LA PENÍNSULA DE LA MAGDALENA.

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Palacio de la Magdalena 

La península de la Magdalena recibe su nombre de una ermita de esta advocación que se encontraba cerca de su istmo de entrada, la cual, a mediados del siglo XVII, estaba en estado ruinoso, por lo que se propone su desaparición reunificándola con otras en semejante estado y dedicadas al loor de San Marcos y San Simón.

La península, donde algunas crónicas apuntaban la posibilidad de que se acogiera un inicial núcleo urbano, fue lugar de emplazamiento de las fortificaciones que defendían el acceso al puerto de Santander. En la parte más eminente, el cabo de Hano, hacia 1.860 aún pervivían las ruinas de su castillo, al igual que se mantenían otras fortificaciones próximas, como el llamado castillo de Santa Cruz de la Cerda, en el que se emplazó un pequeño faro inaugurado el 15 de Mayo de 1.870. El faro de la Cerda baliza hoy la bocana de nuestra bahía.

En 1.874, el Ministerio de Marina establece el Semáforo de Santander en el sitio del castillo de Hano. El Semáforo recibía las noticias transmitidas por los barcos mediante un código de señales y desde él se pasaban por telégrafo a la estación de Santander. Estaba también comunicado el Semáforo con el vigía de La Atalaya y, a través de ésta, con la Comandancia de Marina.

Había también otros servicios marítimos en la península a finales del pasado siglo: en ella se encontraba el mareógrafo (cuyo testigo final aún permanece en el embarcadero real), y la Sociedad de Salvamentos Marítimos, promovida por el Club de Regatas en Noviembre de 1.883 para el auxilio de naufragios.

Pero la península de la Magdalena y su Palacio no pueden separarse de la importancia adquirida por la presencia de los reyes para competir con las selectas estaciones del turismo de entonces. Muestra de ello es la escritura de otorgamiento que se efectuó ya en 1.862 de una extensa finca en el Sardinero en favor de la Reina Isabel II para lograr que esta trocara en favor de Santander sus veraneos de San Sebastián.

Cuando finaliza el siglo el Sardinero es foco de amplios intereses económicos, y el afán de atraer a la corte permanece en su pugna con la ciudad vasca donde veranea la Reina regente María Cristina, la cual ha adquirido en San Sebastián los terrenos para construir el palacio de Miramar.

La cesión por parte del Estado al Ayuntamiento de los terrenos de la península de la Magdalena se consigue el 9 de Agosto de 1.894, a la vez que el promontorio de Piquío. Pero las condiciones son poco favorables para el fin que posteriormente se decidiría dar a la península, dado que, por imperativo del Ministerio de la Guerra que mantenía como utilización fundamental de la misma de la protección de la entrada al puerto, el Ayuntamiento debía dedicar los terrenos a recreo público, sin poder enajenarlos ni levantar en ellos ningún tipo de construcción.

La escritura de cesión es de 7 de Septiembre de 1.895, año en que el Ayuntamiento ejecuta el camino de circunvalación e inicia un ajardinamiento. Pero de nuevo en el especialísimo 1.898 el “Ramo de la Guerra” se incauta de la mayor parte de la península y construye en ella algunos emplazamientos defensivos, así como unos pequeños cuarteles. Pasada la crisis, desde 1.900 el Ayuntamiento reclamará la posesión y el libre disfrute de los terrenos conforme señalará la R.O. de 20 de Agosto de 1.904 que, sin embargo, mantien las limitaciones de la ley de 1.894.

Al iniciarse 1.908 un acuerdo municipal decide donar a Alfonso XIII la península de la Magdalena con objeto de que sirva de residencia de verano, ofrecimiento que es aceptado por el rey el 23 de Abril de aquel mismo año. Las fuerzas económicas de la ciudad promueven festejos populares y agasajos para el alcalde D. Luis Martínez. Los diputados Acha y Redonet, con el favor de Maura, habían presentado en el Congreso una proposición pidiendo que se autorizara al Ayuntamiento para enajenar estos terrenos. “Cuando la proposición sea autorizada por las Cortes –decía un diario local- se tratará enseguida de levantar los planos para el palacio, sobre cuyo extremo los representantes de la ciudad ya han conferenciado con el duque de Sotomayor, el cual, buen conocedor de los gustos de D. Alfonso, aconseja que se levante un palacio al estilo inglés”. La ley autorizadora se promulga el 3 de Agosto de 1.908. El Ministerio de Gobernación consiente la donación al Rey considerando “el aumento de población flotante que siempre supone la estancia de la Corte en una localidad, lo cual se traduce en una mayor riqueza para el comercio”. En aquel mismo 1.908 se aprueba el proyecto presentado para la construcción del palacio por los arquitectos Riancho y Bringas.

El contencioso con el Ministerio de la guerra no concluye hasta el 6 de Mayo de 1.912, fecha del acta definitiva de entrega “de todo cuanto existe en la citada península”, lo que supone finalmente la desaparición de fortificaciones y otras instalaciones militares como los pequeños cuarteles, que serán derribados dos años después.

En Agosto de 1.913 ondeó por primera vez la bandera en la torre del homenaje de un palacio que, aunque acomodado a un estilo al gusto de una reina inglesa, recibe a su vez influencias de la arquitectura francesa. El palacio tiene dos entradas principales, una en su gran fachada sur de alzado asimétrico con dos torreones octogonales distintos que se destacan del resto de los cuerpos, y otra situada al norte, construida como pórtico de carruajes, que es la que normalmente se utiliza en la actualidad.

Cuando se completa el palacio con el conjunto de las caballerizas, Rodríguez Llera señala que Riancho sigue en ellas la composición de la que fue residencia de soltera de la entonces princesa en la “Osborne House” de la Isla de Wight.

El palacio será alojamiento estival de Alfonso XIII hasta su último verano como monarca: el de 1.930. A partir de ese año será necesario reconvertir su utilización, y para ello se aprovechan algunas tímidas experiencias, precedentes, haciendo que la aristocracia cortesana sea reemplazada por una élite cultural que mantenga un “touch of class” para el turismo santanderino.

Bibliografía

Vicente García Gil “Santander en 1.900”.

LA GUERRA DE CUBA POR LA PRENSA DE CANTABRIA.

Tropas embarcando en el puerto de Santander a bordo del buque León . 1896
Tropas del 6º Batallón Penínsular embarcando en el Vapor “León XIII”. 1895

La prensa de Cantabria, como toda la prensa española, fue muy sensible ante el desarrollo de los conflictos coloniales promovidos en Filipinas, Cuba y Puerto Rico. También en nuestro modesto semanario EL EBRO dirigido por D. Demetrio Duque y Merino, que inició su publicación en 1884, años antes de que el problema colonial alcanzara su infausto desenlace, se observa ya esa exaltación patriótica como consecuencia de la, hasta entonces inédita, presunción de infortunio a nivel nacional y que ha dado lugar a detenidos análisis de cronistas y críticos contemporáneos:
“Es curioso observar, dice un comentarista, cómo la pérdida del continente americano, en tiempos de Fernando VII, apenas trascendió a la opinión española (…) en cambio la pérdida de las últimas islas provocó una de las más tremendas crisis de conciencia interior de nuestra historia. La derrota fue como una violenta pedrada en el tranquilo remanso de la restauración.”

Aparte de otras circunstancias, también adversas, este hecho decisivo fue una de las causas de la tan traída y llevada idea de la decadencia.

Volviendo a nuestro periódico EL EBRO, en un mismo número, de fecha 30 de Agosto de 1885, se publican diversos artículos sobre el mismo tema: la preocupación de una presunta guerra , que encierra latente un radical patriotismo: El editorial, bajo el título “Todo por la Patria”, censura fuertemente “el acto vandálico llevado a cabo por los rapaces tudescos que hicieron presa alevosa en las islas de nuestro archipiélago carolino” y lo hace reconociendo “nuestra pequeñez (la del periódico) y escaso valimiento dentro del periodismo español”.

Don Ángel de los Ríos se despacha muy a su gusto, en un artículo titulado “sobre las Carolinas”, fechado en la feria del Mercadillo.

El colaborador reinosano, Antonino Blanco, firma un poema bajo el epígrafe “¡Viva España!”, que comienza con la siguiente estrofa: ¡Con intenciones villanas, viendo a España, casi en ruinas, las águilas alemanas robaron Las Carolinas que son colonias hispanas!

En una sección habitual del periódico, “Noticias provinciales y locales”, leemos: “Hace cuatro o cinco días que se halla en la cárcel de Santander, a disposición del Gobernador militar, el cabecilla cubano Manuel Agüero.” Y otra nota, pensamos que relacionada con el tema: “El lunes salió precipitadamente para Madrid, llamado telegráficamente por el Gobierno, el General de Marina, Don Juan Bautista de Antequera, que se hallaba veraneando en esta Villa.”

Abundando en el ambiente de la villa, y, a través del número siguiente, nos informamos del éxito obtenido por la representación en el teatro local de una loa titulada ¡Viva España!, obra de Julio Más, actor de la compañía que acababa de representar una comedia que, por otra parte, no mereció comentario alguno.
También se publica un soneto: “La Bandera Española”, que termina:”Cuando con vil traición o torpe dolo pisarla intente audaz el extranjero, teñida la veréis de un color solo.” Su autor, un colaborador asiduo, Manuel del Palacio.

Distintas notas publicadas en EL EBRO, en los próximos años nos dan cuenta de la relativa calma en la isla de Cuba, pese haber estallado, ya en 1885, el célebre grito de Baire, cuando los débiles intentos de insurrección tomaron fuerza por contar ya con dirigentes de cierto prestigio: el General Máximo Gómez, el cabecilla popular Maceo y el poeta Martí.

En 1886 se celebra una fiesta en el Teatro Tacón de La Habana a beneficio de la Sociedad Montañesa de Beneficencia, en la que intervinieron danzantes montañeses, costumbristas pasiegos y una sociedad coral y ya en noviembre de este año se anuncia que se harán envíos de castañas para la isla de Cuba, con destino al consumo durante las fiestas navideñas, en cuya época tienen gran aceptación.

Todavía en Noviembre de 1889, se ofrecen en el vapor Alfonso XII, cincuenta plazas de emigrantes con destino a la “nueva colonización” en Cuba, según nota del periódico santanderino EL ATLÁNTICO.

Pero siguiendo con la prensa de Reinosa, aunque sin olvidarnos de los periódicos santanderinos, de los que hemos extractado datos básicos sobre las incidencias de la guerra, entendemos que es primordial la información que nos ha de proporcionar otro semanario reinosano CAMPOO que se inició con el número correspondiente al 5 de Julio de 1894. Su director fue Adolfo de la Peña y como colaboradores habituales tuvo, entre otros a Ángel de los Ríos, Sánchez Díaz, Agustín Alba y otros que utilizaban seudónimos, Garín y Tiang Su. Todos ellos realizaban su labor influidos por el ambiente que se respiraba en toda España, con comentarios diversos, desde la crítica seria y exigente hasta el humor y la rechifla. Vayan unos ejemplos de intenso sentido patrio:

14-5-1895.-” La voz del separatismo ha llegado hasta lo más profundo de nuestro ser, hiriendo en lo más profundo del sentido patrio (…) El Gobierno ha dispuesto el inmediato embarque de miles de hombres (…) Pidamos a Dios que les conceda un feliz arribo a las costas de América…”

11-7-1895.- Critica Ángel de los Ríos un escrito del que no indica su procedencia, que trata de justificar la insurrección cubana. “Otro Picahistorias”, se titula el artículo, refiriéndose al autor del citado escrito, aunque no revela su nombre, parece que como signo despectivo. En el siguiente número, otro colaborador asiduo de CAMPOO, Agustín Alba, censura la situación política de la nación y sus equivocaciones en las medidas adoptadas por causa de la guerra.

15-8-1895.- Recoge un comentario del periódico francés LE MATIN, en el que muestra su admiración por la facilidad con que España ha enviado 80.000 hombres a Cuba y compara esta actuación con los esfuerzos que hubo de realizar Francia para enviar 10.000 hombres a Madagascar, siendo un problema similar.

28-11-1895.- En su editorial titulado “Tristes reflexiones”, expone la grave situación a que se había llegado “dados los innumerables gastos y los sacrificios inmensos que se estaban realizando para volver la paz a la isla (…) La situación creada por la guerra es gravísima. “

Durante este mismo periodo de 1895 se publican otras noticias como la insólita transcrita de EL IMPARCIAL, diciendo que el propio Maceo, cabecilla revolucionario, dijo durante el encuentro que tuvieron las fuerzas contrarias en Arroyo Hondo: “No importa que hayáis matado a Maceo; tenemos otro general todavía mejor”. Ángel de los Ríos hace un chusco comentario del suceso y Tiang Su, encargado de la sección Chinitas, insiste sobre el tema: “Ayer murió Maceo. Al otro día, que no ha muerto, la prensa nos decía… Total, que no sabemos de esta guerra ni de sus triunfos, la verdad que encierra.”

Y una, entre tantas noticias que llegarían a los hogares españoles, como constancia de la amarga realidad: “El 25 de Abril de 1895 se publica un comunicado del Jefe de la Guardia Civil en la isla de Cuba, por causa del fallecimiento del guardia Manuel López Moreo, natural de San Andrés de Los Carabeos, en la enfermería de Guantánamo, indicando que se instruyan expedientes para conocer los parientes más próximos”.
Con fecha 30 de Enero de 1896, Sánchez Díaz publica en la sección Momentánea, el caso de una algazara infantil que se produjo en la tranquila villa de Reinosa de hace un siglo. Desfilando en columna, atravesaron la calle Mayor gritando: ¡Viva España!, ¡Muera Maceo!

Sí, era la guerra, pero una guerra entre muchachos: los del Barrio de Las Eras, contra los de La Pelilla. La batalla tuvo lugar en el campo de Las Fuentes, a pedrada limpia. Aunque nunca tuve ocasión de presenciarlas, aún continuaba la costumbre, en mis tiempos de muchacho imberbe; entonces el bando de La Pelilla eran los de Mallorca y el campo de batalla era el Polvorín, que le iba mejor por la hechura, pero, sobre todo, por el nombre un tanto guerrero. En el desfile que narra Sánchez Díaz, solamente intervenía uno de los ejércitos: el vencedor, con el grito y consigna de ¡Viva el valor!, ¡Viva España!, ¡Viva el Barrio de la Pelilla!

Pero la noticia más importante para la Villa fue publicada el 27 de Febrero de 1896, con el título: Un héroe reinosano. Se trataba de Don Darío Diez Vicario, que, después de graduarse en Bachiller y Peritaje Mercantil cursó los estudios de Táctica Militar y Artes de Guerra en la Academia de Toledo. Ya con el grado de Comandante, fue voluntariamente a la guerra de Cuba. El hecho heroico al que hace mención nuestro periódico, tuvo lugar en las cercanías de Nueva Paz; nuestro paisano actuaba frente a un ataque enemigo como jefe de vanguardia y tuvo el mérito y fortuna de rechazar la embestida sin sufrir un rasguño, pese a introducirse entre los atacantes y sus soldados, batiéndose armado de un machete, según información del periódico LA REGIÓN de Matanzas y la prensa de Madrid, que comenta CAMPOO.

En el mismo número, como contraste, se comenta la actividad de Don Pepe en la campaña de Cuba. Entre las operaciones de tal señor está la de subvencionar periódicos separatistas, ganar dinero a base de contratas sobre armamento, dejar entrar y salir a cabecillas insurrectos, pues el tal Don Pepe parece ser que era militar, aunque nadie respire sobre el tema de su identidad y nos quedemos con las ganas de saber si fue identificado y recibió el pago a que se hizo acreedor por sus patrióticos servicios.

El Ayuntamiento de Reinosa tomo el acuerdo de regalar a Diez Vicario la medalla militar que le fue concedida por sus recientes servicios en Cuba, según informa nuestro semanario. En este mismo número de fecha 19-3-1896, se da noticia del fallecimiento del soldado, Lucas Caballero Valverde, natural de Reinosa, en acción de guerra, interesándose por el paradero de sus padres o parientes más próximos. También se informa de las rogativas celebradas en la iglesia de San Francisco, en favor de los ejércitos españoles, y se publica una poesía titulada Suspiros, que se hace eco del penoso estado de ansiedad de muchas familias españolas; transcribimos la siguiente estrofa:

Un tributo a la Patria pagas con gloria yendo a la guerra en busca de la victoria. Bien que lo hagas. Y el llanto de tu madre ¿con qué lo pagas? Su autor es Adolfo T. Fuente, uno de los muchos colaboradores ocasionales.

Embarque de tropas en Santander hacia Cuba. 1896
Tropas del 6º Batallón Penínsular embarcando en el Vapor “León XIII”. 1895.

Continúan las protestas, latentes en la población que no está de acuerdo con muchas de las situaciones; así en un suelto titulado ¡Basta ya!, se comenta que es hora de abolir la ley de castas, alegando que nadie debe librarse de ir a la guerra por pagar 2000 pesetas.

Continúa la brillante actuación en campaña del comandante Diez Vicario y se formulan propuestas para concederle nuevas distinciones, obteniendo otra Cruz Roja y la Cruz de María Cristina. Volvió a la península con el grado de coronel y con motivo de su ascenso a General, unos años más tarde, en Abril de 1909, el Ayuntamiento de Reinosa tomó el acuerdo de dar su nombre a la plaza conocida con el nombre de El Espolón, en la que había nacido el día 16 de Junio de 1858. Murió durante una acción bélica en la guerra de África.

Siguen publicándose duras críticas, aunque revestidas de humor y en verso, como en el caso que transcribimos firmada por otro espontáneo colaborador, Gerardo Fernández, que titula “Carta o esquela de un reservista a su mujer”, donde se advierte cierta premonición:

Regreso de operaciones y estoy de salud muy bien, tabaco, ni un susini dinero, no hay para qué. Catorce días en marcha, persiguiendo a no sé quién, tengo los hombros tullidos y reventados los pies. Máximo murió tres veces es como el fénix aquel que resucita del polvo. Ahora está en Camagüey rodeado de Amazonas en continuada soirée. Esta guerra no concluye el año noventa y seis, ni en todo el siglo, yo creo, y se asegura con fe están preparando el horno para arreglar un pastel; comerán la mejor parte, como siempre, los yanquées…

Aunque en desuso, según la Real Academia, el remoquete filibustero designaba a aquellos “que trabajaban por la emancipación de las que fueron provincias ultramarinas de España”. A esta gente muy denostada a todos los niveles, se refiere Tiang Su en su sección Chinitas del semanario CAMPOO.

Los filibusteros que agobian a España ni cruzan los campos ni empeñan batallas, ni conocen Cuba más que por el mapa. Mientras los soldados en Cuba pelean por dejar de España la bandera. Los filibusteros por Madrid pasean plagados de honores, cruces y encomiendas.

Cortejo fúnebre por los héroes de la guerra A juzgar por los comentarios de la prensa, la guerra continua de manera sorda, sin que se produzcan novedades importantes. En julio de 1897 CAMPOO destaca el hecho de que se han activado las operaciones en la zona oriental, con objeto de establecer campos de cultivo, produciéndose encuentros en las provincias de Matanzas, Habana y Pinar del Río. Se hacen alusiones a la posibilidad de una guerra con Estados Unidos y el temor comienza a hacerse público “no es la primera isla que perdemos ni la última que perderemos”.

Hay noticias de soldados de la comarca que se encuentran en distintos frentes; por ejemplo, un oficial reinosano, Vicente González, escribe desde Cavite, comentando que se están haciendo esfuerzos para pacificar el archipiélago filipino.

Llegan a Reinosa, Manuel García Quevedo, “de esta villa” y Urbano García Vallejo, de Ruerrero, por encontrarse enfermos y parece que existen quejas generalizadas del escaso cuidado que reciben en los barcos que les transportan. Se dan casos de disentería y anemia por lo inadecuado de la comida; algunos dicen que solamente comían bacalao. Sánchez Díaz pone en boca de un soldado anónimo:
“Yo soy un pobre soldado que viene de la campaña, un amor que me espere, sin una sola esperanza.” En primera página de un número de CAMPOO, aparece el siguiente anuncio: LA CUBA – Mercado 13, Reinosa.- “Paquetes de papel para retretes, conteniendo cada uno tantas hojas como individuos componentes de las cámaras norteamericanas. Cada una lleva impreso el retrato de uno de los referidos individuos. Se avisará del primer día de venta y el precio.”

Este anuncio se produce como consecuencia del dictamen de las cámaras norteamericanas, diciendo que el pueblo de Cuba es y debe ser libre y que los Estados Unidos deben exigir al Gobierno Español que renuncie a su autoridad en Cuba. En Febrero de 1898, se rinde homenaje a un campurriano, Don Hipólito Rodríguez Mollinedo, por su trayectoria y actuación en la campaña de Cuba: en 1876 era cabo 1º; en 1888 pasó al cuerpo de orden público y en 1895, recrudecida la guerra, pasó al mando del destacamento Jesús del Monte.

Otro campurriano, Joaquín Martínez, natural de Barrio, fue propuesto para la Cruz de San Fernando, habiendo sido herido varias veces; mandaba una unidad en Maltiempo, sufriendo un fuerte acoso, por el que murieron diecisiete hombres.

En la primavera de 1898, nuestro periódico local se hace eco de los comentarios a nivel nacional, dando cuenta de la posible inminencia del enfrentamiento con los yanquis.
Veamos una serie de frases que pueden leerse en CAMPOO, sobre este tema: “Si estalla la guerra entre españoles y americanos, claro es que, a la postre, vencerá la nación más rica y más grande.”

“Es hora de que dejemos de echar margaritas a puercos, o a norteamericanos, con perdón.”

“Se organizan manifestaciones patrióticas contra los insurrectos y sus protectores yanquees.”

Se publican, asimismo, numerosos versos patrióticos, atribuyendo la presunta victoria a España y comienza a hablarse de una suscripción nacional para hacer frente a los gastos de la guerra.

El Ayuntamiento de Reinosa se reúne con carácter extraordinario para “ver la manera de coadyuvar a la obra patriótica. En la sesión, se acuerda suscribirse con un donativo de 1000 pesetas, como primera aportación; se suscribirá con más cuando la economía lo permita.”

En su sección Chinitas, dice Tiang Su: “Todo manifestante está obligado a dar una peseta para atender los gastos de la guerra. El que no satisfaga ya esos cuatro reales, que se trague los vivas y que no meta ruido.”

Se conoce perfectamente la muerte de varios campurrianos en acción de guerra, nuestro semanario hace públicos numerosos casos. Mencionemos algunos que hemos detectado: Ángel Pérez Sola, de Reinosa, Lucas Fernández Saiz, de Villar y Pedro Martínez Ortega de Los Carabeos.

Según datos de la prensa provincial, así fueron sucediendo los acontecimientos más importantes:

El 17 de Febrero de 1898, toda la prensa santanderina comenta la voladura del crucero Maine y EL CANTÁBRICO comenta la noticia con un verso de Espronceda: “Es tanta mi desventura que me lo habrán de achacar…” . Se producen reacciones de indignación por el hecho de pedir los yanquis una crecida indemnización.
En 1º de Mayo se conoce en España el desastre de Cavite, en el que se perdieron los barcos de la escuadra existente en Filipinas.

El 11 de Mayo, el Gobierno de Estados Unidos acordó invadir la isla de Cuba y el 17 de Julio se produjo oficialmente la rendición de Santiago. Con fecha 14 de dicho mes, la crónica madrileña, que venía publicando CAMPOO, decía: “Lo ocurrido es tristísimo y de una magnitud terrible. No vale la pena hacerse ilusiones, estamos perdidos.”. En Chinitas se comentaba ” Ya terminó nuestro poderío naval y nuestro relativo poderío.”
El 26 de Julio se publicaba el último número de CAMPOO. Cansancio, desánimo, depresión … nadie podría afirmarlo, mas, según parece, se produjo un desencanto generalizado y se dieron casos muy significativos, como el abandono de empresas más o menos ligadas comercialmente con Ultramar y en otras actividades de variada índole, que creyeron perder un importante sector en sus posibilidades.

El fin de hostilidades fue acordado por ambos gobiernos a mediados de Agosto. Ya en el otoño se producen las primeras negociaciones que concluyeron con el Tratado de París con efecto desde el 10 de Diciembre de 1898, según el cual se perdieron las últimas colonias: Filipinas, Cuba y Puerto Rico.

LA CRÓNICA DE SANTANDER, con fecha 27 de Diciembre de 1898, describe la llegada a Santander de los restos de los héroes de la última epopeya española: Santolcides, Vara del Rey y Eloy González (el héroe de Cascorro)”. Llegaron en el barco “San Ignacio de Loyola”, para ser trasladados en ferrocarril a los destinos previstos. Se formó una comitiva, presidida por las autoridades y escoltada por un destacamento de caballería de la Guardia Civil.

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La Cruz Roja y heridos en Cuba llegan a Santander. 1898

Fue un año aciago a nivel nacional, aunque no todo lo malo fue consecuencia del acontecimiento que sorprendió y hasta acomplejó a muchos españoles, por ejemplo, en la comarca campurriana ocurrieron algunos hechos de alguna mala fortuna, como la desaparición del semanario que ostentaba su nombre; el fallecimiento del genial pintor de Matamorosa, Casimiro Sainz, en la clínica del doctor Esquerdo, de Madrid; el violento incendio que destruyó, con todas sus existencias del kiosko que la primera fábrica quesera de España, tenía en su Estación del Norte; la chispa eléctrica “que penetró por la parte media de la pirámide que remata la torre de la iglesia y, después de abrir un boquete en la fachada Sur, recorrió la caja de la torre y partió por la mitad una de las pesas del reloj. También en este año, se difundía la leyenda del Pozo Pozmeo, según la cual, un carro con sus vacas y el paisano que las conducía, que se durmió sobre la carga de sacos, sin apercibirse de que la pareja dejó el camino real, entraron en el pozo para beber y desapareció toda la comitiva “en el fango, para siempre, de manera rápida e inevitable”.

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La Cruz Roja y heridos en Cuba llegan a Santander. 1898

Lo que sí dejó la desgraciada campaña, fue un ambiente de inquietud amañado, en algunos ambientes con emotivas evocaciones de quienes lo vivieron que, a nivel popular, contaban historias, reales o inventadas, como algunos que conocimos, los ya mayores, y que hacían sus tertulias alrededor de los bancos de la plaza de España o de la Iglesia, de algunos como Farragús, aún recuerdo, aunque no sé si actuaba de oyente o narrador. Pero conservamos el testimonio escrito que nos dejó nuestro paisano Luis Mazorra, en “Narraciones de Antaño”, contando “Las Hazañas de Tobías”. EL tal Tobías aseguraba que había estado años y años en Santiago, en Cienfuegos y en Caibarién, además de haber recorrido toda la península, y si le hubieran dejado seguir habría dado vuelta al mapa de España y al Universal, según comentarios del autor, que nos cuenta cómo en una tertulia, uno de los asistentes, le interrumpió para decirle:”… según las cuentas que he ido llevando aquí, tienes ya la friolera de ciento diecisiete años. No los representas…”

Llegada de heridos de Cuba a Santander. 1896
Llegada de heridos en Cuba a Santander. 1898

Y sigue el Tobías refiriéndose concretamente a sus andanzas por Cuba: “¡No hay cuidado, en La Habana no entran! -decía solemnemente Tobías.

-¡Qué cañones! Recuerdo que el difunto Fulano y yo íbamos algunas tardes por las cercanías del castillo de La Cabaña y a la sombra de un cañón de aquellos, andábamos una o dos horas”.

Como prueba de resignación e incluso de conformidad, ante las adversidades que habitualmente nos amenazan, y, ante una posibilidad de desquite, por mínima que sea, nos ha quedado la frase, con rango de refrán: “No todo se perdió en la guerra de Cuba”. Esta fue la oportuna reacción de un periodista, ante el anuncio que se publicó en el Boletín de Comercio de Santander, ya en 1899, con el siguiente texto: “Se ofrece un ama de cría de 23 años, con leche fresca, que desea criar en su casa”.

BIBLIOGRAFIA

Ramón Rodríguez Cantón, “Cuadernos de Campo”.

PECIO SKOTTLAND, HUNDIDO A DOS MILLAS DE CABO MAYOR EN 1938.

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El cargero Scotland (Skottland)

Pequeño cargero Scotland (Skottland) se hundió por vía de agua en 1938… Se encuentra próximo al otro barco hundio “Río Miera”, en un fondo de arena a 48 metros.

El día primero de año de 1938 se hundía a dos millas de Cabo Mayor el único buque que, batiendo pabellón extranjero, vino a caer durante los años trágicos de nuestra guerra civil en aguas santanderinas. Su enterramiento exacto está a unas brazas del de su hermano gemelo, el montañés «Río Miera», que terminaría por hundirse en el mismísimo paraje el 6 de diciembre de 1951.

Extraña predestinación la de estos dos buques, nacidos ambos en una misma época en astilleros neerlandeses, con una similitud absoluta de silueta y proporciones, que acaban al cabo de treinta años por reunirse en la misma fosa, a lo mejor casco con casco, en quince brazas de agua entre el Cabezo de Tierra y La Vaca, a la vista del faro. Los dos se hundieron de noche, bajo el pantallazo blanco de la luz costera, con el garabato de sus tres palos perforando la mar y la sombra de una despedida sin
vuelta.

El protagonista fue un barco noruego, «Skottland» de nombre y Haugesund de matrícula, que nació el año 1919 con el número 408 sobre las gradas de Geb. jönker en Kinderdijk. Era un carbonero de máquina a popa, pozo en la bodega de proa, un pequeño puente solo sobre el saltillo y tres palos; registró en principio 694 y más tarde 736 toneladas de arqueo y cargaba un peso muerto de 950 toneladas métricas. Su eslora tenía 181,7 pies, su manga 28,5 y el puntal 12,2 el castillo media 21 pies, el puente 12 y la toldilla larga de popa 106. Llevaba una máquina de vapor Bolnes —idéntica también a la del “Río Miera” – de 83 NHP. y triple expansión. Empezó a prestar servicio en la más importante naviera belga, el Lloyd Royal Beige, con el nombre de «Elvier» en compañía de un gemelo llamado «Hastier» y eran ambos los dos menores de su flota, en realidad unos pequeños carboneros que correteaban El Canal y los puertos del Mar del Norte.

En 1930 se vende al armador inglés. H. Cubbet, de Goole, y con bandera británica pasa a constituir la única unidad de la lona Shipping Co., de Newcastle. En 1934 se matricula en North Shields y pasa a propiedad de la Cullercoat Shipping Co., y finalmente en 1935 abandona el pabellón inglés —el red duster- y pasa a los armadores noruegos Nordbö, de Haugesund, que lo rebautizan ‘Skottland’ y lo pintan de chimenea negra con una franja roja bordeada de blanco y con una N también blanca en el centro. El «Skottland» fue uno de los primeros barcos extranjeros, aparte de los alemanes, que recalaron en nuestras aguas todavía en plena guerra a finales de 1937, reciente la liberación del norte. Patrullaban el «Alava» y el «Galerna» y la flotilla de bous del Cantábrico ante la amenaza en potencia de los flecos rojos de las fuerzas navales republicanas del norte refugiados en Francia. Teruel, el cénit trágico de nuestra contienda con horror de nieves y amigos perdidos para siempre en la pesadilla espeluznante de la Muela y el Seminario, ponía una nota de angustia y decisión en aquellas Navidades con el presentimiento en nuestras entrañas del triunfo a ultranza. El control de la No Intervención, ponía escrúpulos y parcialidades; la guerra mundial se acercaba por segunda vez y con ella el destronamiento del admirable caciqueo de la Royal Navy en aguas propias, libres y ajenas.

Por eso el Skottlando, en plenas Navidades de hielo y de fuego, apareció una mañana inverso en la tersura del azogue plano de la bahía dando al aire el gallardetón blanco con los dos discos negros del Control, señal y pasavante del mangoneo intolerable que se pretendía imponer sobre la sangre y la furia de España en armas. A bordo del carguerín noruego viajaba un oficial de su Graciosa Majestad encargado de la fe pública internacional…

De Santander, con práctico a bordo y en lastre, el Skottland levó anclas y se fue a Requejada para cargar en Hinojedo sus buenas 850 toneladas de pirita de hierro, y el día de Nochevieja, con las últimas luces de la tarde, largaba amarras y ría abajo buscaba la mar con destino al puerto francés de Tonnay-Charente.

Cuando curzaba la barra de Suances, por causa de la fuerte marejada reinante y del correntín de la desembocadura de la Traviesa de Adentro, el “Skottland” se desvió de la enfilación tocando en unas piedras del margen del canal, que le produjeron una importante vía de agua en el pantoque. Como los medios de reparación en aquel lugar eran prácticamente inexistentes, el capitán, por consejo del práctico, decidió dar toda máquina para llegar a Santander – 15 millas de distancia- , a fin de descargar y entrar en uno de los dos diques secos de la capital. El “Skottland” echaba por la chimenea los redaños de todos los caballos de su alternativa en una regata contra reloj a vida o muerte para mantener la invasión del agua en su casco.

Y llegó hasta Cabo Mayor; no pudo seguir más adelante porque el agua penetró en la sala de calderas y llegó a las bocas de los hornos. Entonces el “Skottland” pitó hasta desgañitarse, lanzó bengalas y, viendo que nadie llegaba en su auxilio, fue abandonado por sus 14 tripulantes que pasaron a los botes salvavidas.

La luz del primer día del año 1938 ya no llegó a tiempo para el pequeño “Skottland”; su gente la recibió, anonadada, desde la seguridad tranquila de nuestra ciudad en pie de guerra.

Bibliografía:

GONZALEZ ECHEGARAY, RAFAEL (1976) – Naufragios en la costa de Cantabria. Santander: Ediciones estudio. ISBN 84-241-9954-5

PECIO RIO MIERA, HUNDIDO AL NE DE CABO MAYOR EN 1951.

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Carguero a vapor Río Miera.

Carguero construido en los Astilleros T. van Duijvendijk, de Lekkerkerk (Holanda),
en 1920 , para N.V. Maatschappij S.S. Frans Borremans (Róterdam).

El barco más representativo de la matrícula durante muchos años, desaparecidos prácticamente los armamentos de grandes vapores, fue el «Río Miera», un carguerillo del tipo carbonero inglés, con máquina a popa y tres palos, por cuyo puente ha pasado una generación entera de náuticos santanderinos y de marineros montañeses. Hasta su nombre, el del río medio pasiego que desemboca en la bahía y trae en vilo el calado del canal con sus aterramientos, es como un símbolo de la salsa marítima de nuestra ciudad durante veinte años. Fue a morir en la boca del puerto.hundido por abordaje a 1,5´ al NE de Cabo Mayor en 1951. El pecio se encuentra sobre un fondo de arena entre los 42 y 46 metros de profundidad.

A pesar de su facha británica arrancada a cualquier foto sombría de dock inglés con cargaderos y patent-fuel, el «Miera» era holandés de nacimiento. Se había construido en 1920 en Lekkerkerk por Van Duijvendijk con el número 18 de grada; tenía 744 toneladas de registro y 1.017 de peso muerto, 54,8 metros de eslora, 8,78 de manga y 3, 73 de puntal. Era de vapor con máquina de triple expansión Bolnes de 600 HP . y dos calderas cilíndricas que le permitían desarrollar 11 nudos, que al fin de sus días se quedaron en 9.

La estampa del «Río Miera» era característica, inolvidable. Su proa recta terminaba sobre el castillo de 24 pies, al final del cual arbolaba el palo trinquete. Luego venía el pozo -el clásico pozo de los well-deck- para la escotilla de la bodega número 1. Al terminar el pozo empezaba el saltillo que se extendía hasta popa; por su frente se levantaba el puente de navegación, minúsculo, de 11 pies, y, adosado a su cara de popa, venía el palo mayor con puntal para dar avío a la bodega número 2, cuya escotilla se abría sobre cubierta y se extendía hasta la toldilla. A popa estaba el guarda calor con la chimenea y el palo mesana, seco e inútil, pura decoración, arbolado por delante de la chimenea.

El «Miera» tenía un silbo inconfundible que pitaba con vigor abrazando de algodón presuroso la generatriz curva de su airosa chimenea, un poco caída a son de arboladura. Los palos, con su jarcia firme de obenques y flechastes, se mantenían fieles a la tradición : trinquete, mayor y mesana; no servían apenas para nada, pero allí estaban, como los del benemérito y supérstite «María» de Pérez, para dar patente de buen gusto marinero, de amor a las cosas eternas de la mar y de respeto a la gracia y la sal de la arquitectura naval clásica.

Su primer nombre fue «Frans Borremans», bajo pabellón holandés, pero no duró mucho tiempo con los colores de Orange y en 1922 pasó a propiedad del armador bilbaíno Martínez Rivas (el propietario del «Desierto> hundido en Santoña), rebautizándose «Martínez Rivas»; llevaba entonces chimenea negra con los colores de la contraseña de Rivas, que era blanca bordeada de rojo con la corona de su título nobiliario en el centro.

Pero en 1929 se vendió a la Naviera Montañesa (don Fernando Pereda), que lo rebautizó «Río Miera>, emparentándolo con el «Río Besaya» y años más tarde con el «Río Nansa> ; los tres de carbón, máquina a popa y silueta muy parecida. Llevó entonces chimenea negra y pocos años después de nuestra guerra se pintó en ella la contraseña que era de ampolleta blanqui-roja con las iniciales NM en rojo sobre los triángulos blancos.
Durante algunos meses navegó a raíz de su entrega a Pereda todavía con el nombre de «Martínez RivaS>, mientras duraba el expediente de los trámites legales del cambio de propiedad.

A finales de 1930 el «Río Miera» –entonces ya realmente «Río Miera»– correteaba en plena crisis naviera la costa española. Mineral de Castro y Bilbao, carbón de Asturias, sal de Cádiz… esa era la vida modesta y laboriosa del «Miera» paseando la estampa pintoresca e inolvidable del gran capitán don Ramón Blanchard, una de las figuras más destacadas de nuestra matrícula de mar. Cuando estalló la guerra civil, el «Río Miera» quedó en poder del Gobierno de Madrid e incluso fue a Leningrado a tomar un cargamento de cebada. Allí lo echaron la garra desde Moscú y se quedó prácticamente internado desprovisto de la autorización para su despacho nuevamente a España. Gracias a los buenos oficios de don José L. Resines, mariano montañés que intervenía en la dirección del tráfico mercante, se conseguía su salida y finalmente el crucero auxiliar de la Escuadra Nacional «Ciudad de Valencia» lo capturaba en uno de sus notables cruceros al Skagerrak, al mando del Capitán de Navío Jáuregui, conduciéndolo a El Ferrol.

Después de nuestra guerra, el «Río Miera» iba y venía en su vida civil vestido con las insignias neutrales de nuestros colores sobre los finos de proa y popa. Había en nuestra flota mercante otro vapor, el «Tarragona», prácticamente idéntico de silueta, que se confundía con él a lo lejos sobre la línea batallona de la costa de Portugal, cuando nuestro héroe subía y bajaba sin descanso.

En 1947 el «Río Miera» se vendía a la factoría siderúrgica de Nueva Montaña para dedicarse al suministro carbonero de nuestros Altos Hornos. Pero todo quedó igual ; el mismo nombre, la misma facha, los mismos colores; además la contraseña de Nueva Montaña, blanqui-roja en diagonal y con las mismas iniciales que las de la Naviera Montañesa, apenas era una leve variación sobre la chimenea.

Entonces los viajes del «Miera» fueron ya mucho más cortos. En realidad era un tranvía de carga en lanzadera desde San Esteban al Cuadro, en compañía de su hermano menor el «San Emeterio». Cuando alijaba y largando amarras abandonaba la dársena, era una ‘gloria el adivinar desde el muelle la procesión de sus tres masteleros avanzando por encima de los tinglados de Maliaño; luego, en el esquinazo, aparecía la proa alija, alterosa y redonda, chafarrinada de patente roja y en seguida los tres palos enfilándose en la virada camino de boyas y por fin la chimenea a popa con su grito agudo de dos tonos que todavía me suena en los oídos muy adentro cuando cierro los ojos.

Batiendo el merengue de su estela a golpes de pala bajaba toda la ciudad, pasándola revista desdeñoso como un general a la formación en parada; y pasaba el Club Marítimo ; cuando volvía a aparecer por Puerto Chico, el «Miera», a un descuartelar, iba perdiendo perspectiva y aire y terminaba por esconderse tras la parrilla de San Martín. Así hasta dentro de tres días, semana a semana, mes a mes y año tras año; hasta que le llegó el final insospechado cuando estaba en lo mejor de su vida afanosa y dormido en la seguridad de una navegación para él ya tranquila y que se sabía a ciegas.
El 6 de diciembre de 1951 en las primeras horas de la noche, después de descargado,el «Río Miera», en lastre, largaba los traveses y sobre el spring se abría del muelle negro de Nueva Montaña, bajo el parapeto izado de los dos temperlays silenciosos, encaramados en el azul del cielo lleno de estrellas pálidas con luna creciente. Mandaba el barco el capitán don Angel Leza Galdeano, y en la proa hacía la maniobra el primer oficial don Enrique Campos. Iba de Jefe de máquinas don Luis Recio Torre, primer maquinista naval que además- caso probablemente único en España- poseía el título de Licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo.

La bahía era un plato maravilloso con cabrilleo de luna y afuera, el abra presentábase también espléndida de tranquilidad y belleza con la aurora resplandeciente del alumbrado de la ciudad sobre la costa y la siembra de plata del cielo -más negro– presidida por el guiño gigante de Sirio sobre el Puntal y Aldebarán rojo cerca ya de su cénit. A las doce y cinco estuvieron de través con Mouro ya y venticinco tenían la farola de Cabo Mayor al sur verdadero a dos millas de distancia. Entonces era el momento para poner rumbo a Peñas para dar viaje hasta San Esteban de Pravia.
El Sardinero y su luminaria oro mate quedaba empachado por el sable bajo y agudo de Cabo Menor, recortándose en sombra sobre la mar, bellísima como un estanque y silenciosa. Sobre el frente prolongado de la costa abierta al norte, algunas bolsa das de niebla se pegaban a-las peñas.

El piloto Campos, desde la bacalada de babor y al marcar por última vez el faro, observó una luz verde a la que no gobierna por considerarla en el sector de evolución contrario y en menos que se tarda en decirlo, la proa de un mercante pequeño embiste de frente en pleno costado al «Miera», a la altura del mamparo de separación de las bodegas. El «Miera», a pesar de estar en lastre, resistió valientemente la tremenda embestida del barco cargado, sin escorar apenas, pero en seguida comenzó a hundirse porque el agua se precipitaba en las dos bodegas simultáneamente como por el aliviadero de una presa.
El primer oficial baja al camarote del capitán para darle cuenta de lo sucedido, el cual, vistiéndose rápidamente, sube al puente y da orden de echar los botes al agua y de ponerse los chalecos salvavidas a toda la tripulación. Trece hombres embarcan en una ballenera que se separa del costado.

A todo esto el barco abordador se pierde de vista mientras el «Miera» se embica por segundos. N o han pasado tres minutos desde que la ballenera se ha alejado, cuando ya la inmersión del «Miera» se produce rápidamente. Quedaban a bordo el capitán, el primer oficial, el primer maquinista, segundo maquinista y contramaestre, es decir , la totalidad de la oficialidad. Campos ayuda al primer maquinista, ya de cierta edad, a ponerse el chaleco, y lo coloca sobre una escala de madera amarrado porque no sabe nadar; en estas condiciones lo empuja al agua dándole impulso para alejarse del remolino que va produciendo el «Miera» con su inmersión. En seguida se lanza al agua el segundo maquinista, a continuación Campos y finalmente, el último, el capitán Leza.

Enrique Campos, uno de los tres supervivientes del horrible naufragio del «]esús Antonio» durante la pasada guerra mundial, era un excelente nadador, deportista excepcional y de constitución fisica fuera de todo lo corriente. En medio de una oscuridad impresionante empieza a nadar hacia la costa; dos millas y media para él prácticamente no son mayor problema mientras se mantenga así el tiempo.
Entre tanto el «Mogador», que éste era el barco abordante, después de haber intentado varar sobre la costa, se percata de que las averías que tiene le permiten navegar achicando, por lo que decide regresar al punto del abordaje para recoger a los posibles supervivientes y en el trayecto rescata la lancha con los 13 hombres del «Miera» y al propio Campos, nadando a la braza a medio camino de tierra. Al llegar al punto del hundimiento, unos cien metros antes, empiezan a dar voces a las que contesta el capitán Leza y dice que se mantienen todos a flote, excepto el primer maquinista. Por fin aciertan a recogerlos con un bote del «Mogador» y al llegar a bordo explican que la última vez que vieron a don Luis Recio estaba éste exánime sobre la escala, probablemente ya muerto de congestión o de frío.
El «Miera» quedó hundido en 60 metros de agua fuera del resguardo del Cabezo de la Vaca en 43°-31′-30″ N. y 3°-47′-00″ W.

De madrugada entró el «Mogador en Santander con su proa destrozada, el branque doblado como una cartulina ya su bordo los tripulantes salvados del «Río Miera», que se fueron a sus casas a secarse ya reponerse de la pena y del susto. El perro de a bordo, el valiente «Rigel», desapareció en el siniestro y ~so que era veterano en estas lides por haberse salvado anteriormente del naufragio del «San Emeterio» en el Cuadro en 1948.

El «Mogador» era un barco de larga historia. Se construyó en Dumbarton en 1879; fue el «José Pérez» y después, con el nombre ya de «MogadoD), pasó a la Compañía Trasatlántica actuando de correíllo entre la Península y las plazas del norte de Africa. Tenía 466 toneladas de registro y 500 de peso muerto. Sirvió en la Trasatlántica desde 1880 a 1943, año en que se vendió a la navier:a malagueña C. Páez Hermanos y de este armamento pasó al de la casa Guezúraga, de Bilbao, propietaria en el momento del abordaje con el «Río Miera».

Cuando el «Mogador» era de Trasatlántica llevaba una larga camareta a popa para 18 pasajeros de primera y tenía una silueta elegante e inconfundible. Todavía consCcrvaba la matrícula de Barcelona y su aspecto de veterano correíllo con máquina al centro y dos palos caídos. Era un barco simpático cuando lo veíamos entrar en las arribadas invernales hace años y quedarse a la gira en la bahía. Pero nos hundió un barco institución de la matrícula, entrando después en la bahía chato, deforme, semihundido y con aire inocente, convicto y confeso de su crimen, como si no hubiera hecho nada grave, con aspecto sufrido de mosquita muerta, enseñando la guillotina delatora de su branque mellado.”

Bibliografía

Rafael González Echegaray, en su libro “Naufragios en la Costa de Cantabria”.

EL CASTILLO DE ARGÜESO, CASTILLO SEÑORIAL.

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Castillo señorial, construido probablemente en el siglo XIV, como una de las fortalezas importantes del Señorío de la Vega en Campoo de Suso. Anteriormente, el lugar de Argüeso, dado su emplazamiento absolutamente estratégico, fue un asentamiento altomedieval, con su iglesia dedicada a San Vicente, y posiblemente antes de la edificación en piedra existiera en ese cerro otra construcción en madera desde la que se controlaba el territorio campurriano como punto de observación y defensa de las cañadas ganaderas.

A comienzos del siglo XV el castillo pertenece a una de las más significativas titulares del Señorío de la Vega: Dª Leonor, y constituye la casa fuerte o fortaleza desde la que se recaudan los derechos del “señorío de Campo de Suso”, desde donde se defiende el patrimonio de este señorío y se controlan las comunicaciones de Cantabria con la Meseta. Su heredero, Iñigo López de Mendoza, nombrado marqués de Santillana por Juan II en 1455, convierte el castillo en uno de los centros de su Marquesado, y su sucesor será ya conocido a fines del siglo XV, además, de Marqués de Santillana, como Marqués de Argüeso o marquesado de Campoo de Suso. Este marquesado tendrá una larga existencia, pues así continuará hasta principios del siglo XIX.

Pero, ¿Qué era un marquesado? Y ¿qué implicó para Campoo, la existencia del marquesado? Para entender mejor lo que fue, lo que significó el Marquesado de Argüeso en época casi moderna, debemos conocer primero que era un “señorío” en la Edad Media. La organización de la sociedad en esa época era bastante compleja, pues la forma política más común era el reino, es decir un espacio, un territorio con unos límites precisos, regido por un monarca y su corte. Sin embargo, en cualquier reino medieval, quien de verdad ejercía el poder, el poder económico, social, militar, judicial… eran los denominados “señores”. ¿Quiénes eran esos señores? Generalmente eran vasallos del rey que por distintas circunstancias, en unos casos porque eran abades de importantes monasterios o abadías del reino, en otros porque eran destacados guerreros o caballeros, o porque eran expertos en distintas materias, habían recibido del rey, de su rey, donaciones y privilegios por graciosa donación o en recompensa por los servicios prestados: ayuda al rey, valentía en las batallas… Estos privilegios, como delegaciones del poder real, les capacitaban para ejercer determinados poderes. En unos casos esos poderes se ejercían en una zona concreta, y estos afortunados “señores” se convertían en los señores de un lugar de una villa o de un territorio, y ese lugar constituía su Señorío en otras ocasiones, los poderes de los “señores” se ejercían únicamente sobre aquellos individuos o familias que por voluntad propia, por herencia o por decisión real, aceptaban ser, a su vez, sus vasallos. El conjunto de vasallos dependientes de un señor, con independencia de donde vivieran, también constituía un Señorío, aunque en este caso, como es obvio, no se correspondiera con un espacio concreto, dado que los vasallos campesinos vivían dispersos en distintas aldeas. Este último tipo de señorío fue el más frecuente en Cantabria.

Además, según quien fuese el titular, es decir, según la condición social del señor del Señorío, existieron en la Edad Media distintos tipos de señoríos. Si el señor era un abad su señorío se denomina abadengo -y así por ejemplo los abades de Cervatos al tener distintos vasallos en la zona de Campoo ejercieron en ellos un Señorío-. Si el señor o señora era un aristócrata o un noble, se denomina solariego, y un ejemplo de este tipo es el señorío ejercido por Dª Leonor de la Vega, quien, en concreto, en 1432 tenía 11 vasallos en Argüeso y 60 en distintas aldeas de Campoo. Y, finalmente, se considera señorío de realengo cuando es el propio rey el que ejerce directamente el poder, bien en una zona concreta, en una abadía, en una aldea, o en una villa de realengo, o bien sobre campesinos distribuidos por el reino. Las aldeas de La Lomba, Celada, La Serna. Espinilla… pertenecieron en su conjunto al señorío de realengo y en cambio en Abiada el rey sólo tenía algún vasallo en 1353.

Es evidente que todos los señoríos no eran iguales ni en tamaño, en el caso de los territoriales, ni en el número de vasallos dependientes, pero sobre todo eran diferentes según los poderes que los “Señores” podían ejercer sobre sus vasallos. Y en ese sentido debo recordar que al rey, en su reino, le correspondía exigir a sus súbditos unos determinados tributos por su propia condición de señor, demandar de ellos un servicio de armas -tenían la obligación de acudir al ejército para defender el territorio- y proceder al ejercicio de la justicia; es decir el rey y sus oficiales, corregidores, merinos, alcaldes… tenían la capacidad de juzgar a sus súbditos. De tal forma que depende de lo que el rey concediera y delegara en cada uno de sus vasallos, “señores”, existieron diferentes formas de ejercer el señorío. Había señores que únicamente estaban capacitados para exigir a sus vasallos subordinados unos impuestos económicos -generalmente unas rentas en especie- ; otros, sin embargo, podían adicionalmente obligar a los campesinos a participar en sus propias milicias, y los señoríos más completos también estaban capacitados para juzgar a SUS propios vasallos. Es decir, podían ejercer todos los poderes reconocidos como propios de los monarcas.

Volviendo a nuestro marquesado, al Marquesado de Argüeso. ahora, después de esta introducción, ya se puede entender su significado durante la Edad Media: constituyó parte de un señorío de solariego de los señores de la Vega. Los orígenes de este señorío se remontan al siglo XIII, época en la que existía en Cantabria una familia, oriunda de la Vega (Torrelavega). que había conseguido consolidar un importante patrimonio en bienes y en vasallos en las Asturias de Santillana. Uno de sus miembros. ya en el siglo XIV, por su valiente comportamiento en las guerras de la reconquista. en concreto por su participación militar en la batalla de Salado, recibió del rey importantes donaciones y, sobre todo, el señorío jurisdiccional, es decir la capacidad a él y a los sucesores del señorío, de juzgar, mediante sus correspondientes oficiales, a todos los vasallos dependientes. A mediados del siglo XIV la mitad del lugar de Argüeso pertenecía a este señorío. Este linaje, una de cuyas representantes más conocida fue Dª Leonor de la Vega. que llegó a tener más de 1.300 vasallos repartidos por Liébana, Monzón, Asturias de Santillana y Campoo de Suso, continuó extendiendo el señorío -incrementando el número de vasallos o de propiedades- sobre todo por sus matrimonios, primero con Juan Téllez y después con Diego Hurtado de Mendoza, titulares ambos a su vez de otros importantes señoríos.

Y este inmenso patrimonio, -vasallos, derechos y bienes- lo heredará Iñigo López de Mendoza, quien ya he comentado que recibió el título de I Marqués de Santillana y, en consecuencia, su señorío el título de marquesado. Sus sucesores añadirán a estos títulos el de marqueses de Argüeso.

La administración del marquesado requería diversos oficiales propios y un conjunto de casas fuertes, torres o fortalezas, desde donde ejercer las distintas competencias de su poder. En primer lugar la recaudación fiscal. Por varios conceptos, los campesinos vasallos del marquesado de Argüeso tenían que pagar distintos impuestos, unos en reconocimiento de su vasallaje. como la infurción o la martiniega, pagada anualmente por San Juan o por San Martín; otros, como el nuncio, para poder trasmitir los derechos a sus sucesores y heredar, e incluso, en ocasiones, otros de carácter extraordinario. como el pedido, o las multas, penas pecuniarias por infringir la justicia civil o criminal. Estos impuestos se abonaban indistintamente en metálico o en especie: cereales o carneros.

En segundo lugar la convocatoria a armas. El marquesado necesitaba su propia milicia en una época especialmente conflictiva por la competencia señorial y las luchas dinásticas; tenía que tener sus propios guerreros y guarniciones acantonadas en las fortalezas. Y, finalmente, también en estos centros y especialmente en Argüeso, se procedía a la administración de la justicia señorial. Uno de estos centros de administración económica, judicial y defensa del señorío fue precisamente Argüeso, el castillo de Argüeso con su barbacana defensiva y su mesnada desde donde el responsable del castillo, el alcaide, nombrado por el titular del señorío, ejercía las funciones anteriormente descritas.

El alcaide, si el señorío poseía la capacidad de ejercer justicia, de juzgar y castigar, también podía ser el encargado de la misma, y el marquesado contó desde el siglo XV con esa competencia. En esa época, el castillo o torre de la Vega (Torrelavega) y la fortaleza de Argüeso eran los centros más importantes de administración y ejecución de la justicia del Marquesado. En 1533 el alcaide de la fortaleza de Argüeso era el justicia mayor y esta circunstancia presupone que allí se encontraba una de las prisiones del señorío.

Castillo de Argüeso

La estructura y morfología del castillo estaba preparada y adecuada para el desempeño de sus distintas funciones. Como lugar de vivienda del alcaide, de sus caballeros y sus familias generalmente en las torres. En el patio, el hogar aislado para evitar los habituales incendios. los almacenes de provisiones, graneros y bodegas, talleres, cuadras con los caballos y el ganado menudo y chozas para los sirvientes. Dentro de sus muros el lugar de culto: la ermita de San Vicente donde se asistía a la misa y se cantaban los salmos.

También como imponente fortaleza, definida por el propio asentamiento y por su muralla, para que se pudiera resistir mejor los ataques o los asedios, con sus torres y terrazas donde los vigías se relevaban para dominar la comarca y poder preparar y proceder a su defensa. De manera que ante cualquier agresor, los habitantes del castillo, los caballeros, un grupo de jinetes guerreros profesionales, ayudados por los campesinos vasallos de la zona que tenían que servir obligatoriamente en la guarnición. eran los responsables de llevara cabo campañas militares o de defender el castillo.

El castillo albergaba asimismo una sala donde el alcaide o justicia procedía a juzgar a los vasallos que cometían cualquier delito. -desde un robo hasta al que sorprendían cogiendo leña en el bosque del señor o llevando su rebaño al prado de otro, etc.- pa­ra garantizar así la seguridad del señorío. Y. en consecuencia, tam­bién el castillo contaba con un lugar sórdido donde encerrar a los prisioneros y otro en el que ejercer la justicia; el poyo o la forca donde se procedía a colgar a los culpables de delitos graves.

Todo ello en un espacio vivo y bullicioso, donde convivía mucha gente, abuelos, hijos, y nietos y familiares, lúdico, a pesar de que los juegos infantiles son mal conocidos. Los varones adultos se entretenían con los dados, con la pelota, cabalgando por los campos, cazando, -una de sus diversiones favoritas cuando no estaban guerreando-, cobrando los impuestos por las aldeas donde tenían los vasallos, o recorriendo el no más próximo y por supuesto, cantando, recitando y bailando. Las mujeres más dedicadas al Cuidado de la prole o al trabajo de la lana o el lino, hilando y confeccionando las rudimentarias ropas de la casa. Espacio engalanado cuando recibía la visita de nobles, abades o amigos, mercaderes o de grupos de juglares y trovadores, acróbatas, bailarines o músicos. Surcado por amores y desamores, por renuncias y nostalgias, por momentos de felicidad y de desgarramiento, sinsabores como en cualquier lugar del mundo y en cualquier época del pasado y del presente.

BIBLIOGRAFÍA

DUBY, G. El siglo de los caballeros, Madrid, 1995.

PÉREZ BUSTAMANTE, R. CALDERÓN ORTEGA, J.M. SAN MIGUEL PÉREZ, E. El Castillo y Marquesado de Argüeso. Historia y documentos. Santander, 1988

PÉREZ BUSTAMANTE, R. Sociedad, Economía, Fiscalidad y Gobierno en las Asturias de Santillana (S.XIII-XV) Santander,1979

GARCÍA DE CORTÁZAR, J.A. La vida en una aldea medieval. Santander, 1996.

MUÑOZ JIMENEZ, J.M. Torres y castillos en la Cantabria medieval, Santander,1993

Carmen Díez Herrera. Cuadernos de Campo, 1997.

 

 

PEÑACASTILLO, EL PRIMER EMPLAZAMIENTO DE SANTANDER.

Peñacastillo, vieja peña a la que han ido las canteras comiendo poco a poco, arrancándole sus entrañas de piedra, y no dando importancia a la historia que encierra, la más antigua de la ciudad.

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Iglesia de San Lorenzo en Peñacastillo y camino en la ladera Sur de la Peña.

En el año 1025, se cita esta peña con un nombre muy expresivo: «Peña del Miradorio», y comenzamos a conocer su historia, misteriosa, olvidada, y hasta despreciada por nuestras gentes que por desgracia tenemos ese mal hábito. La verdad es que cuando llegamos de Torrelavega, a Santander por la vieja carretera, y nos encontramos con el perfil sorprendente de la mole verdinegra, cotero a cuya proa se destaca la iglesia del pueblo, llamada de San Lorenzo y acogedora de la Virgen de Loreto, según nos vamos acercando va la iglesia creciendo mientras se humilla y empequeñece el monte, con el efecto óptico de la proporción.

Parece que antiguamente «cuando Santander no era poblada» según Lope García de Salazar, los Escalante, tenían ya allí su vivienda, y cuenta que llegó a la peña de Castillo un obispo de Granada huyendo como otros muchos paisanos de la persecución sarracena y traía un gran tesoro que se enterró en una cueva para evitar posibles robos. Un esclavo le ayudó a soterrar aquel oro y al poco tiempo el obispo expiró. Un descendiente del esclavo, pasados los años y las generaciones, estando en la puerta de Triana se encontró con un hombre procedente de Santander, «e dixole, cristiano, si me quisieses sacar cautivo porque me vaya a Granada, yo te mostraré como falles oro y plata quanto quieras». El montañés pagó el rescate del siervo, y regresó a Peñacastillo «con señales ciertas, e halló aquel tesoro sepultado entre dos piedras».

Nos hemos remontado por lo menos al siglo XIV, pero no es esta la única vez que se cita la famosa cueva del tesoro que en ya un siglo después se llamaba ‘Cueva de San Andrés’. Nos cuenta el académico Enrique de Leguina, que el expediente se encuentra en el Archivo del Museo Británico y que el mismo lo consultó personalmente. Nos explica «que la caverna está en el centro del monte o cerro, y que la fuerte sombra indica a lo lejos la existencia de una cavidad profunda». Parece que un italiano llamado Marco Antonio comenzó a ser visitante asiduo de la cueva, midiendo, dibujando y calculando, y que los vecinos comenzaron a sospechar que era algo así como un espía por lo que fue detenido y llevado a la cárcel de San Sebastián desde la que envió un Memorial al Rey que lo era en aquel entonces Felipe II explicando que había acudido a Santander «para reconocer la cueva de Peñacastillo, que estaba encantada y atesoraba grandes riquezas». Pidió al rey protección y la consiguió y tras muchas aventuras el italiano salió por pies, dejando a todos con la boca abierta y por supuesto sin el ‘tesoro’.

A principios del siglo XVII los barrios o zonas que formaban la localidad eran Adarzo, Camino Real (luego Camarreal), Lluja, Ojáiz y San Martín. A partir de 1845 fueron creciendo otros núcleos, como La Reyerta (en San Martín) o Campogiro. Con el comienzo de los rellenos de la marisma situada al Sur de Peñacastillo en 1898, se comienza a llamar a la zona resultante Nueva Montaña; con la instalación de los altos hornos se construyen viviendas para los empleados, apareciendo las colonias de Bartolomé Darnís, El Carmen y Santiago Mayor. La toponimia responde al bastión tardocristiano que hasta el siglo XVI se erigió en el promontorio que dio lugar a la localidad. Hasta ese momento, el lugar pasó de ser el castillo de la peña a la Peña del Castillo, tal y como recoge un códice de la biblioteca catedralicia de Santander escrito por Santiago Diego. La fortaleza fue desocupada al incorporarse el pueblo a jurisdicción santanderina. A partir de entonces, la sillería fue desapareciendo para formar parte de viviendas cercanas. Ya en el siglo XX, los escasos vestigios desaparecieron al servir la ladera meridional como cantera local.

Durante el siglo XVI y XVII, las familias más destacadas de Santander, tenían en Peñacastillo sus casas de verano, como los Pámanes, los Herrera Escalante, los Azoños , (raza de armadores y marinos), y allí existió la antigua ermita de ‘Nuestra Señora de Loreto’, recogida hoy en día en la iglesia parroquial, desde donde protege el vuelo de los aviones que pasan sobre la peña surcando los cielos en un ¿Hola! o ¿Adiós! a la ciudad de Santander.

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Detalle de roca caliza en lo alto de Peñacastillo. Testigo de cuando los mares eran tropicales hace cien millones de años.

Las investigaciones del periodista e investigador Jorge María Ribero-Meneses San José que realizó durante cerca de veinte años demuestran que el primer emplazamiento de la ciudad de Santander, anterior incluso al que en una época también remota existiera en la cumbre de Peña Cabarga, fue la peña a la que popularmente se conoce como Peñacastillo, habiendo tenido su raíz en aquella antiquísima ciudadela todos los más antiguos linajes santanderinos y siendo la toponimia de la ciudad una proyección a gran escala de la que originariamente designase a la mencionada peña y a su entorno inmediato.

La identificación de la Peña Castillo como primer asentamiento de Santander -en el que, dada su antigüedad y cuantos datos se conocen sobre él, cabe presumir la existencia de vestigios arqueológicos de primer orden-, sólo puede sumirnos en el desconsuelo y en la indignación, al haberse permitido desde hace décadas la virtual destrucción de dicho monte…, en aras de una cantera. Y ello -como sucede ahora con la vecina finca de Campo Jiro- a pesar de que ya se tenía constancia de la existencia en esa peña de un importante yacimiento paleolítico datado en el mismo período al que Altamira pertenece.

Dado que la fachada principal de la montaña era la que mira hacia la Bahía que antes bañaba las faldas mismas de Peña Castillo, es fácil deducir que las cavidades más importantes que se abrían en su seno se han perdido para siempre, no asistiéndonos ahora otra esperanza que la de que exista algún ramal o derivación en la fachada opuesta de la peña que, por haberse conservado relativamente intacta, pueda atesorar aún algún vestigio significativo de lo que fuera el primer asentamiento troglodítico de la ciudad de Santander. Estamos hablando de una ciudad prehistórica que aventaja en muchos miles de años a las más antiguas que hasta hoy se conocían en el ámbito de Mesopotamia.

Es lamentable que la presencia de los topónimos Peña Castillo y El Castro no hayan alertado a los historiadores sobre la posible existencia de una población, antiquísima, en un enclave tan absolutamente privilegiado y paradisíaco como el que ocupara la antigua Sant Anders o San Andrés. Como es deplorable que la propia ignorancia de los estudiosos e historiadores locales, empecinados en sustentar el dislate de que el nombre de Santander procede de San Emeterio, les haya impedido ver que el nombre de CUEVA ANDRÉS con el que era conocida la cueva principal de la cumbre de Peña Castillo, estaba no sólo documentando sino proclamando a voz en grito que era en esa cumbre en donde se hallaba el primer emplazamiento de la ciudad que siempre ha respondido a los nombres de Sant Anders, San Andrés o Santander.

La misma obcecación en querer hacer derivar Santander de San Emeterio es la que ha llevado a los eruditos locales a tildar de patrañas las fábulas que envuelven el pasado de Peña Castillo, incapaces de entender que la existencia de leyendas es el testimonio más elocuente e inequívoco de la enorme antigüedad de un lugar determinado. Sólo los enclaves enormemente antiguos poseen fábulas y esa ancianidad será tanto mayor cuanto más rica, compleja y enmarañada sea la urdimbre de mitos nacidos al calor de esos antiguos poblamientos o accidentes geográficos (montes, ríos, lagos…).

El primitivo emplazamiento de Santander no habría sido destruido si quienes tenían el deber de desentrañar el origen de la ciudad, en lugar de burlarse con suficiencia de las fábulas que circulaban en torno a Peña Castillo, se hubieran tomado la molestia de analizarlas y estudiarlas en profundidad, comprendiendo que la Mitología es la historia de la Prehistoria y que lo importante de un mito no es el mito en sí sino el trasfondo del mismo. En efecto y si se hubiera hecho esa pesquisa que personalmente y aun no teniendo ninguna obligación de hacerlo, me he molestado en realizar, los historiadores locales habrían descubierto que las fábulas en torno a Peña Castillo son un calco de las que perviven en Irlanda, entre unos pueblos que siempre han blasonado de su ascendencia cantábrica. Lo que (habida cuenta de que el poblamiento de Irlanda tras la última glaciación se produjo hace en torno a 10.000 años), ofrece una idea de la enorme antigüedad del enclave de Peña Castillo, contrastada arqueológicamente por los hallazgos efectuados en él hace más de un siglo.

Una de las pruebas más elocuentes y concluyentes en relación con el ilustrísimo origen de Peña Castillo, nos la proporciona el elevado número de iglesias y ermitas que han existido en torno a ella y de las que algunas perviven, otras nos muestran aún sus últimos sillares, unas terceras aparecen documentadas en libros y escrituras y otras, en fin, han dejado memoria a través de la toponimia. Es un hecho que cuanto más denso y cerrado es el cinturón sagrado que rodea a una población, mayor ha sido su importancia y su sacralidad. Y, en este sentido, los casos de Burgos y Segovia son paradigmáticos, tanto por la cantidad de templos que las rodean como por su inconmensurable categoría artística. Siendo, pues, los cercos de ermitas y monasterios los que definen y caracterizan a todas las poblaciones antiguas, el hecho de que no menos de quince edificios religiosos se hayan apiñado, hasta hace muy poco, en torno a Peña Castillo, pone de manifiesto la extraordinaria importancia de la ciudadela o acrópolis que fuese erigida en su cumbre, contando sus pobladores con la doble protección que les otorgaban, por una parte las cavidades subterráneas que tanto abundaban en aquella peña y, por otra, las aguas de la Bahía que lamían sus faldas en buena parte de su perímetro.

La alusión a Burgos y a Segovia no es gratuita. Segovia fue erigida sobre una peña peninsular que, antaño, era abrazada por los cauces de sendos ríos: el Eresma y el Clamores. Cauces que labraron esa peña hasta conferirle el carácter pintoresco y virtualmente insular que hoy tiene. Y algo semejante sucede en el caso de Burgos, silueteada por los ríos Arlanza y Bena y fundada en lo alto de un cerro, el de La Flora o La Blanca, que remeda dos de los antiguos nombres de la primera Sant´Anders. Vigente aún, el primero, en el antiguo arroyo y barrio de La Florida y el segundo en Piedras Blancas, en las Marismas Blancas y en la hoy desaparecida ermita de La Virgen Blanca.

También Peña Castillo -modelo de esas dos ciudades y de otros millares más- tenía una configuración peninsular antes de que el desecamiento de las Marismas del Mediodía que llegaban hasta sus faldas, la alejaran de un mar que había permanecido a su vera a lo largo de toda su historia. Salvedad hecha, obviamente, de los períodos glaciares.

Los malos historiadores han constituido uno de los peores azotes para la historia de la Humanidad. Porque a ellos y a sus aberrantes dogmas sobre la raza aria se debió la reciente destrucción de Europa propiciada por los Nazis…, y a ellos, igualmente, debe España varias décadas de sufrimiento y muerte al calor de la disparatada especie del carácter foráneo del pueblo basko y de su diferencialidad respecto al resto de los Españoles. Pues bien, en un plano venturosamente no sangriento pero catastrófico para la conservación del más antiguo legado cultural de la Humanidad, localizado en Cantabria, la formidable ceguera de los estudiosos locales ha propiciado el que, en aras de una cantera, hayamos perdido el emplazamiento de la ciudad, documentada, más antigua del planeta. Y si la investigación de urgencia que vengo realizando no lo hubiera impedido, a esa pérdida brutal que supone la total destrucción de Peña Castillo, le habría seguido en los próximos meses la total destrucción del punto de alumbramiento de las Fuentes Tamáricas en la heredad de Campo Jiro.

Cuando, merced a los libros que inmediatamente después de éste me dispongo a publicar, se conozca la magnitud del legado histórico que encierra esa hoy codiciada finca santanderina, a nadie se le volverá a ocurrir, jamás, mover un gramo de tierra en este COLOSAL tesoro histórico que, merced a su conversión en Monasterio y, más tarde, en finca agropecuaria, ha llegado virtualmente intacto hasta nuestros días.

La que, como probaré en su momento, ha sido la acrópolis más antigua y, por ende, más importante del planeta, ha perecido víctima de la mezquindad y de la ignorancia. Léase, de dos de los peores azotes que pesan sobre la Humanidad. Nos asombraríamos si pudiéramos contemplar lo que fue la soberbia ciudadela erigida sobre la cumbre de Peña Castillo pero, por desgracia, de todo aquello hoy no queda absolutamente nada. El tiempo y su erosión se llevaron una parte importante, y el resto, lo que había perdurado más la propia peña, se la ha llevado por delante una mezquina cantera. Una cantera que enriqueció a un puñado de Santanderinos, empobreciendo dramáticamente a todo el conjunto de la Humanidad, privado, merced a ellos, de uno de los más antiguos y reveladores jalones de su pasado. Hemos perdido, pues, la primera ciudad de la Historia, para que unos cuantos se enriquecieran negociando con su piedra… Así se ha escrito la historia de nuestra especie. Así se ha escrito la historia interminable de la necedad humana.

Sí, hemos perdido Peña Castillo y en su lugar nos ha quedado una suerte de esperpéntica caricatura de lo que fue, una peña raída y desgarrada por todos sus flancos, que será entronizada por las generaciones venideras como un monumento a la ignorancia, a la incompetencia, a la necedad y a la mezquindad. Un monumento, en suma, a todo lo peor, a lo más vil, a lo más rahez, a lo más puramente animal que existe en el ser humano.

Bilbliografia:

El primer emplazamiento de Santander. Fundación de Occidente. Jorge Mª Ribero-Meneses

Peñacastillo. El Diario Montañes.

GUARNIZO JUNTO A LA HABANA, PRINCIPAL ASTILLERO DEL IMPERIO ESPAÑOL EN EL SIGLO XVIII.

El Real Astillero de Guarnizo y la ría de Solía.
El Real Astillero de Guarnizo y la ría de Solía, el lugar más adecuado para la construcción naval en el Cantábrico: situada al fondo de la Bahía de Santander.

A partir de 1621, con las ordenanzas de Felipe IV, la guerra de corso experimenta un notable auge en el Cantábrico, y muchos marinos y empresarios cántabros participarán activamente en la misma.

También de la mar, y durante esta época, procede una de las grandes realizaciones en la Cantabria interior: la apertura del camino de Lunada para la comunicación con la Meseta, como consecuencia de los esfuerzos de Santander por atraerse a los comerciantes ingleses y holandeses. Es de destacar como los intentos de Cantabria por vencer su aislamiento geográfico con respecto al interior de la Península, han tenido casi siempre su origen en el mar, y así ocurrió también en la antigüedad cuando Roma construyó sus calzadas en esa tierra con el objeto de unir las ciudades del interior con los puertos cántabros para poder explotarlos.

Al parecer, también en el siglo XVIII se realizaron algunos trabajos en el camino de La Hermida para acceder a la madera de Liébana para la construcción naval, aunque su apertura total se produjo en el XIX para bajar el mineral de los Picos de Europa, y exportarlo por los puertos de la costa.

Igualmente, la construcción del camino real de Reinosa, y más tarde del ferrocarril Santander-Alar del Rey, tienen su origen en la exportación de las harinas de Castilla por el puerto de Santander. Pero los hechos más relevantes del siglo XVII en Cantabria relacionados con la Armada, serán el nacimiento de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada, y el establecimiento de Guarnizo como astillero permanente al servicio de la Armada. Aunque la creación de ambos se produce en este siglo, su momento de apogeo coincidirá con la tercera época dorada de nuestra Armada durante el siglo XVIII.

Este último siglo, gracias a la acción de Patiño y de Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, es testigo de la potenciación y reorganización de la Armada española. Paradójicamente, esto supondrá el ocaso de la intensa relación de Cantabria con la Marina española, pues al concentrarse las bases y arsenales en tres departamentos marítimos, Cádiz, Cartagena y Ferrol, acabará con los astilleros y fábricas de cañones y jarcias de Cantabria. Pero esto no se completará hasta finales de la centuria, y mientras tanto, lo que ocurrirá con esta potenciación de la Armada será la época dorada del Astillero de Guarnizo, y de las fabricas de cañones de La Cavada y Liérganes.

Cantabria, debido a la abundancia de hierro, madera, y la fuerza hidráulica de sus ríos, siempre había dispuesto de numerosas ferrerías y magníficos fundidores, que habían sido fundamentales para la construcción de naves y cañones, como ya se indicó al referirnos a la dinastía de los Ximones en el siglo XV, o como demuestra la existencia de una fábrica de anclas en el pueblo de Marrón.

Pero a comienzos del XVII, se instalan allí expertos fundidores flamencos que establecieron en Cantabria las bases de una poderosa industria artillera que, durante dos siglos, dotaría a la Armada de piezas tanto para sus buques como para las fortalezas costeras de todo el Imperio, y que cristalizó en la creación de las fábricas de Liérganes en 1617, y de La Cavada en 1638.

Estas fábricas fueron nacionalizadas en 1769 con el nombre de Reales Fábricas de Artillería, y no se limitaron exclusivamente a producir cañones, sino una amplia gama de piezas de fundición necesarias para los barcos. De los grandes complejos que las componían, con hornos, almacenes, escuelas, viviendas, etc., hoy en día sólo queda el Arco de Carlos III, que era la entrada principal de la fábrica de La Cavada.

El gran consumo de madera que requería su actividad provocó la deforestación de una buena parte de Cantabria, sobre todo su zona oriental, que hoy en día puede apreciarse aún al compararla con la occidental.

Por su parte, el astillero de Guarnizo era uno más de los varios que existían en el Cantábrico y que construían buques para la Armada, pero en 1639 ocurrió un hecho que cambió su historia. Una escuadra francesa atacó Laredo y Santoña, y destruyó los navíos que se estaban construyendo en esta última y en Colindres, lo que provocó que se buscaran lugares más protegidos para estas instalaciones.

El tinerfeño Díaz Pimienta, el marino más cualificado de su tiempo, fue el fundador del Real Astillero de Guarnizo al elegir la ría de Solía como el lugar más adecuado para la construcción naval en el Cantábrico: situada al fondo de la Bahía de Santander, con una larga y estrecha canal de acceso, que habitualmente cambiaba de curso, y siempre pegada a tierra y bien defendida por varios fuertes, presentaba la ventaja adicional de que allí se habían construido naves desde antiguo, además de su cercanía a las fábricas de cañones, junto con la abundancia de la madera de roble necesaria para los buques.

Durante la primera mitad del siglo XVIII, Guarnizo, junto con La Habana, fue el principal astillero de todo el Imperio español. Por allí pasarán los mejores constructores de buques, marinos y hombres de empresa, como Antonio Gaztañeta, José Campillo y Cossío, Zenón de Somodevilla, Juan Bautista Donesteve, etc, y sobre todo D. Juan Fernández de Isla y Alvear. Este gran empresario cántabro nacido en Isla en 1709 y, ligado siempre al Real Astillero de Guarnizo, proporcionará a nuestra Marina no sólo los mejores buques de que dispuso en esa época, sino también maderas para construirlos, jarcias, fierros y lonas para equiparlos y gobernarlos, y cañones para armarlos. La caída de Ensenada por contubernios políticos, arrastró también a Fernández de Isla, que se pasó el resto de su vida en contenciosos con el Estado. Al final, una vez muerto ya D. Juan, la justicia le dio la razón y el Rey nombró a su hijo conde de Isla-Fernández, por los servicios prestados a la nación, por sí mismo y, sobretodo por su padre.

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Navio El Real Felipe zarpando de Guarnizo recien artillado, con sus 114 cañones de buen hierro de La Cavada, deja por la popa la bahía de Santander y la isla de Mouro.

Sólo entre navíos y fragatas, sin contar otras numerosas embarcaciones menores, durante el siglo XVIII se construyeron en Guarnizo más de 50 buques, la gran mayoría de ellos en la primera mitad del siglo. Entre estos buques merecen destacarse algunos de ellos como por ejemplo el navío Princesa, construido en Guarnizo en 1729, de 70 cañones, y que apresado por los ingleses, fue el modelo de una larga serie de sus propios navíos que perduró hasta el Victory del almirante Nelson. Y también el Real Felipe, construido por Gaztañeta en 1732, de tres puentes y 114 cañones, que se adelantó medio siglo a los de su porte, y fue el más poderoso de su época. Cuando fue construido, los mayores navíos, portaban en torno a los 60 cañones, mientras que los que superaban los 100 no aparecieron hasta el último tercio del siglo. En realidad no fue igualado hasta la construcción del Santísima Trinidad en La Habana, que con sus 132 cañones fue el mayor navío de línea que existió jamás. Igualmente cabe mencionar al San Juan Nepomuceno, que fue el buque insignia de Churruca en la batalla de Trafalgar.

La segunda mitad del siglo, con la concentración de los arsenales en el Ferrol, Cádiz, y Cartagena, supone un rápido decaimiento de la actividad de Guarnizo. Eso sí, esta intensa relación con la Armada dejaría tras de sí la creación de un nuevo municipio de Cantabria, El Astillero, que hoy en día es uno de los más florecientes de la región. Por el contrario, otras actividades relacionadas con la Armada continuarían a pleno rendimiento durante todo el siglo, como la producción de artillería y la aportación de madera para la construcción de buques en los nuevos arsenales. Los puntos donde se daba salida a la madera eran principalmente: Santander, Santoña, Suances, San Vicente, Tina Mayor, Tina Menor y Oriñón.

Otro apartado que debe ser mencionado en esta época, es la fortificación de distintos puntos de la costa del Cantábrico, entre los que destacan las obras realizadas en Santoña, y que aún pueden contemplarse hoy. Desde antiguo, su posición estratégica era vital, dominando los accesos a la bahía donde estaban los astilleros de Limpias, Colindres, y la propia Santoña. Ya durante el siglo XVII se habían construido las baterías de San Martín y San Carlos, pero a lo largo del XVIII se llevaron a cabo otras obras que la convirtieron en uno de los puntos más fuertes de la costa cantábrica.

Durante este brillante siglo, además de la fabricación de cañones y navíos, el concurso de expertos constructores navales, la madera de sus bosques, o la fortificación de sus costas, como siempre Cantabria aporta a la Armada sus gentes de mar. Ilustres marinos como fueron, por poner sólo tres ejemplos entre otros muchos, los siguientes: Francisco Alsedo y Bustamante, Capitán de Navío muerto heroicamente en Trafalgar al mando del Montañés; José Bustamante y Guerra, nacido en Ontaneda en 1759, que fue el segundo comandante de la famosa expedición científica de Malaspina al Pacífico, y que en la misma estuvo al mando de la corbeta Atrevida; y Luis Vicente de Velasco e Isla, héroe de la defensa del castillo del Morro en La Habana en 1762 y nacido en Noja. Los ingleses, sus enemigos, le dedicaron un monumento y la marina británica disparaba, hasta principios el siglo XX, salvas en su honor al pasar ante su villa natal. Carlos III ordenó que siempre hubiera un barco de la Armada que llevara su nombre.

LAS CUATRO VILLAS CANTABRAS, GÉNESIS Y CONSOLIDACIÓN DE LA MARINA EN EL SIGLO XIII.

Santander, puerto y murralla.

Alfonso VIII fue el primer rey castellano que percibe la necesidad de disponer de una flota a su servicio, y para ello dota de Fueros a las cuatro Villas de la costa de Cantabria( San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales).

La concesión de Fueros a estas Villas por parte de Alfonso VIII, se convertirá en un acuerdo beneficioso para ambas partes: Los habitantes de las mismas obtendrán sus libertades e independencia de los señores feudales, y esto hará que acudan a ellas nuevas gentes que, a falta de tierras que labrar, explotarán los recursos del mar y del comercio marítimo aprendiendo el arte de navegar y el de la construcción naval; Por su parte, el Rey obtendrá una escuadra para los momentos en que la necesite, que no serán pocos a partir de entonces.

Esto permitió, entre otras cosas, que Roy García de Santander pudiera poner cerco a Cartagena en 1245 al mando de la flota cántabra, en apoyo a la conquista del reino de Murcia. Y que poco después, cumpliendo órdenes de Fernando III El Santo, se aprestara otra flota en Cantabria que, en 1248 y bajo el mando del almirante cántabro Ramón de Bonifaz y Camargo, resultó fundamental para la toma de Sevilla al lograr completar el cerco de la ciudad por el Guadalquivir, rompiendo el puente de barcas que comunicaba la ciudad con Triana. Este último hecho quedó reflejado para siempre en los escudos de diversas villas marineras como Santander, Laredo, Comillas y otras, además de en el actual escudo de Cantabria.

Poco después, la Marina castellana, que contaba ya con aportaciones andaluzas, lograba el dominio del Estrecho y su apertura para el comercio castellano. Este fue el auténtico nacimiento de la Marina de Castilla, la concesión de Fueros a las Villas cántabras, que fue la verdadera causa de que los reyes de Castilla pudieran disponer de fuerzas navales.

La génesis y consolidación de la Marina castellana durante el siglo XIII se basó en las cuatro Villas antes mencionadas, que a partir de ese momento comienzan la apertura del comercio castellano de las lanas y del hierro con Flandes e Inglaterra. Desde la concesión de Fueros a las villas del litoral vasco, esta actividad es compartida por los navegantes de ambas regiones, lo que con el tiempo lleva a la creación, en 1296, de la famosa Hermandad de la Marina de Castilla con Vitoria, o Hermandad de las Marismas, que se fundó en Castro Urdiales con la participación de las villas de Santander, Laredo, Castro Urdiales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria, y un año después la de San Vicente de la Barquera. En realidad, esta sociedad se creó con la intención de defender sus propios intereses comerciales en el Cantábrico y en el Mar del Norte, pero al coincidir éstos con los de la Corona, resultó fundamental para la política naval de Castilla durante el siglo siguiente.

Durante la guerra de los Cien Años, la política naval de los Trastámaras elegirá Santander como base naval de las sucesivas armadas que se organizaron. Allí se construyeron las Reales Atarazanas, edificio de grandes proporciones en el interior de la ría de Becedo y al resguardo del promontorio de Somorrostro, núcleo del viejo Santander, que permitía la construcción de galeras para las armadas reales, o la invernada de hasta ocho de ellas.

Además de bases navales, galeras y marinos, Cantabria aportó en este tiempo inicial de la artillería grandes forjadores y constructores de bombardas, entre los que destaca la dinastía de los Ximones que construirían piezas para los reyes de Castilla durante la mayor parte del siglo XV.

Desde Santander se organizaron expediciones como las de Ruy Díaz de Rojas, Ruiz de Avendaño, o los cántabros Hurtado de Mendoza y Pero Niño, primer conde de Buelna, quien atacó Plymouth, Portland y otras ciudades, y llegó a remontar con sus naves el Támesis. Seguramente el más importante de estos hechos fue la batalla de la Rochela en 1372, cuando una flota castellana aprestada en Santander y mandada por el almirante Bocanegra derrotó a otra inglesa con refuerzos para Aquitania, haciendo prisionero al almirante inglés, y empleando por primera vez en la Historia artillería embarcada.

Después de todo ello, a principios del siglo XV, Castilla era sin duda la potencia naval dominante en el Atlántico. Esta potencia naval fue lo que permitió el auge comercial de Castilla con Flandes y los puertos del Canal de la Macha, y se mantuvo con ciertos altibajos durante el siglo XV poniendo las bases necesarias, en cuanto a marinos, naves y conocimientos náuticos, para lograr la gesta del Descubrimiento.

 

LA NAO SANTA MARÍA, EL APORTE CANTABRO A LA AVENTURA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA.

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Réplica de La Santa María enviada a la exposición universal de Chicago de 1893.

La época de los grandes descubrimientos comienza con la aventura de Colón. A ella, Cantabria aporta nada más y nada menos que el buque más famoso de la Historia, la nao Santa María y la insigne figura de su propietario Juan de la Cosa, así como muy probablemente también la carabela La Pinta.

Poco se sabe de la Santa María, pero lo que sí sabemos es que no era una carabela aunque en muchas ocasiones se la ha representado erróneamente como tal, pero éstas no disponían de castillo de proa y llevaban aparejo latino. Se conoce su aparejo gracias a una cita del diario de Colón: «…y llevaba todas mis velas de la nao, maestra, dos bonetas, y trinquete, y cebadera, y mesana, y vela de gavia…».

Por otras citas históricas se ha estimado que el buque desplazaría unas 80 ó 90 toneladas, y su calado rondaría los dos metros. Sus dimensiones aproximadas se han calculado como sigue: eslora de roda a codaste, 23,93 m.; longitud de la quilla, 16,92 m.; manga, 7,92 m.; superficie vélica total, 325 m2.

La Santa María era propiedad de Juan de la Cosa, marino santoñés que se dedicaba con ella al comercio marítimo. Al parecer fue construida en algún puerto del Cantábrico, según algunas versiones en Galicia, pero también es posible que lo fuera en alguno cercano a la villa natal de su propietario, como Colindres, Limpias, o la misma Santoña. En cualquier caso, la nao Marigalante supone la primera gran aportación de Cantabria a la gesta del Descubrimiento, junto con la muy probable también de la carabela La Pinta.

La Pinta fue propiedad de Gómez Rascón, vecino de Ampuero aunque radicado en aquella época en Moguer. Debido a este hecho el escudo de esta villa consiste precisamente en una carabela, y su construcción se la disputan entre este último municipio, Limpias y Colindres. La verdad es que a tenor del hecho de que Gómez Rascón fuera oriundo de Ampuero, y del prestigio de los astilleros de la región en aquella época, resulta bastante probable que La Pinta fuera construida en Cantabria.

La vida de Juan de la Cosa, posterior al primer viaje a América, ha sido ampliamente divulgada, por lo que aquí se expone solamente algunos de sus hechos más relevantes. Participó junto a Colón en el viaje del Descubrimiento, al que aportó, además de la Santa María, sus grandes conocimientos de navegación. En el año 1500 dibujó el primer mapamundi en el que aparece el nuevo continente, y que hoy se conserva en el Museo Naval de Madrid. En 1507, convocado por el Rey Católico junto a los otros tres marinos más prestigiosos de España, Vespucio, Pinzón y Díaz de Solís, formó parte de la Junta de Burgos en que se decidió la colonización del Darién y otros territorios americanos, así como la creación del cargo de Piloto Mayor de la Casa de Contratación, que recayó en Vespucio. Cuando murió acribillado por los indios en Turbaco (Colombia) en 1510, era uno de los hombres que más viajes había realizado a América.

Este es el segundo gran aporte de Cantabria a la Armada en esta época, la figura de Juan de la Cosa, uno de los cartógrafos más importantes de toda la Historia, junto con los marinos cántabros que le acompañaron en la aventura americana. A este respecto, cabe señalar que en el primer viaje de Colón, 10 de los 90 hombres que participaron en el mismo eran oriundos de Cantabria, a pesar de la lejanía geográfica con respecto a Palos, donde Colón aprestó su flota, y por lo cual una mayoría de los marineros eran andaluces. Este hecho hace pensar que los marineros cántabros fueron buscados a propósito, quizás por influencia del propio Juan de la Cosa y de Gómez Rascón, lo que indica la fama que debían tener en esa época.

Pero la creación de aquel gran imperio ultramarino no hubiera sido posible sin los barcos y las tripulaciones con la que se llevó a cabo. Juan de la Cosa, la Marigalante y La Pinta no fueron uno de esos hechos esporádicos y afortunados que, en ocasiones, se producen en la Historia de un pueblo, sino la consecuencia lógica de una tradición comercial y marinera que había empezado tres siglos atrás en Cantabria.

Durante el transcurso del primer viaje al Nuevo Mundo, el 25 de diciembre de 1492, la nave encalló en la costa noreste del actual Haití, quedando inservible o zozobrada y sus maderas se usaron para construir un fortín con empalizada que fue llamado “Fuerte Navidad”.

Fue la única de las tres naves de Colón que no regresó a España tras el descubrimiento de América, pues sufrió daños al encallar en la costa de la isla La Española (hoy Haití y República Dominicana).

Frustrado descubrimiento de sus restos

El 13 de mayo de 2014 el arqueólogo submarino estadounidense Barry Clifford anunció públicamente el hallazgo de lo que cree son los restos de la Santa María en el fondo del Océano Atlántico muy cerca de las costas del norte de Haití. La identificación se basa en la cercanía a unos restos de lo que podría haber sido el Fuerte Navidad, hallados en 2003 por otros arqueólogos, y de los datos provenientes del Diario de Colón compilado por Bartolomé de las Casas. El primer ministro haitiano Laurent Lamothe declaró que tomarían “todas las medidas para proteger el sitio, que es un Patrimonio de la Humanidad.” En octubre de 2014 la UNESCO confirmó que el pecio hallado, no correspondía a la Santa María.

El MUPANAH, situado en el centro de Puerto Príncipe, ha exhibido durante muchos años como su principal atractivo lo que se cree que es una de las anclas de la Santa María, recuperada hace más de 300 años en buen estado.

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LA FUSIÓN DEL HIERRO Y LAS FÁBRICAS DE LIÉRGANES Y LA CAVADA. LIBRO RECOMENDADO.

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Esta detallada monografía de Juan Antonio Diez Aja nos introduce en el apasionante mundo de los altos hornos y la industria del hierro, que tan importante fue en el pasado para Cantabria, desde sus inicios como tal en las fábricas de Liérganes y La Cavada. El autor nos detalla los procesos de fabricación de los cañones, los tipos de fusión, y el progreso hacia el uso del acero en tiempos ya más cercanos a nosotros. Obra bien documentada y muy ilustrada, lo que le convierte en una herramienta imprescindible para todos aquellos interesados en el mundo de la antigua metalurgia.

Ficha técnica

ISBN 84-96042-40-5
Páginas 200
Encuadernación tapa dura, impresión color
Dimensiones 22,5×28 cm.