parece haber logrado integrar el edificio en el propio paisaje; puede que por sus formas, tan personales y por sus juegos de luces y sombras; puede que por las historias y leyendas que la rodean; puede que por el encanto de todo el conjunto… O puede que por todo ello al mismo tiempo.

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La iglesia fue erigida en el año 925 y está considerada una de las más antiguas de Cantabria. Es el mejor ejemplo de la arquitectura mozárabe que existe en la región y habla de los tiempos primeros de la Reconquista, cuando los árabes invadieron España y sólo los más decididos caudillos visigodos se negaron a someterse a los dictados del nuevo poder musulmán.

Salvo en los montes de la Cordillera Cantábrica y en algunos rincones del Pirineo catalano-aragonés, todo el territorio peninsular había caído en manos de los invasores. En torno a los Picos de Europa se reunió el último reducto de la España visigoda. Allí se escondieron ellos mismos, y también sus viejas creencias, su cultura toda, la lengua que utilizaban para hablar y, lo más importante desde el punto de visto de la evolución histórica, su determinación de proseguir la lucha a cualquier precio. Ese tiempo de la temprana Reconquista, esa realidad temporal, es lo que proyecta Santa María de Lebeña a quien la contempla. ¿Es sugestión? ¿O es que en algunos lugares las piedras también tienen alma, como las personas?

Los valores arquitectónicos del edificio se descubren con facilidad: arcos de herradura, cubiertas a distinta altura para facilitar el paso de la luz, columnas, piedra… En los siglos XVIII y XIX se añadieron el pórtico y el campanario. La talla de la Virgen muestra a la madre de Dios dando de mamar al niño. Por eso recibe el nombre de la Virgen de la Buena Leche. Todo son muestras de un periodo artístico muy antiguo, en el que los estilos, aun sin definir, disfrutaban de toda la libertad que proporciona la ausencia de reglas.

Junto al templo está el cementerio. No era inusual en la Antigüedad, pues se creía que, cuanto más próximo a la iglesia, más cerca se hallaría uno de Dios el día del juicio definitivo. Todas las tradiciones religiosas comparten esta creencia, como muy bien se observa, por ejemplo, en Jerusalén, la cuna de las más importantes de ellas. Allí, las tumbas de los antiguos judíos descienden por el Monte de Olivos hasta las inmediaciones del Western Wall o Muro de las Lamentaciones, y las de los musulmanes se agrupan alrededor de la Explanada de las Mezquitas.

En Santa María de Lebeña también ocurre, aunque el suyo sea un cementerio muy minúsculo. No tiene nada de particular esta proximidad, pero sí la presencia de estelas cántabras de carácter funerario junto a las sepulturas. Eso no es tan habitual en los cementerios de Cantabria, salvo en los muy antiguos.

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Hay dos leyendas muy hermosas acerca de Santa María de Lebeña. Una dice que el edificio fue concebido, impulsado y financiado por el conde de Lebeña, don Alfonso, para que las reliquias de Santo Toribio de Liébana pudieran albergarse en él. La construcción del templo finalizó, pero las reliquias nunca se trasladaron de uno a otro lado de Liébana. Al final, quienes descansaron en Santa María de Lebeña fueron el propio Don Alfonso y su esposa, Doña Justa. Al menos, puede decirse que la obra no se erigió en vano. La otra tiene que ver con la presencia junto a la iglesia de un tejo y un olivo, ambos milenarios, cuyas raíces se dice que crecieron hasta entrelazarse. Don Alfonso era lebaniego y el tejo era el árbol de los antiguos cántabros, que extraían de sus hojas un cierto veneno para conseguir que sus armas fueran aun más mortíferas. Lo tenían por un árbol sagrado, tanto que los líderes de aquellas tribus se reunían en torno al tejo para deliberar.

El olivo es el árbol de las gentes del sur y, más concretamente, del Mediterráneo, de donde se dice que procedía Doña Justa. La rama de olivo es también el símbolo de la paz, en contraposicióm a las hojas venenosas del tejo. El norte y el sur de España; los símbolos de la guerra y la paz; las sepúlturas de Don Alfonso y Doña Justa; el tejo y el olivo; sus manos y sus raíces entrelazadas… Eso es Santa María de Lebeña, el lugar en el que las piedras, como las personas, también tienen el alma.

Bibliografía: Iñigo Fernandez | El diario Montañes | Mapas, libros y platos

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EL CASTILLO DEL REY DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA.

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Castillo del Rey de San Vicente de la Barquera.

Durante la Edad Media estas almenas sirvieron para vigilar la posible llegada de barcos enemigos a la bahía de San Vicente de la Barquera. Por ellas se asomaron artilleros y oteadores, hombres del Procurador General y del Inquisidor,  y también de las familias ilustres Barreda o Velarde, Calderón de la Barca o Estrada.

Fue construido en el año 1210, tras la concesión del fuero a la villa de San Vicente de la Barquera por Alfonso VIII, aunque se le supone un origen más legendario a mediados del siglo VIII, cuando el rey asturiano Alfonso I realizó la primera repoblación de la villa. Los reyes de Castilla se reservaron el señorío sobre el castillo de San Vicente, cediendo temporalmente su alcaldía a quien les parecía, hasta el año 1453, en que Juan II otorgó su tendencia a los vecinos de la villa, en la persona de su Procurador General.

San Vicente de la Barquera gozó de privilegios ya con Alfonso VIII, el de las Navas, llamado también el Noble, quien le concedió el privilegio sobre las aguas del Nansa y del Deva. Fue esta la llamada «Magna Carta de San Vicente de la Barquera», privilegios que confirmaron después Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo, los Reyes Católicos y gran parte de los restantes monarcas que les sucedieron hasta Carlos III, excepto Felipe V, Luis I y Fernando VI que no lo hicieron.

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Reinó el invicto Alfonso I el católico desde el año 739 al 756, y de estos años datan las primitivas fortificaciones de San Vicente, que por el mar cerraba al castillo y por occidente la torre militar, más tarde absorbida por la iglesia parroquial.

Respecto al primero, dice el gran Escajedo Salmón, que es el decano de las fortificaciones de nuestra costa y preciosa reliquia del siglo VIII, que ha desafiado doce siglos de temporales y asimismo ha sido inexpugnable durante las muchas centurias en que fue adelantado vigía del litoral. Mide 60 pies de largo por 26 de ancho, y aún se ven en él los arranques de las bóvedas, que eran de cañón, sin nervios, pero con el espesor suficiente para sostener buen número de guerreros que hostilizasen a cuantos quisieran acercarse.

Tenía dos torres, una a cada extremo, cuyas bases se ven aun perfectamente. Estas torres servían en su primer piso para defender la entrada del castillo, y en el segundo para que, aun perdido éste, pudiesen sus defensores hostilizar a los invasores ocupantes del cuerpo principal. Su restauración sería facilísima, y facilísimo el dejarle como estuvo en el siglo VIII …, siempre que se tuviese presente que es más difícil restaurar que edificar; porque para edificar basta un buen arquitecto, y para restaurar es necesario un eminente arqueólogo que sepa sentir y gustar las bellezas del edificio a restaurar.

 

Sostienen algunos que este castillo fue construído en el año 884, bajo el reinado y por orden de Alfonso III el Magno, y papeles antiguos de la noble casa de los Duques de Estrada afirman que Ossoriz, Duque de Estrada, casó con hija del Rey don Alonso el tercero y fueron los fundadores del castillo de San Vicente; pero es opinión menos consistente y probable que la que en pro del invicto Alfonso I el Católico acabamos de exponer.

Del castillo arrancaba la muralla, que se extendía, como todavía hoy puede verse, a lo largo de las laderas Norte y Oeste del peñasco hasta envolver por el Poniente la torre militar primero, y siglos después la iglesia, que aún conserva parte de su almenaje, y precisamente tras la iglesia y en esa parte de la muralla, consérvase aún la puerta que necesariamente habían de franquear cuantos quisieran trasladarse de las Asturias de Santillana a las de Oviedo y las peregrinaciones a Compostela procedentes del Norte de España y de la parte occidental de Francia que seguían las rutas de la costa, pudiendo aún verse’ a su lado las ruinas del fortín que defendía dicho paso.

Seguía después la muralla por delante del pórtico y patio de la iglesia, zona que aún se llama de la ronda, hasta alcanzar por su parte Sur el edificio llamado de la cárcel y que no era tal, sino magnífico fuerte para defensa de la puerta que todavía hoy en él se apoya, y continuaba por la ladera Sur hasta volver al castillo, en el que aún queda el arranque de otro arco que debió ser puerta de ingreso por el lado del mar, dirección en la que sostienen algunos que existió otra puerta más avanzada.

Y así la villa quedó cercada con fuertes muros y defendida por dos fortalezas en sendos extremos del peñasco, albergando en su recinto la población entera, hasta que las necesidades y la marcha de los tiempos hicieron que las pobres viviendas de pescadores, únicas que no teniendo que temer de la rapacidad de los corsarios se atrevían a permanecer debajo de la roca y al pie del mar, fuesen convirtiéndose en buenas construcciones de sillería con almacenes y habitaciones suficientes para atender al desarrollo progresivo del tráfico mercantil.

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Estructura

Su estructura alargada se adapta al espolón rocoso que domina la bahía de San Vicente. En el lado oriental tiene adosada una torre cuadrada y en la fachada occidental la torre del homenaje en forma de pentágono irregular. La fortaleza tiene en total una longitud de 54 metros, mientras que sus impresionantes muros alcanzan en algunas zonas un grosor de 2,5 m. Del castillo arrancaba la muralla, que se extendía, como todavía hoy puede verse, a lo largo de las diferentes laderas del peñasco sobre el que se asentaba la antigua villa. De la muralla se conserva la mayor parte de la fachada norte, así como algunas de sus puertas como la del Preboste, junto al actual Ayuntamiento, y la situada detrás de la Iglesia de Santa Maria de los Ángeles, que debían franquear los que querían trasladarse de las Asturias de Santillana a las de Oviedo, y los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela a través de la ruta de la costa.

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Torre del Castillo del Rey. San Vicente de la Barquera.

Como la mayor parte de las construcciones de carácter militar ha sufrido sucesivas reformas, siendo la más evidente la realizada a finales del siglo XV cuando los Reyes Católicos ordenaron reconstruir la fortaleza. A finales del siglo XVI la bóveda de cañón que cubría su cuerpo central se vino abajo, por lo que las gentes de la tierra se sintieron indefensas ante posibles ataques desde la mar. Como alternativa, Felipe II ordenó en 1584 la construcción de la batería artillera de Santa Cruz de Suaz en la bocana del puerto.

Bibliografía:

Valentín Sainz Díaz: “Notas históricas  sobre  la Villa de San Vicente de la Barquera”. Centro de Estudios Montañeses, 1973.

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EL ORGULLO DE GUARNIZO: EL NAVÍO REAL FELIPE, 1732.

El Real Felipe 1732. El orgullo de Guarnizo.
El Real Felipe, 1732. Pintura del cántabro Carlos Parrilla Penagos.

Vista del navío Real Felipe por su costado de estribor navegando por la bahía de Santander entre la ciudad y el arenal de El Puntal. Fue el primer navío de primera clase que se botó en España en el S.XVIII, único del sistema Gaztañeta y planos de Ciprián Auntrán con 114 cañones en tres puentes, y también único en su clase botado en el Real Astillero de Guarnizo.

Se puso en grada en 1731 y su vida operativa transcurrió desde su botadura en 1732 hasta 1750 cuando se desguazó en Cartagena. Tendrían que transcurrir casi cuarenta años para que se decidiese la construcción de otro navío de primera clase, esta vez en el astillero de La Habana, fue el navío Santísima Trinidad que se botó en 1769.

En Guarnizo se construyeron algunos barcos que participaron en la primera Armada Nacional, mandada por Bonifaz Camargo, que en el año 1248, ayudó a la conquista de Sevilla. El Rey, agradecido, concedió el privilegio a Cantabria de ostentar el navío rompiendo la cadena y la Torre del oro, que hoy figuran en el escudo de Cantabria.

Las necesidades de galeones, en el siglo XVI, para defender el comercio con América, obligó al Rey Felipe II a aumentar la construcción naval, ordenando en 1581 instalar el astillero de Guarnizo, entre otras razones, por la abundancia de madera, su bajo costo, el calado de la ría de Solía y la protección y defensa que confería su situación al sur de una bahía de Santander.  De esta manera, la Armada disponia de una fábrica de naos y galeones situada en un lugar del Cantábrico, tan fácil de defender como difícil de batir para un agresor, pues Santoña había sufrido en 1639 el ataque de los franceses desembarcados en Laredo al mando de Monseñor Sourdis, que quemaron en grada tres buques en construcción y el material acopiado para otros siete. En 1645 la decisión real recayó en Guarnizo, caserío emplazado al fondo de la bahía de Santander, entre el monte Cabargo y la península de Maliaño, que por otra parte, contaba con una antigua tradición en el campo de la construcción naval. Por orden de Patiño sufrió una amplia reorganización en 1721, bajo la inteligente dirección de D. Antonio Gaztañeta. Fruto de ella fueron un notable número de navíos y fragatas de buenas condiciones evolutivas y marineras, acompañadas de un sólido acabado. Entre su producción destaca el Real Felipe, navío de tres puentes y 114 cañones, construido en 1732, bajo el sistema propio de Gaztañeta.

El astillero continúo la fabricación de buques de guerra hasta 1798; a partir de entonces solo recibió contratos de particulares, pues el arsenal de El Ferrol se encontraba ya en plena producción y podía cubrir las necesidades de la Armada. Su vida languideció desde la guerra de Independencia y desapareció en 1871.

Por palabras de Vigodet sabemos que “nuestros antepasados, hasta que el Sr. D. Felipe V subió al trono de las Españas, no tenían metodizado en ningún concepto el servicio marítimo, y durante siglos enteros estuvieron haciendo la guerra en la mar sin que el Gobierno o personas inteligentes en su delegación interviniera en las construcciones y aprestos, ni se pensase en establecer un sistema en lo facultativo, en lo militar ni en los económico; lo que al fin vino a practicarse en el año 1722 por lo respectivo al primer punto, en que se dio comisión al teniente general D. Antonio Gaztañeta para que, (…) estableciera reglas y dimensiones para la construcción…” Fue de esta manera, como D. Antonio Gaztañeta puso en marcha el primer sistema racional para la construcción de buques, que iría evolucionando hasta desarrollar cuatro sistemas más a lo largo de todo el siglo XVIII.

El sistema Gaztañeta no consiguió zafarse de la tradición constructiva del siglo XVII, por lo que sus diseños y proyectos, adolecieron de los defectos de la época, derivados de basarse en reglas heredadas y no en principios físicos ni matemáticos. Pero a pesar de que esto, el nuevo sistema de construcción naval, consiguió despertar la admiración de los ingleses por el alargamiento de la eslora del barco. Así, fue reconocido como el último sistema genuino de su tiempo, exclusivo y puramente español.

El Real Felipe de 114 cañones, fue el primer navío español de tres puentes construido en Guarnizo en el año 1732 según el sistema Gaztañeta. Con un casco alargado y con poco alzamiento, la relación eslora/manga fue superior a la de sus contemporáneos extranjeros. Otro de los navíos construidos con este mismo sistema fue el Rayo de 100 cañones, fabricado en La Habana en 1748 por D. Pedro Torres. Ambos barcos se caracterizaron por su escasa vida, lo cual fue una de las principales críticas del sistema constructivo de Gaztañeta.

Bibliografía: “Revista de Historia Naval. Instituto de Historia y Cultura Naval , Armada Española. Nº 9, 1985.”

Gaztañeta y Patiño.

En agosto de 1718 este oficial español naval y arquitecto luchó y perdió la flota la que él antes había construido en el Cabo Pessaro. En 1719 había sólo 26 navíos de la Línea en un estado bastante malo, para defender el imperio colonial más grande en el mundo conocido.

En 1720 Gaztañeta preparó proyectos para un navío de línea de 60 cañones. El énfasis estaba en la velocidad, la maniobrabilidad y artillería juntos. Él alargó y rebajó el diseño tradicional, en particular en la primera cubierta de cañones. Ellos no fueron construidos para batallas tradicionales raudas, si no más bien para aquellas necesidades de España: la protección de convoyes, envío de información y la patrulla o exploración. Ellos fueron ligeramente armados, comparándolos a los navios franceses o británicos. 24 de 18 libras sobre la cubierta principal; 26 de 12 libras sobre la segunda cubierta y 10 de 6 libras sobre el castillo y alcázar. De todos modos las rutas españolas de comercio estuvieron siempre abiertas y normalmente bien protegidas, lo que constituyó un éxito en los planes de España, que no buscaba el dominio del mar, si no su conservación de sus colonias ultramarinas.

Los detractores del sistema Gaztañeta acahacaron falta de solidez en las ligazones y eslora exagerada en relación a la manga y peso de la artillería, lo que derivaba en continuas carenas, reparaciones y escaso tiempo de vida útil. Aun aceptando en parte los defectos, no se puede comprender como los navíos construídos por el sistema Gaztañeta pudieron causar tanta admiración a los ingleses, que incluso en publicaciones actuales lo consideran uno de los más interesantes proyectistas navales de la Europa moderna. El comportamiento del Real Felipe en el combate de Tolón, en 1744; del navío Princesa, en 1740, y del Glorioso en 1747 constituyen una prueba palpable de la bobdad de la fábrica. Este sistema fue el último sistema genuino, exclusivamente español y en algunos aspectos de la construcción naval, como el alargamiento de la eslora, fue un auténtico precursor de su tiempo.

Después del desastre en Pessaro, había una oleada de renovación en los astilleros, con la supervisión de Jorge Patiño, principalmente con diseños de Gaztañeta. Casi todos los 58 navíos y 9 fragatas que fueron producidos en los 20 años que siguió a el Cabo Pessaro (La Habana 36+7; Guarnizo 22+2). Muchos eran todavía de 60 cañones, pero los intereses en Europa y posibles enfrentamientos con marinas más poderosas, hicieron que en 1740 hubiera 12 navíos de 80 cañones. El producto más fino y más grande fue el “Real Felipe” de 114 cañones botado en 1732.

Construcción:

Construido en Guarnizo según los modelos de Gaztañeta. Sus planos fueron desarrollados por los ingenieros franceses don Ciprián Autrán y don Juan Pedro Boyer. Su mejor cualidad era la robustez y potencia de fuego, siendo el primer intento de construir un navío de tres puentes y más de cien cañones. Armado con 114 cañones, 30 cañones de a 36, 32 de a 24, 30 de a 12 y 22 de a 8 libras.

Nemesio Mercapide menciona que llevaba 30 cañones de a 18 en vez de a 12 libras. También podía llevar dos guardatimones en la popa y cuatro pedreros en la cubierta superior. Aunque en la primera batería o batería baja podía llevar cañones de 36 libras, nunca montó cañones de más de 24 libras.

Los planos originales han desaparecido por lo que no se conocen sus dimensiones exactas pero debía tener una relación eslora/manga superior a la de sus contemporáneos extranjeros. Botado en julio de 1732.

CONTEXTO HISTORICO

Al poco tiempo de entrar en servicio, al mando del capitán de navío don Francisco Liaño, se dirigió a Barcelona. Formó división con los navíos Santa Teresa y  Galicia y fue a Nápoles escoltado un convoy de tropas para apoyar al futuro rey Carlos III en el trono de las Dos Sicilias, zarpando de Barcelona el 29 de noviembre de 1733 con la
escuadra de 16 navíos al mando del jefe de escuadra don Miguel de Sada y Antillón, conde de Clavijo.

El 3 de diciembre entró la escuadra en Tolón a causa de los vientos contrarios. Regresó a Cádiz el 18 de julio de 1734. A mediados de febrero de 1734 comenzó a embarcarse en la escuadra de Clavijo los cañones, municiones y otros pertrechos para la conquista del reino de Nápoles. En marzo de 1735 se encuentra en el arsenal de La Carraca en
espera de ser carenado.

En agosto de 1738 zarpa de Santander con los navíos San Carlos, Santa Ana, Santa Teresa y Príncipe, llevando marineros reclutados en la provincia de Santander para la escuadra de Cádiz. En agosto de 1739 se encontraba en la bahía de Cádiz en espera de ser carenado junto a otras unidades, pero las obras todavía no habían concluido en noviembre de 1740 por falta de dinero.

Al año siguiente se incorpora a la escuadra del jefe de escuadra don Juan José Navarro Viana y Búfalo, que había sustituido por enfermedad al jefe de escuadra don Francisco Liaño. En los primeros días de mayo de 1741 la escuadra de Navarro estaba formada por nueve buques de guerra, mientras que otros cinco navíos, entre ellos el Real Felipe, estaban terminando su habilitación.

La escuadra de Navarro, compuesta por nueve navíos y con su insignia en el Real Felipe, zarpa de Cádiz rumbo al puerto de Ferrol el 6 de mayo de 1741 para recoger a otros buques que se encontraban en este departamento al mando del capitán de navío don Ignacio Dauteville, a la sazón jefe del departamento marítimo.
El 12 de mayo capturan a la fragata británica NonPareil y el día 21 de ese mes entra la escuadra en Ferrol. Los buques de Dauteville, navíos San Isidro, Galga y León, se unen a la escuadra de Navarro.

La escuadra británica del vicealmirante Nicholas Haddock había acudido a Menorca al haber extendido los españoles la falsa noticia del ataque a la isla, entrando la española en Cádiz el 12 de junio sin encuentro con enemigos.
Enterados los enemigos de la reunión en Cádiz de las dos escuadras españolas, llegó el vicealmirante John Balchen con seis navíos para reforzar a Hoddock. Tras la llegada de otros buques a Gibraltar, Balchen regresó a Inglaterra con sus seis navíos.

El 5 de noviembre de 1741 embarcó de nuevo Navarro en el navío Real Felipe y el día 15 zarpa de Cádiz la escuadra española rumbo al Mediterráneo para asegurar las comunicaciones con el ejército en Italia, unos cincuenta mil hombres que estaban al mando de don José Carrillo de Albornoz, duque de Montemar. Estaba esta escuadra compuesta por diez navíos, cinco fragatas de dos puentes o pequeños navíos y otros dos buques menores. En el momento de zarpar la escuadra de Navarro, se encontraba en Gibraltar la escuadra británica para reparar las averías causadas una reciente tempestad.

El 29 de noviembre capturan los españoles un convoy de ocho naves y el navío Soberbio apresó otra de 300 toneladas, la fragata mercante británica Williams, sensible pérdida para los británicos al estar cargada de jarcias para la escuadra de Gibraltar. Navarro pudo enterarse por los tripulantes de la fragata la salida de 17 navíos al mando de Norris, cuatro de ellos destinados a reforzar a Haddock. Este convoy estaba al mando del capitán Cornewall y escoltado por los navíos Bedford y Elizabeth.

La escuadra española es perseguida por la británica al mando de Nicholas Haddock hasta la entrada a Cartagena, momento en que aparece la francesa de 13 navíos al mando de De Court y el británico decide no atacar, dirigiéndose a Mahón a la espera de refuerzos. El 19 de diciembre de 1741 toma contacto frente a Cartagena con la escuadra francesa de Court de la Bruyére y sufren un violento temporal cerca de Ibiza el 22 de diciembre, que echa abajo el mastelero del navío insignia español. En situación tan apurada ordenó el francés De Court formar dos columnas y prepararse para el combate. Llegaron finalmente a Barcelona las dos escuadras entre el 4 y el 6 de enero de 1742.

En el puerto de Barcelona se formaron dos convoyes para llevar tropas y pertrechos a Italia. El primer convoy sería escoltado por tres navíos y seis galeras. El navío Real Felipe y el resto de la escuadra de Navarro escoltaron al segundo convoy, formado por 66 mercantes con 11.920 soldados, 431 caballos y pertrechos. El 14 de enero de 1742 zarpa de Barcelona, junto a la escuadra francesa de De Court, rumbo a la Toscana, Italia, como escolta del citado convoy que debía desembarcar al ejército en Orbitelo.

Otro temporal del Este hizo que la escuadra se dispersara y refugiara en las islas Hyeres el 19 de enero a causa del cual el Real Felipe estuvo a punto de hundirse por la gran cantidad de agua que hacía. Se pensó en dejarlo en Tolón, pero llegaron carpinteros y calafates de otros buques para repararlo. Reparadas las averías de la tormenta, vuelve a zarpar pasados ocho días, el 27 de enero. Finalmente llegan al puerto de Spezia el 30 de enero y dejan las tropas en la neutral república de Génova, reforzando al ejército del norte de Italia en la lucha contra los austriacos.

Salieron de Spezia el 13 de febrero y la noche del 20 sufre un fuerte temporal obligando a la escuadra a refugiarse en la bahía de Hieres. Ese mismo día fueron llegando el resto de los buques, algunos con graves averías y remolcados. Faltando varios buques por llegar, determinaron los comandantes de las dos escuadras partir hacia Tolón para estar más seguros ante la llegada de la escuadra británica, entrando en Tolón el 24 de febrero.

Pasaron en el puerto francés el resto del año y el de 1743 bloqueados por la escuadra británica del almirante Haddock de 29 navíos, aumentados a 33 con la llegada de Mathews, que se puso al mando. El 13 de abril de 1743 llegó a Tolón el infante don Felipe, gran almirante de España. Pasó revista a la escuadra española y siguió su camino a Italia para ponerse al frente del Ejército, el cual le aseguró un trono en Parma. Mientras la escuadra española se habilitaba y ejercitaba, la británica era reforzada. A primeros de 1744 contaba la escuadra española con 12 navíos y la francesa de 17 navíos y 3 fragatas, listos para enfrentarse a la escuadra británica que les bloqueaba en Tolón.

Después de dieciocho meses de bloqueo, la escuadra hispano-francesa al mando de De Court zarpa de Tolón el 20 de febrero para enfrentarse a la británica al mando del almirante Thomas Mathews. Su robustez quedó demostrada el 22 de febrero de 1744 durante la batalla de Cabo Sicie, al mando del capitán de navío don Nicolás Geraldino, siendo su segundo en el mando el capitán de navío francés Monsieur De Lage de Cueilly, e insignia del jefe de escuadra don Juan José Navarro Viana y Búfalo.

El navío Real Felipe contaba con una dotación de 1.152 hombres: 16 sargentos, 5 tambores, 3 pífanos, 32 cabos y 257 soldados de infantería de marina, 153 artilleros, 416 marineros, 224 grumetes y 56 pajes. Resistió los ataques de 4 navíos británicos por dos veces, haciéndoles retirarse con graves averías. Murió su comandante, otros dos oficiales y 45 hombres, siendo heridos el propio Navarro, 5 oficiales y 233 hombres, algunos graves que morirían posteriormente.

Desarbolado y después de recibir 300 impactos, fue remolcado a Cartagena por una fragata, entrando en Cartagena el 7 ó 9 de marzo de 1744. No volvió a entrar en servicio, siendo dado de baja en 1750. Don Juan José Navarro fue ascendido a teniente general el 28 de febrero y nombrado marqués de la Victoria el 7 de marzo.

Bibliografía compilada por Santiago Gómez. http://www.todoavante.es
Gaceta de Madrid, nº 49, 8 de diciembre de 1733, página 204.
Gaceta de Madrid, nº 51, 22 de diciembre de 1733, página 212.
Gaceta de Madrid, nº 1. Génova, 15 de diciembre de 1733, página 2.
Publicado en Madrid el 5 de enero de 1734.
Gaceta de Madrid, nº 2. Génova, 22 de diciembre de 1733, página 7.
Publicado en Madrid el 12 de enero de 1734.
Gaceta de Madrid, nº 12. Génova, 3 de marzo de 1734, página 46.
Publicado en Madrid el 23 de marzo de 1734.
A.G.I. Indiferente, 146, N.101. Relación de méritos y servicios del teniente de fragata Don Hermenegildo de Orbe. Cádiz, 31 de diciembre de 1735.
Alcofar Nassaes, José Luis.: “Los tres puentes españoles”. Revista
General de Marina. Agosto 1780.
Artiñano y de Galdácano, Gervasio de.: La arquitectura naval española
(En madera). Madrid, 1920.
Boado y González Llanos, Leopoldo.: “Reglamento General de Marina”.
Revista de Historia Naval. Año 1983, nº 3.
Gómez Vizcaíno, Juan Antonio.: El departamento marítimo de Cartagena de
Levante (1741-1750) y el marqués de la Victoria. Revista General de Marina. Julio 2007.
González-Aller Hierro, José Ignacio.: “El navío de tres puentes en la
Armada española”. Revista General de Marina. Año 1985, nº 9.
González-Aller Hierro, José Ignacio.: “Navío Real Felipe”. Revista de Historia Naval. Año 1986, nº 14.
Martínez-Valverde, Carlos.: “La campaña de don Juan José Navarro en el Mediterráneo y la batalla de Sicie (1742-1744)”. Revista de Historia Naval. Año 1983, nº 2.
Mercapide Compains, Nemesio.: Guarnizo y su Real Astillero. Instituto Cultural de Cantabria. Santander, 1980.
Quintero González, José.: La Carraca. El primer arsenal ilustrado español (1717-1776). Ministerio de Defensa. Instituto de Historia y Cultura Naval. Madrid, 2004.
Saralegui y Medina, Leandro de.: “La verdad sobre el combate del cabo Sicié”. Revista General de Marina. Enero 1902.
Vargas y Ponce, José de. Vida de D. Juan José Navarro, primer marqués de la Victoria. Imprenta Real, Madrid, 1808.

JUAN DE LA COSA. EL PRIMER MONTAÑES QUE CONTEMPLÓ CUBA.

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El mapa o carta de Juan de la Cosa es la representación inequívoca del continente americano más antigua conservada. En él aparecen las tierras descubiertas hasta finales del siglo XV por las expediciones castellanas, portuguesas e inglesas a América.

Como siempre en estas cuestiones, la contradicción hace gala con su presencia.

La mayoría de los biógrafos e historiadores afirman que Juan de la Cosa nació en Santoña hacia la segunda mitad del decimoquinto siglo de nuestra era y que al final de esa centuria era propietario de la nao “La gallega”, que luego se convertiría en “Marigalante” y más tarde en la “Santa María” que acompañó a Colón en su temerario viaje, nombre que adoptó según se dice, por Santa María del Puerto, Virgen y patrona de Santoña, lugar donde se sitúa la procedencia de Juan.

Este personaje se convertiría en el cartógrafo náutico más importante de su época, sin descontar además los diversos viajes de expedición que realizó a las desconocidas tierras de América, que le dieron fama como marino arrojado y célebre. Vayamos por partes. Hay razones de peso para asegurar que este navegante, ya renombrado entonces fue hijo de la provincia de Santander, convence de ello que su apellido tuvo arraigo en la villa de Santoña y se refiere en documentos que datan de los siglos XIV y XV – época en que hubo horrible hechos de sangre en aquel lugar, debido a guerras entre familias – y también por haber existido en la mencionada villa un llamado barrio “de la Cosa”, noticias que vienen del año 1677, y que se supone haya adoptado el bautizo en honor del eminente marino.

Otro documento expedido por la Reina Católica a instancia de Juan de la Cosa, sitúa que para agosto de 1496 vivía por aquellos lugares, aunque se dice dicho almirante como se quejaba de Juan de la Cosa, diciendo, que porque lo había traído consigo a estas partes por la primera vez, La cédula antes dicha cita: “se le dió permiso para una especulación mercantil por resarcimiento de la nao suya, en que iba de maestre y se perdió en el primer viaje”. Este naufragio de la Santa María, fue incesantemente esgrimido por sus enemigos para dirigir contra él infundadas acusaciones. En esta incursión a las Américas se afirma que también estaban los santoñeses Pedro de Villa y Rui García.

Regresó del primer viaje con Colón en enero de 1493, arribando a Europa en los primeros días de marzo. Volvió con la segunda expedición compuesta de tres naos de gavia y 14 carabelas, tripuladas por unos 1.500 hombres, que se hizo a la vela en la bahía de Cádiz el 25 de septiembre; venía nuestro interesado en la carabela “Niña”, entonces con el nombre de “Santa Clara”, con el título de “muestre de hacer cartas”. Se agudizan las contradicciones entre Colón y de la Cosa, el primero hizo firmar al segundo un documento, afirmando que Cuba era un continente pues su extensión costera lo evidenciaba. El marino santoñés siempre afirmó que aquella tierra era una isla. Regresaron a España el 11 de julio de 1496 y ya sus diferencias eran insalvables. Se dice también que en ese viaje navegaron otros montañeses, y se citan a P. de Salcedo y Rodrigo de Santander.

El padre Las Casas describe los últimos instantes del marino de la siguiente manera: “Juan de la Cosa”, dice “metióse en una choza que halló sin hierba, descobijada, o él, según pudo con algunos de los suyos la descobijaron porque no los quemasen, arrimado a la madera y peleando hasta que ante sus ojos vio a todos sus compañeros caídos muertos, y él que sentía en si obrar la hierba de muchas saetadas que tenía por su cuerpo, dejóse caer desmayado: vio cerca de sí uno de los suyos, que varonilmente peleaba, y que no le habían derrocado, y díjole pues que Dios hasta ahora os ha guardado, hermano, esforzaos y salvaos, y decid ú Hojeda cómo me dejais al cabo. Estos datos, aceptados por todos los historiadores, invalidan la afirmación de que fuera comido por los aborígenes. El investigador Navarrete, citado en el libro de Leguina, Afirma: “Hallaron el cuerpo de Juan de la Cosa, atado a un árbol, hecho un erizo de saetas, hinchado y horrorosamente disforme por efecto de la hierba ponzoñosa”.

Por real cédula expedida el 2 de abril de 1511, se ordenó la entrega a la viuda de 4.500 maravedís, para ayudar al casamiento de su hija mayor. A su regreso del segundo viaje que hizo con Colón, confeccionó su famosa carta geográfica o mapamundi, el cual todos están de acuerdo que fue el primero que representa el continente americano. Compiló para su obra todas las cartas de navegación existentes hasta 1500, constituyendo este plano una joya inestimable en el conocimiento del mundo certificado en los albores del siglo XV. El valiosísimo documento se encuentra conservado en el museo naval de Madrid y en él se inscribe lo siguiente:

“Juan de la Cosa lo fizo en el Puerto de Santa María en anno de 1500”.

Bibliografía:

Bruno Javier Machado González: “Cuévano de olvidos: presencia de Cantabria en Cuba (1492-1999)”. Centro de Estudios Montañeses, 1999.

Magnífico vídeo biográfico del marinero y cartógrafo Juan de la Cosa:

EL ENTRAMADO DEFENSIVO DE SANTANDER (SIGLOS XVI A XIX). LIBRO RECOMENDADO.

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Por mejor servir al Rey. El entramado defensivo de Santander (Siglos XVI a XIX).

El hecho de que la mayor parte de los testimonios de arquitectura militar de Santander haya desaparecido en tiempos más o menos recientes no puede hacernos olvidar que aún se conservan varias fortificaciones que reunen suficientes méritos como para poder considerarse ejemplos únicos dentro del nutrido panorama regional. Incluso,algunas de ellas se encuentran en un aceptable estado de conservación,lo que haría posible su puesta en valor.

Sólo con dar un vistazo a un plano de la bahía de Santander, con su profunda y ancha ría, se puede adivinar que esste territorio ha tenido una historia dura e intensa. Cuantos lean este texto de Rafael Palacio sobre las fortificaciones de Santander descubrirán cómo la bella y apacible gografia costera cántabra ha sido en los últimos quinientos años una permanente fuente de preocupaciones y problemas para la Corona española, para el ejército y para la Armada, para las autoridades municipales de las diversas villas costeras.

Este texto es una maravillosa línea de investigación sobre Santander de Rafael Palacio Ramos y que se suma a otras publicaciones y trabajos suyos sobre Santoña, Trasmiera y Cantabria en general.

Además, la historia militar es uno de los aspectos menos valorados en los numerosos trabajos que se vienen realizando sobre Santander y su bahía, a pesar de que durante siglos constituyó uno de los aspectos más definitorios de la configuración social y urbana de la zona.

En este libro y dentro de su indice entre otros figuran: La política fortificadora de Felipe II, la defensa del Real Astillero de Guarnizo, la tercera Guerra Carlista y las fortificaciones neomedievales de Santander, El proyecto de 1896 y las baterías de 1898.

  • Tapa blanda: 280 páginas
  • Editor: Ayuntamiento De Santander; Edición: Primera (5 de julio de 2005)
  • ISBN-10: 8486993733
  • ISBN-13: 978-8486993733
  • Autor: Rafael Palacio Ramos

RECUPERACIÓN DE CAÑONES DEL SIGLO XVIII.

LOS CAÑONES DE MUSLERA

Recuperación de cañones hundidos al pie del faro de la Cerda en la Magdalena, entregando cuatro de ellos para el Museo Naval de Guarnizo.

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Los Cañones de Muslera.

LA HISTORIA

En el mes de abril de 1949, un obrero de la Junta de las Obras del Puerto, Enrique Corino, pescando centollos desde su bote en las inmediaciones del Faro de la Cerda, en ocasión en que las aguas estaban claras y tranquilas y que la profundidad era escasa en razón a la bajamar, advirtió en el fondo la presencia de unos artefactos que, cubiertos de algas, semejaban cañones. En unión de otro compañero intentó, por medio de unos cables, izar uno de ellos, el más pequeño, pero la poca consistencia de la embarcación se lo impidió.

Avisado el buzo, Alonso González, acudió con una barcaza y logró extraer el cañón pequeño y dos grandes, que fueron trasladados a la dársena de Puertochico, donde, por medio de una grúa, fueron elevados dos de ellos hasta la explanada del dique de Gamazo, donde quedaron depositados para proceder a su limpieza. El tercero, al pretender ser elevado, cayó al fondo de la dársena por haberse roto el cable de la grúa.

Los cañones ahora descubiertos se cree fundadamente que son del siglo XVIII, pues son de hierro fundido. Algunos investigadores suponen que pudieran haber pertenecido a las baterías que, para defender la entrada del puerto de Santander, existían en la Magdalena y que, quizás fueran arrojados al mar cuando la invasión francesa para evitar que cayeran en poder del enemigo. Da fundamento a esta versión de haber sido arrojados premeditadamente, la circunstancia de encontrarse todos ellos agrupados, hay siete cañones bajo el Faro de la Cerda; uno pequeño -el extraído-, de cerda de dos metros de largo y mil novecientos kilos de peso y seis más largos, de unos tres metros y tres mil kilos de peso.

En las inmediaciones de la Isla de Mouro y en el fondo del mar, ha sido descubierto otro de idénticas características.

Actualmente se procede a la limpieza de estas piezas, para ver si conservan la marca de fabricación.

Nada de extraño tendría que esos cañones fuesen los mismos que en enero de 1.813 fueron arrojados al mar, ante la proximidad de la división de Wandermarsen, como último acto de la ocupación napoleónica de nuestra ciudad.

Si ello es así, se trata de piezas históricas que de ningún modo deben tener como destino una chatarrería. Serían unos recuerdos de indudable valor, testimonios de un periodo agitado de la vida de la ciudad. (Alerta 13 abril de 1.949).

El cronista de Santander, señor Simón Cabarga, escribía en esas fechas lo siguiente:

“Desde el puente del “Venerable” orgulloso navío que enarbolaba la insignia almirante de la división británica. Sir Home Popham asestaba su catalejo hacia aquella costa sobre la que parecía haberse desplomado de repente el silencio y la inmovilidad. La víspera todavía advertía los altos morriones de los granaderos napoleónicos y los cañones de los menguados fuertes apuntando agresivos hacia los buques que desde el 25 de julio permanecían a la expectativa frente al abra del Sardinero, esperando la llegada de la división de vanguardia mandada por Porlier, “el Marquesito”. Sir Home Popham, cuyos marineros se habían batido bien hacia unos días, reduciendo al silencio los fuertes de la Cerda y de Hano al establecerse por sorpresa en la isla de Mouro, tuvo en la madrugada del 3 de agosto un breve consejo con los oficiales de su Estado Mayor en la cámara del “Venerable” y allí quedó acordado proceder a la inmediata ocupación de la ciudad, porque los espías comunicaron que ya en las calles de la ciudad no quedaba un sólo francés y era preciso saltar a tierra para evitar posibles desmanes.

Los navíos pasaron bajo los fuertes de Hano y de La Cerda sin que desde tierra se disparase un solo tiro de fusil. Habían enmudecido también los fuertes de la Punta del Rastro, y en los puestos de guardia de Punta Palomera y Punta del Caballo no se advertía señal ninguna de viuda. Tampoco el castillo de San Martín saludó irrespetuosamente la presencia de los navíos británicos. Todo, pues, pudo verificarse en orden y con tranquilidad. ¿Qué más, si hasta en el muelle de las Naos y en la rampa larga había grupos que agitaban pañuelos y banderas, en señal evidente de bienvenida?. Sir Home Popham dió órdenes de desembarcar lo más rápidamente posible, y los marinos ingleses pisaron la calle de la Ribera en medio de las exclamaciones entusiastas de unas cuantas docenas de santanderinos. Sir Home Popham, con su fisonomía de “buen muchacho”, en cuyo rostro se respingaba un poco cómicamente una naricilla que no le añadía, ciertamente respetabilidad, se acariciaba complacido las largas patillas que encuadraban la cara risueña y juvenil. ¡Qué distinto, pensaba, esta jornada a aquellas otras de Buenos Aires, hacia siete años, cuando consiguió saltar a tierra con sus huestes reclutadas en El Cabo!

La guerra contra el francés se iba resolviendo, ahora, con una precipitación de los acontecimientos que ponían nubarrones en el cielo antes radiante de las victorias napoleónicas.
Sir Home Popham tomó posesión de la ciudad en nombre de los Ejércitos aliados, y en una casa del muelle se le brindó hospitalidad.
Los franceses habían comenzado su evacuación el día 20 de julio, trasladando sus heridos y enfermos a Santoña, plaza fuerte elegida para una resistencia a ultranza. El 2 de agosto ya no quedaba en las calles santanderinas un solo granadero napoleónico.

Una de las primeras providencias de Sr. Home Popham fué hacer pública una proclama de una energía tan extrema que levantó una oleada de terror entre el vecindario. Porque si bien era cierto que muchos afrancesados y colaboradores huyeron con la división francesa, quedaban todavía no pocos atados ala ciudad por sus negocios o por sus haciendas. Pero no era sólo contra los “colaboracionistas” contra los que la cólera de sir Home Popham se dirigía, sino que envolvía casi por entero a todos los habitantes de la despoblada ciudad, a los que acusaba de desleales y dignos del más riguroso castigo. Hubo necesidad de que una comisión de patricios se acercase a la morada del comodoro británico para explicarle que la ciudad no había tenido más remedio que someterse al invasor, y que los cinco años que, con ligeras intermitencias, duraba la ocupación había impuesto ciertas formalidades de adaptación hacia las exigencias de los generales franceses. Sir Home Popham rectificó su opinión y dió otro bando para devolver la tranquilidad a los espíritus: “El comodoro británico -decía- está lleno de satisfacción en haber hallado, por el informe y el testimonio de los señores ya dichos, que la opinión que tenía en general de la ciudad no era bien fundada” y a continuación daba garantías, para entretanto llegaban las tropas españolas del séptimo ejercito mandado por don Gabriel de Mendizabal.

En efecto, hacia el día 8 de agosto, entraba el general Porlier al frente de su división, formada por los regimientos y batallones que Mendizábal había reorganizado en su cuartel general de Potes: eran de las provincias de Santander y de Liébana y Castilla la Vieja, y formada por la infantería de Laredo, los dos regimientos primero y segundo cántabros, tres de tiradores de Cantabria y un escuadrón de húsares de Cantabria: granaderos de Castilla, de Logroño y Arlanza, tres de tiradores de Castilla, húsares de Burgos y Valladolid y cazadores de Castilla y dragones de la Rioja.

El día 10 se celebró solemnísimamente la proclamación y la Jura de la Constitución de 1812, votada por las Cortes de Cádiz…

Todo parecía que se enderezaba hacia la normalidad de la vida ciudadana. Los franceses recluidos, en Santoña y Foy y Palombini iniciando las operaciones que habían de culminar con el sitio, asalto y saqueo de Castro Urdiales… De toda España los correos traían noticias de derrotas consecutivas de Napoleón, que ya iniciaba el repliegue hacia la frontera… La guerra de la Independencia estaba en vísperas de terminarse.

Sir Home Popham permaneció durante algún tiempo en Santander, alternando las delicias de la paz que aquí se respiraba, con las operaciones de vigilancia que sus navíos, auxiliados por los españoles, verificaban por toda la costa hasta las Vascongadas.

Y esa paz se turbó a los cinco meses escasos. El general Wandermarsen, dejando bien sujeta la plaza de Santoña, reorganizó su división -que, por otro lado, era hostilizada con frecuencia por guerrilleros ya famosos, como nuestro Campillo- y emprendió la marcha hacia Santander. De nuevo iban a conocerse las angustias y hasta los horrores de una nueva ocupación. Fue en el mes de enero del año siguiente, 1.813.

Wandermarsen, desde su cuartel general de San Pantaleón de Aras, anunció a la ciudad que muy pronto caería sobre ella. Y lo cumplió. La noche del 21 de enero, se produjo de nuevo otro movimiento de reflujo, otra evacuación como las que ya varias veces se habían producido ante la llegada de los franceses o de los españoles.

Fue entonces cuando las autoridades miliares españolas, antes de abandonar la plaza, ordenaron el desmantelamiento y destrucción de todos los fuertes que la defendían. Y ello se verificó tan concienzudamente que ni un solo cañón quedó sobre su cureña. Los que no pudieron ser evacuados con las tropas por las dificultades de arrastrar una muy pesada impedimenta, fueron arrojados al mar.

Cuatro años después, en febrero de 1.817, se había de saber en una sesión del Ayuntamiento, que el Estado se disponía a reedificar todas las baterías que había anteriormente, que defienden este puerto, “pues no hay un cañón montado en ninguna de ellas, ni en donde montarle, por haber sido todas totalmente destruidas en la próxima última guerra con Francia, por cuyo motivo se ven expuestos la ciudad, su arrabales y la había a la empresa atrevida de una sorpresa o de ser atacados por cualquiera fuerza marítima por pequeña que sea…”

Tras su estudio, se decidió donar cuatro de los cañones al Museo Naval del Real Astillero de Guarnizo, donde quedaron ubicados. Los tres cañones restantes, fueron a la chatarrería, pues se encontraban muy deteriorados sin posibilidad de restaurarlos.

También se supone que los cañones, fueran fabricados en La Cavada.

La fábrica de la Cavada, llegó a producir en torno a los 23.000 cañones, la mayoria de estas piezas tenían su destino en las baterías costeras del imperio y su Armada real. Muchos de los barcos fueron construidos en las atarazanas de Guarnizo a donde se enviaban gran parte de los cañones. Este es uno de los motivos que decidió en ubicarlos estos cuatro cañones en Guarnizo.

En la labor de rescate de los cañones del fondo del mar, intervino el buzo Sr. Alonso González, persona destacada en la recuperación de los mismos.En mis visitas a la Iglesia de Nuestra Señora de Muslera, siempre me he acercado a ver estos cañones, en unos años los he visto en buen estado y desde hace un tiempo muy deteriorados. Ahora solamente quedan tres y esperemos sean conservados algunos años más.

Texto y fotos cortesía de http://historiadeunbuzo.blogspot.com.es

CASTILLO DE CORBANERA, MONTE.

Castillo de Corbanera,Monte.  Principios de Siglo XIX.

Los puntos principales del proyecto de defensa de Santander ejecutado en 1874 incluía tres nuevos reductos de campaña: el de la ermita de San Miguel en Monte (donde se colocarían siete cañones de 12 y 16 cm), el de Pronillo (otras siete piezas de 12 y 16 cm) y el de Fuerte Mar, sobre las vías del ferrocarril y cerca del antiguo de Santa Cruz (con tres cañones, uno de 16 cm y suponemos que los otros de 12 cm), abiertos por la gola a causa del importante ahorro que esto suponía (30.000 ptas. sólo los dos primeros) y por este mismo motivo alguno sin cuerpo de guardia en las baterías, debiéndose como sucedió en Pronillo ocupar viviendas particulares anexas para el acomodo de las tropas de Artillería que la guarnecían.

Esta línea fortificada que pretendía aislar la península de Santander incluyó la vieja batería de San Pedro del Mar. El muro aspillerado que la rodea por tres de sus frentes, de mejor factura que el que se levantó en 1807 a base de piedra y madera, la convertía en un excelente reducto de cierre por el lado norte de todo este sistema. Así la función primigenia de la batería, la de proteger con sus cañones la parte de costa correspondiente, quedó anulada (aunque desde hacía muchos años sus características la hacían inútil ante las potentes piezas de los acorazados) en aras de una concepción defensiva distinta, que miraba hacia tierra al no temer ataques por mar (los carlistas carecían de una escuadra siquiera mediana).

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También se llevaron a cabo otras estructuras de nueva factura siguiendo la moda neomedieval, el “castillo” circular de La Corbanera y el semicircular de la Albericia, y dos torres octogonales aspilleradas para defender la carretera de Burgos. Por lo que respecta a la cortina, tenía a lo largo de su recorrido un total de veintisiete garitas y varias puertas con rastrillo, además de las fortificadas de Corbán y del Camino Real a Burgos. Estaba dotada de su correspondiente banqueta de madera para la adecuada colocación de los fusileros, adaptándose su trazado a la orografía y presentando diversos redientes y baluartes para cruzar eficazmente los disparos evitando ángulos muertos. Protegía la línea un foso seco con escarpa y contraescarpa revestidas de piedra en seco y coronadas con tepes, cuyos restos aún son visibles en varias partes de su recorrido.

Puesto que recaudaba los arbitrios, el municipio debía encargarse de resarcir a los propietarios de los terrenos ocupados por las obras (las indemnizaciones por este concepto ascendían a 107.801,36 ptas.) y de proceder a su derribo una vez devinieran inservibles; al negarse a esto último la entidad local se dictó Real Orden el 4 de julio de 1876 acordando que su destrucción se dejase á la acción del tiempo, a pesar de ello todavía en 1976 quedaban “unas decenas de metros de tapia aspillerada, adosada a las ruinas de Villatorre, en Pronillo”.

El erróneamente llamado “castillo” de La Corbanera es así en realidad un reducto típicamente neomedieval compuesto por una torre central inserta en otro recinto, también de planta circular. La función defensiva pasa así al recinto exterior, limitándose la torre a acoger en sus diversas plantas los servicios para la guarnición, y a emplazar en su azotea si fuera preciso algunos cañones de mediano calibre. En ausencia de su plano, podemos hacernos una idea de su distribución interior observando la de la torre de Francisco de Asís en Ceuta, y en cuanto a dimensiones y disposición general, podemos compararlo con el “fuerte” de San Lorenzo en Melilla.

Su carácter cerrado le permitía ejercer las funciones de punto de refugio en caso de rotura de la línea, haciendo frente a los ataques producidos desde cualquier parte, incluso desde el interior del perímetro que protege. Esta posibilidad de defensa no la tenían ni el reducto de La Albericia, que era un semicírculo orientado al oeste, ni los tramos de cortina aspillerada que cortaban la península de Santander, y que poseía su banqueta en la pared este. Por lo que toca a la batería de San Pedro del Mar, el muro aspillerado que la rodea por tres de sus frentes la convertía en un excelente reducto de cierre por el lado norte de todo este sistema.

Se puede considerar esta solución como el empleo de un frente poligonal compuesto por una cortina con varios reductos curvos a modo de caponeras. Esta solución de emplazar reductos circulares o semicirculares en diversos tramos de un frente continuo se utilizó también en la muralla de la playa sur de Santoña, totalmente desaparecida. Aquí se trataba de una cortina de cerca de 900 m de longitud total en la que se disponían tres baluartes y una fortificación que ejercía las funciones de cierre por el lado este (el fuerte de San Martín); sin embargo, el hecho de que esta muralla tuviera por objeto impedir el acercamiento de buques acorazados dotados con gruesos cañones motivó que fuera completamente acasamatada.

Centrándonos en el reducto de La Corbanera, el recinto exterior mide 50 m de diámetro y posee un pequeño cubo a modo de caponera en cada uno de los puntos cardinales. La torre central, con gruesos muros de 2 m de anchura, tiene un diámetro de 14 m, lo que da una superficie interior de unos 31 m2 por planta.

Construida en buena mampostería, cuenta con ligera escarpa y una línea de aspilleras horizontales a media altura, en ladrillo revocado de cal, mientras el coronamiento se resuelve a base de aspilleras rasgadas. Como apreciable engarce con la escuela clásica de fortificación española, presenta cordón recorriendo todo su perímetro exterior.

En el centro de la estructura se sitúa la antedicha torre neomedieval que haría las veces de cuartel y almacenes, en cuya terraza se colocarían dos obuses de 16 y 12 cm. Del reducto salen dos trozos de cortina, de sección pentagonal, con una anchura media en su coronamiento de 50-55 cm Sus aspilleras, a diferencia de las del recinto circular, son verticales, se disponen cada 120 cm y presentan un derrame al interior de 45 cm y al exterior de 10 cm.

Texto cortesía de Rafael Palacio Ramos (Doctor en Historia por la Universidad de Cantabria Director-Gerente de la Casa de Cultura de Santoña.)

Esta interesante construcción formaba parte de la línea de fortificación de 1874 en la zona de Corbanera, La Maruca, en Monte (Santander, Cantabria). Constituyó el principal elemento defensivo de la línea de murallas, fortificaciones y baterías construido para proteger a la ciudad de posibles ataques carlistas durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Es un monumento declarado Bien de Interés Cultural.

La línea de fortificación de 1874 cortaba el istmo de la península de Santander, por medio de una línea de trincheras, desde la Marga, al sur, hasta la ensenada de La Maruca o de San Pedro del Mar, al norte, en mar abierto. Dicha línea se reforzaba con este fuerte de Corbanera, el de la Albericia, muy semejante en forma y cronología, y la Batería de San Pedro del Mar, originaria de 1763. Una vez finalizada la contienda, el arquitecto Alfredo de la Escalera diseñó un proyecto para albergar en ella una cárcel provincial que finalmente se ubicó en un solar del antiguo cementerio de San Fernando.

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El castillo de Corbanera, Santender.

Elementos arquitectónicos:

Cuerpo central troncocónico, de gran altura y un muro-cortina alrededor. Conserva merlones fusileros que de vez en cuando se refuerzan con cubos semicirculares. La fortificación es de planta circular de 50 m de diámetro y un muro de un metro de espesor, realizada en mampostería aparejada con mortero. De estampa neo medieval contiene elementos propios de la arquitectura defensiva, sus torres orientadas a los cuatro puntos cardinales y una torre central con gruesos muros, que era el polvorín y cuartel de la guarnición.

Construido en 1874 como parte de las defensas de la ciudad diseñadas por el coronel José Almirante, que iban desde la batería de San Pedro del Mar junto a la playa de La Maruca en el Norte hasta Fuentemar (la actual zona de La Marga, en el barrio de Castilla-Hermida), al Sur. No llegó a ser probada su resistencia ya que la plaza no fue atacada.

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El castillo de Corbanera es una fortificación militar construida en 1874 en la zona de Corbanera, La Maruca, en Monte (Santander, Cantabria)

CONTEXTO HISTORICO

Al finalizar la contienda en 1876 se proyectó su uso como cárcel provincial, pero fue desestimado, construyéndose dicha cárcel en el terreno que había ocupado el cementerio de San Fernando, en la actual calle Alta santanderina. Durante la Guerra Civil se le añadió un recinto de hormigón en la torre central. Al finalizar la guerra se permitió la construcción de algunas viviendas en el interior del castillo.

En mayo de 2012 el Gobierno de Cantabria aprobó la declaración como Bien de Interés Cultural del castillo, incluyendo terreno suficiente en los alrededores para proteger la visión del conjunto así como la visión de la mar desde la edificación.

La tercera guerra carlista se inició una vez destronada Isabel II, ya en el Sexenio Revolucionario. Beneficiados por el clima de libertad que introdujo la revolución de «La Gloriosa», el carlismo había revivido como fuerza política. Pero la llegada de Amadeo de Saboya provocó la insurrección armada de una parte de los carlistas, mientras que otra facción constituyó una pequeña fuerza política opuesta a la nueva monarquía y con posiciones enormemente conservadoras. El pretendiente esta vez era Carlos María de Borbón, y el conflicto acabará con la definitiva derrota del carlismo, ya durante los primeros años del reinado de Alfonso XII. Los generales Martínez Campos y el general Fernando Primo de Rivera derrotaron a los carlistas en Cataluña, Navarra y País Vasco.

El 28 de Febrero de 1876 finalizan las guerras carlistas. Tras ellas el carlismo moderado se separaría para siempre de la corriente levantisca para formar una opción política alternativa al liberalismo.

Bibliografía:

Camino y Aguirre, F.G.: “Castillos y fortalezas de Santander”. En: La Revista de Santander, 1930, pp. 76-87
González Echegaray, M.C.: Casado soto, J.L.: Las fortificaciones de La Maruca. Santander, 1978
González Echegaray, M.C.: “Piratas en la costa de Santander”. En: Historias de Cantabria, 1992, nº 2, pp. 23-37
Castillos de España, Tomo I, Editorial Everest, León, 1997, pp. 617-638

BATERÍA DE SAN MARTÍN Y BATERÍA DE GALVANES, SANTOÑA.

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La Bateria de San Martín, Santoña.

La Bateria de San Martín fue construida como complemento del fuerte y se emplaza a unos pocos metros por encima de éste. Sus obras terminaron en 1859.  Sobre una superficie de 4.000 metros cuadrados, el conjunto incluye un almacén de pólvora, un cuarto para la tropa y un almacén, además de una amplia explanada con parapeto corrido para la artillería. Aún permanecen colocados in situ algunos de los 16 emplazamientos para cañones y morteros de que llegó a disponer.

La Batería Alta y Baja de Galvanes tenía la misión de defender la entrada a la bahía de Santoña y su fondeadero interior. Levantada entre 1811 y 1812 por ingenieros napoleónicos ambas fortificaciones se reconstruyeron en 1859, aunque el proyecto original era muy ambicioso y no llegó a ejecutarse íntegramente.

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La batería Alta de Galvanes es una sencilla batería a barbeta.

La batería Alta es una sencilla batería a barbeta, aunque nos pueda extrañar la altura de su parapeto. Esto es debido a que en el año en que se construyó la batería fue pensada para albergar artillería montada en marcos altos de costa.

CONTEXTO HISTORICO

Aunque se ha atribuido su construcción a los franceses durante la Guerra de Independencia, en realidad ya existía por el lugar una plataforma para cuatro o cinco cañones desde mediados del siglo XVIII. El estado de esta precaria construcción debía estar en deplorable estado cuando llegaron los franceses. Sin embargo, advirtieron las bondades de la zona y, en 1812, Gabriel Breuille mandó levantar una serie de baterías entre los fuertes de San Martín y San Carlos. Las primeras en construirse serían las actuales Alta Galvanes y la posterior batería de Santa Isabel, a las que se añadió un emplazamiento a menor altura que correspondería a la actual Baja Galvanes. En un plano francés de 1813 vemos claramente entre San Martín y San Carlos la Batería Alta San Matín y la línea de baterías de Galbans compuesta por la Alta Galvanes, Baja Galvanes y la de Punta Galvanes, futura Santa Isabel.

La Batería Alta y Baja de Galvanes, eran en realidad simples baterías de campaña realizadas de piedra seca y tierra con explanadas de madera, no obstante, no fue impedimento para artillarlas profusamente. La batería alta se armó con dos impresionantes cañones de 36 libras, los mayores de su época, mientras que la baja se complementaba con 4 carronadas de 24 libras, algo por otra parte curioso, ya que no eran estas muy del gusto de los ejércitos tanto francés como español.

Siguieron en activo después de la guerra, aunque no fueron consideradas de gran importancia. Hubo un proyecto en 1830 para que se desmantelaran y se fortificara únicamente la abandonada punta de Galvanes.

El aspecto actual de las baterías data de 1863, a raíz del Proyecto de Fortificación de la Plaza de Santoña de 1855. Aunque al principio se quiso unir las dos baterías en una sola gran construcción acasamatada de dos pisos, el coste económico dio como resultado obras de considerable menor entidad, que de hecho quedaron inacabadas. El declive de la plaza santoñesa también repercutió en estas fortificaciones, si bien siguieron siendo de propiedad militar hasta la decada de los 30 del siglo XX.

Texto por Jaime A. (https://jaragocrube.wordpress.com/)

BIBLIOGRAFIA

Libro: Un presidio inconquistable: la fortificación de la Bahía de Santoña entre los siglos XVI y XIX. Autor: Rafáel Palacio Ramos

FUERTE DE NAPOLEÓN O DEL MAZO, SANTOÑA.

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El Fuerte del Mazo o de Napoleón, Santoña.

El Fuerte del Mazo o de Napoleón es, dentro de las fortificaciones levantadas durante la Guerra de la Independencia, la única de su género conservada en España. El propio Bonaparte dirigió la construcción de este Fuerte en 1812, que dominaba todos los puntos al norte y oeste evitando cualquier posible ataque, tanto mediante un desembarco en la playa de Berria como a través de una invasión por tierra. La obra exigió un gran desembolso y supuso esfuerzos importantes, incluso se llegó a desmontar parte de la peña sobre la que se levanta, lo que muestra el interés que para los franceses poseía este enclave que una vez concluida la guerra se resistieron a abandonar. El Fuerte contaba con un cuartel para más de un centenar de soldados y con un almacén de repuestos.

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Puerta principal del Fuerte del Mazo o de Napoleón.

Es más pequeño que los de San Martín y de San Carlos. Fue construido con la piedra que se extrajo para hacer la explanación del risco. Tiene una estructura amurallada rectangular. Se conservan también las ruinas de dos edificios que servían como alojamiento de los oficiales y de la tropa y un emplazamiento artillero conocido como Batería Rouget, erigida en 1811 por orden expresa de Napoleón. Se conserva la garita de vigilancia, única de esta época en Cantabria. Desde este lugar estratégico se dominaba y protegía todo el arenal de la playa de Berria. Este fuerte nunca fue terminado. Se trataba de una gran obra sólida, con varios edificios, construida bajo la supervisión del conde de Cafarelli, que fue comandante general de las tropas de Napoleón en el norte de España. Tomó la plaza de Santoña y para proteger la parte norte y la playa de Berria mandó construir este fuerte.

Fue reformado ligeramente en 1870, y en 2001 se restauró en su totalidad. Declarado monumento histórico.

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Entrada al Fuerte del Mazo o de Napoleón, Santoña.

CONTEXTO HISTORICO

Durante la Guerra de la Independencia, Santoña, sirvió de depósito general de efectos de guerra de toda clase, favoreciendo de este modo las operaciones francesas. Ello explica por qué el ejército galo se preocupase de fortificar la villa; el propio Napoleón ordenó acondicionar las defensas.

Asimismo, las autoridades francesas, ante el avance de las tropas anglo-españolas, buscaron refugio en Santoña.

Hacia 1813, la idea de que los ingleses querían apoderarse de Santoña, una excelente posición estratégica en el Cantábrico y convertirla en otro Gibraltar, preocupaba profundamente a los españoles. Incluso después de que Wellington entregara San Sebastián y Pamplona, el propio Ministro de la Guerra le acusó de pretender apoderarse de Santoña.

Pero esta idea también preocupaba, y mucho, a los franceses.

De hecho, fué la última plaza del Cantábrico en ser abandonada por las tropas galas, ya que, pese a los intentos del ejército inglés de tomar la plaza en nombre de España, el previsor General francés Charles Malo François, conde de Lameth quiso esperar a que fuesen las fuerzas españolas quienes se posesionaran de la misma.

Los franceses, durante la “Guerra de la Independencia”, ejecutaron dos fortificaciones para la defensa del acceso norte a Santoña: los fuertes denominados Imperial o de Napoleón y del Mazo. En la actualidad, además de pequeños reductos y baterías dispersos por el monte de Santoña, de las cuatro grandes fortificaciones sólo quedan tres, ya que el fuerte Imperial, la plaza de armas, fue derruido a principios de siglo para construir el penal del Dueso, transmitiendo su sobrenombre de “Napoleón” al fuerte del Mazo.

El Conde de Cafarelli, comandante general de las tropas francesas destinadas al norte de España, se desplazó desde Vitoria, tomó la plaza, y para reforzar su defensa en el área de Berria se construyeron los fuertes Imperial y del Mazo cerca del Dueso.

POLVORÍN Y CUERPO DE GUARDIA DE HELECHAL, SANTOÑA.

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Antiguo Polvorín El Helechal, que abastecía al Fuerte del Mazo. Santoña.

Antiguo polvorín El Helechal, que abastecía al Fuerte del Mazo (Fuerte de Napoleón) y el cual se encuentra localizado en un lugar resguardado para evitar impactos de proyectiles enemigos. Este edificio se encuentra flanqueado por dos torres (cuya finalidad originaria era la de pararrayos), y que actualmente sirve de improvisada estabulación ganadera. En las cercanías existe otro polvorín con una estructura semejante y se trata del polvorín del Dueso.

Está situado a poco más de 100 metros del Fuerte de Napoleón y es un sólido edificio de dos naves y cuatro departamentos independientes para contener, con las suficientes garantías, tanto pólvora a granel como cartuchería de fusil y proyectiles para la artillería. Tiene planta cuadrangular, pararrayos y un muro perimetral de ladrillo para absorber el impacto de una posible explosión.

Además de los distintos almacenes o repuestos para pólvora y munición existente en cada fuerte o batería, las plazas de guerra debían contar con al menos un gran almacén que realizará las funciones de Depósito General de municiones y explosivos.

CONTEXTO HISTORICO

En el objetivo de alejarlos del alcance de los disparos enemigos, los polvorines se ubicaban en lugares desenfilados y desiertos para minimizar los efectos de una explosión. En el caso de situarse en el monte de Santoña, lógicamente se debían talar un radio mínimo de 100 metros alrededor del polvorín para evitar que un incendio alcanzará la pólvora, Además, los polvorines debían procurar el mayor aislamiento posible de la humedad y permitir la aireación del material almacenado.

Es por ello que Celestino del Piélago, en su proyecto de los edificios militares imprescindibles para Santoña, desarrollara la creación de un Almacén de Pólvora con cuerpo de guardia anexo, presupuestados en 167.477 reales de vellón y a ubicar en “La Hoya” depresión del monte por donde pasaba uno de los caminos a la batería de San Felipe.

Para preservar la pólvora de los efectos de las humedades los barriles que las contenían se colocaban en estantes, se forraban las paredes con tablas hasta una altura de 2 m dejando una clara de 9 cm y en el suelo se hacían un enrejado de madera. Se debía levantar un muro de protección alrededor de 3,5 m de altura y separado 5 m del edificio.

Su disposición, según confesaba del propio ingeniero, en nada difiere de los de Vauban. Se articulaba como una estructura orientada al sur, de una sola nave cubierta por bóveda de cañón sobre cinco estribor ( que se correspondían al exterior con sendos respiraderos de ventilación ), ubicándose en su testero sur la puerta y en el norte una ventana.

Tendría 25 metros de longitud, 8,5 de anchura y 6,7 de altura en su clave. Sería capaz para 2.700 quintales (que realmente contendría en tiempo normal 2.000, pues los otros 700 se suponían distribuidos en los diferentes repuestos de las fortificaciones ). La bóveda se construiría de ladrillo y los testeros y estribos de buena mampostería, además de gruesos 83 metros) para eximir de hacer contrafuertes (única variación respecto al modelo de Vauban ). En sillería se fabricarían las esquinas y los diferentes vanos: puertas, ventanas y respiraderos.

El cuerpo de guardia tendría unas dimensiones de 5×3,5 m y 3,5 m de altura, chimenea, puerta y tres ventanas, más un pequeño pórtico de desahogo.

Dada la escasa importancia estratégica que tenía el Fuerte del Mazo se vio muy a propósito construir el polvorín en sus inmediaciones, concretamente en el paraje del Helechal; su papel era de servir de gran depósito para las fortificaciones, tanto del frente marítimo como del de tierra (aunque éste también contaba con el concurso del polvorín del Dueso ).

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Polvorín y cuerpo de guardia del Helechal. Santoña.

El proyecto de 1855 para el gran polvorín o Depósito general de la plaza respetó en todos sus puntos el efectuado en 1831 por Del Piélago: Su construcción, supuesto de un solo piso y de un cañón de bóveda a prueba, con presencia, por lo relativo a la capacidad de los empaques de cajones adoptados por la Artillería; la de la cerca y del cuerpo de guardia correspondiente, se calcula que podrá ascender a la cantidad de 372.500 reales.

Del Rivero y Fernández proyectaron al fin un sólido edificio con dos naves con bóveda de cañón a base de ladrillos; a su vez cada nave se partió en dos por medio de un pasillo transversal, resultando así cuatro departamentos independientes para contener con las suficientes garantías tanto pólvora a granel como cartuchería de fusil y proyectiles para la artillería. Los muros exteriores son muy gruesos para soportar la cubierta, y como es obligado poseen aberturas al exterior para la correcta aireación del material. La techumbre se cubría en su punto central con una gran masa de tierra.

La Real Orden que aprobaba su construcción se emitió el 22 de mayo de 1861, y la obra se remató al final en bastante menos de lo en un principio previsto, 240.500 reales de vellón. Sus características se alteraron radicalmente, ya que en su plano apreciamos que a diferencia del napoleónico tiene una planta cuadrangular, además de un solo pararrayos, y su muro perimetral (de ladrillo para absorber el posible impacto) es más elevado.

Para su custodia se construyó en su entorno inmediato un cuerpo de guardia que reproduce en una sola nave el modelo del polvorín, un sólido edificio de sillería con bóveda de cañón y tejado a dos aguas que alberga un cuarto para ala tropa y una estancia para efectos de artillería. Uno de sus costados se prolongó con una estructura de madera y mampuesto en donde sus colocaron las estancias para el oficial de mando y para el guarda almacén o persona encargada del correcto depósito y despacho de las municiones.

Obviamente ambos elementos, polvorín y cuerpo de guardia, forman un mismo conjunto homogéneo e indisoluble con una superficie total de 2400 m2. Ninguno de los edificios posee algún grado de protección legal, y en la actualidad se encuentran en estado casi en ruina como consecuencia de la incuria de las administraciones y de su uso como cuadra.

En 1881 se encargó al capitán de Ingenieros Aurelio Alcón proyecto de un almacén para cartuchería metálica que debía de ser capaz para 16 millones de unidades. De los tres emplazamientos posibles, Alcón propuso levantarlo en un terreno inmediato al Cuartel del Sur, pues el polvorín del Helechal ya se encontraba en penoso estado y la plaza de armas del Dueso era inconveniente por constituir el núcleo de la defensa terrestre.

Tendría el almacén dos alturas, estaría dotado con varios pararrayos y un cuerpo de guardia y se veía más conveniente y económico cubrirlo con una cubierta ligera, en vez de las habituales bóvedas; su coste sería de 56.680 ptas. Al fin la Junta Superior de Ingenieros optó por construirlo en otro lugar cercano al Dueso, aun teniendo presente el peligro de explosión, si bien el almacén no llegó a realizarse.

Está incluido en el PGOU de Santoña con la consideración de inmueble de Protección Singular de grado I (protección integral). Aún no se ha podido demostrar a quién pertenece realmente, aunque un particular viene utilizando desde hace varias décadas ambos edificios y afirma que son de su propiedad.

BIBLIOGRAFIA

Libro: Un presidio inconquistable: la fortificación de la Bahía de Santoña entre los siglos XVI y XIX.
Autor: Rafáel Palacio Ramos