LAS REALES FÁBRICAS DE ARTILLERÍA DE LIÉRGANES Y LA CAVADA.

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Las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada.

Abastecieron de elementos de artillería y munición de hierro a la defensa del Imperio español y su dominio de los mares durante más de dos siglos.

Su fundador fue el Liejés Jean Curtius (o Curçios), acaudalado proveedor de los ejércitos españoles en Flandes que, asociado con Hurtuño de Ugarte, obtuvo licencia para trasladarse a España con varias familias de fundidores belgas, a fin de instalar una fundición de hierro. En 1616 Curcios se trasladó a Vizcaya con sus operarios, fracasando en el intento de instalarse allí, por la oposición de los vascos, que temían por el futuro de sus propias ferrerías. Esto le hizo decidir su establecimiento en Liérganes, cantabria, valorando la proximidad de los yacimientos de hierro de Pámanes, Cabárceno y del río miera para proporcionar fuerza motriz y vía de traslado de la producción hasta Solares, así como la abundancia de bosques, para la obtención de combustible.

Los naturales del país tampoco veían con buenos ojos el establecimiento de los flamencos y, ante el abandono de Hurtuño de Ugarte, que faltó a su palabra de contribuir con el 50% de los gastos de la empresa, Curcios asumió en solitario el proyecto. En 1622 obtuvo licencia para instalar la fundición, con monopolio por quince años, para proveer no solo piezas de artillería y municiones, sino también de otros objetos civiles, ornamentales y todo género de herramientas. En 1628 la fundición estaba instalada y Curcios, arruinado en la empresa, hubo de ceder la producción de un primer contrato, por doscientas piezas de artillería, a un grupo empresarial formado por un español y cuatro flamencos. Falleció al año siguiente.

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Cañon de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada.

El luxemburgués Jorge de Bande, uno de los componentes del grupo al que Curcios había cedido la explotación de la fundición, asumió su dirección y fue desplazando a sus socios hasta hacerse con ella. Él fue quien consiguió mejorar la calidad del hierro a utilizar, uniendo al mineral de Pámanes y Cabarzo, otro procedente de Somorrostro. En 1634 de Bande había vendido al estado 232 cañones y 30.260 balas y, al renovarse en esta fecha el asiento, decidió la instalación de dos altos hornos en una nueva factoría que denominó de Santa Bárbara, a cinco kilómetros de Liérganes, posteriormente conocida como de la Cavada. Esta nueva fundición, hizo posible que entre 1635 y 1640 la producción ascendiera a 939 cañones, más de 1195.000 balas, 4.010 bombas y cerca de 8.500 granadas. Sería hacia esta última fecha, que Bande inició la instalación de una nueva fundición, en Molina de Aragón, con producción limitada a municiones, iniciada en 1642.

Bande había contraído matrimonio con Mariana de Brito, viuda de Juan de Olivares, con quien había tenido dos hijos: Juan y José de Olivares, asentistas de la Cavada tras el fallecimiento de Jorge de Bande. En Liérganes figuraba como asentista Diego de Noja. A finales del siglo XVII murió Juan de Olivares y su hijo, Nicolás Xavier de Olivares, dirigió las dos fundiciones hasta su fallecimiento en 1737, heredadas por su hijo Joaquín, ennoblecido con el título de marqués de Villacastel de Carrias en 1742. Falleció en 1759 haciendo heredera a su hija María Teresa del Pilar, que pronto casaría con el Conde de Murillo.

En el periodo que transcurre entre 1649 y 1763, José Alcalá Zamora distingue dos fases “una de atonía que se prolonga hasta 1715, y otra de rápida expansión posterior”. En la primera, descendió la demanda estatal y también lo hizo la producción, pero no en lo requerido. Hubo de darse salida internacional a los excedentes y municiones almacenados, resultando beneficiosa la guerra que enfrentaba a ingleses y holandeses, Holanda “se convirtió en buen cliente después de 1650”. La fase expansiva se inicia en 1716, que con la creación de una escuadra para asegurar las rutas del atlántico, se incrementó la demanda estatal.

La llegada a España de Carlos III, puso fin a la propiedad privada de las fundiciones de Liérganes y La Cavada. Tras un real decreto de 1760 “se pasará con rapidez a la intervención técnica de las fábricas, desde fines de 1760, a la gestión directa de las mismas, desde 1763, y a la expropiación, consumada en 1769”, quedando bajo la dirección del ministerio de la guerra.

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La portada de entrada en honor a Carlos III, declarada Bien de Interés Cultural en 1985.

El sistema de moldeo en sólido se introdujo en La Cavada en 1763, interviniendo en ello el artillero francés Joseph de la Vallière, puesto al servicio del Rey de España. En las fundiciones de bronce de Barcelona y Sevilla, el moldeo en sólido fue introducido por jean maritz tras su llegada a españa, en 1767. En 1757, Maritz había sido nombrado, por Carlos III, inspector general de las fundiciones españolas, su responsabilidad en las de Liérganes y La Cavada es evidente, pero su influencia en ellas parece inferior a la que ejerciera en las de Barcelona, Sevilla y La Muga.

La expropiación de las fundiciones no ofreció resultados satisfactorios “y la responsabilidad del fracaso de la producción artillera de Liérganes y La Cavada en este periodo correspondió en buena parte a la administración y directrices técnicas deficientes del cuerpo de Artillería del Ejército. Entre 1764 y 1781 se elaboraron trescientos mil quintales de hierro colado, pero de más de seis mil cañones fundidos solo pudieron darse por buenos alrededor de 3.700, y de ellos una tercera parte fueron destinados al ejército”. La producción de las fundiciones españolas era ya insuficiente para atender las necesidades de la armada y en julio de 1773, se contrató con la fábrica escocesa de Carron “la adquisición de sesenta mil quintales castellanos anuales en artillería… /… los primeros cañones vinieron en mayo de 1775; los últimos en el mismo mes de 1778, vísperas de la guerra. En total, 4.498, de los que fueron rechazados 1.366”.

También descendió la calidad de los cañones producidos en Liérganes y La Cavada, los antiguos tenían fama de ser: “los más feos y los mejores del mundo”, eran chatos en ocasiones, deslucidos, sin tersura ni adornos, contrastaban desfavorablemente con las piezas inglesas, rusas o francesas del mismo material”37, pero no solían reventar, antes se agrietaban, advirtiendo del peligro. Ahora reventaban.

A las importaciones de carrón puso fin la guerra con Inglaterra. En 1781 se decisión encomendar la dirección de Liérganes y La Cavada al ministerio de marina, que en el deseo de rehabilitar la fama de los cañones santanderinos, abandonó el moldeo en sólido para regresar al moldeo en hueco, y “lo cierto es que su gestión, si no demasiado amplia de miras, al menos fue eficaz para lo que el gobierno pretendía: armamento naval. 1782 fue un año de nuevo experimental, pero en el bienio siguiente se fundieron 958 cañones – 784 útiles – con peso de cuarenta mil quintales y según las medidas y proporciones del nuevo reglamento artillero”.

En 1793 se iniciaron los intentos de Wolfgango de Mucha, para la utilización del coque en los altos hornos, concluidos en fracaso el año 1796. En mayo de 1795 había cesado la actividad en la fundición de Liérganes, sólo se disponía de combustible para los cuatro hornos de la cavada, de los que en los años 1797-98, solo funcionaron dos, cuatro en 1799 y dos a partir de entonces, dejándose de fundir en 1802, 1803 y 1805. Una ligera reactivación se produjo en el período 1806-1808, con promedio anual de casi nueve mil quintales.

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Almacén general de carpintería y almacén de leña de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada.

La guerra de la independencia inició el fin de La Cavada, “al final de la contienda, apenas restaba un tercio de trabajadores útiles”. En diciembre de 1814 se ordenó, a Wolfgango de Mucha, la restauración de La Cavada, él dirigió las dos últimas fundiciones, los a las importaciones de carrón puso fin la guerra con Inglaterra. En 1781 se decisión encomendar la dirección de Liérganes y La Cavada al Ministerio de Marina, que en el deseo de rehabilitar la fama de los cañones santanderinos, abandonó el moldeo en sólido para regresar al moldeo en hueco, y “lo cierto es que su gestión, si no demasiado amplia de miras, al menos fue eficaz para lo que el gobierno pretendía: armamento naval. 1782 fue un año de nuevo experimental, pero en el bienio siguiente se fundieron 958 cañones – 784 útiles – con peso de cuarenta mil quintales y según las medidas y proporciones del nuevo reglamento artillero”.

En 1793 se iniciaron los intentos de Wolfgango de Mucha, para la utilización del coque en los altos hornos, concluidos en fracaso el año 1796. En mayo de 1795 había cesado la actividad en la fundición de Liérganes, sólo se disponía de combustible para los cuatro hornos de la cavada, de los que en los años 1797-98, solo funcionaron dos, cuatro en 1799 y dos a partir de entonces, dejándose de fundir en 1802, 1803 y 1805. Una ligera reactivación se produjo en el período 1806-1808, con promedio anual de casi nueve mil quintales.

La guerra de la independencia inició el fin de La Cavada, “al final de la contienda, apenas restaba un tercio de trabajadores útiles”. En diciembre de 1814 se ordenó, a Wolfgango de Mucha, la restauración de la cavada, él dirigió las dos últimas fundiciones, los años 1819 y 1826, falleciendo en diciembre de aquel año. El coste de las piezas producidas resultó desproporcionado, “parte de culpa en que este fuese tan elevado la tuvo el metal de los cañones, de calidad blanca y durísima que, por ser fundidos en sólido, resulto casi imposible de penetrar por el barreno”.

El fracaso de un último intento de revitalización de la cavada, mediante la creación de una compañía minera asturiana, en que debían figurar los empresarios Cockerill y le Soinne, determinó el final de la real fundición. En marzo de 1834 los Carlistas asaltaron y saquearon la fábrica y en agosto una crecida del Miera causó gran daño en las instalaciones. En 1849 se dispuso que la Cavada pasase a depender del ministerio de hacienda y sus edificios fueran enajenados como bienes nacionales “lo que se fue verificando desde 1861 hasta 1871”.

A partir de 1638, se habían fabricado en aquellas fundiciones las piezas proyectadas por Julio César Ferrufino, con reducciones de peso de hasta el 25% en algún calibre. A finales del XVII comenzaron a fabricarse, en Liérganes, morteros y bombas “estas según una “moda nueva”, con refuerzos, brocal y asas de hierro batido”42. En la cavada, de 1790 a 1806 se fabricaron, en número superior a las 1.500 piezas, los cañones obuseros o “recamarados”, proyectados por artillero Francisco Javier Rovira. También se habían construido bienes de equipo para industrias privadas y objetos suntuarios.

Mediado el siglo XIX, el artillado de los buques españoles estaba básicamente compuesto por piezas de procedencia inglesa. Baturone, al relacionar la artillería que montan los buques de la armada en 1856, fabricados en la cavada sólo cita dos cañones recamarados, de á 24 libras, montados en el vapor conde de regla. Más abundantes son las piezas rusas, procedentes de la escuadra adquirida por Fernando VII.

ARQUEOLOGÍA INDUSTRIAL Y LEGADO HISTÓRICO.

En la actualidad aún existen restos de las Real Fábrica de La Cavada, aunque la mayor parte de las construcciones fabriles han desaparecido o sus restos han sido reutilizados para nuevas edificaciones.

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Almacén general de leña.

En La Cavada se pueden ver restos de los cierres del complejo que pudo llegar hasta la cercana población de Los Prados. Existe un alto muro de mampostería junto a la carretera que lleva al pueblo de Rucandio, en el lugar de Entrambosríos, el cual sirvió también de cerco al recinto. Esta construcción, que no aparece en los planos originales del Real Sitio, son los restos de un perímetro levantado para guardar la madera que descendía del río Miera desde el puerto de Lunada, malogrado proyecto de Wolfgang de Mucha. A este proyecto también pertenecen unos retenes levantados en el río Miera y la rampa de arrastre de la madera, hoy en estado ruinoso, pero perfectamente visibles.
La portada de entrada en honor a Carlos III, declarada Bien de Interés Cultural en 1985, es una de las tres puertas que tenía el recinto junto con la de Ceceñas y la de Liérganes. Responde a un estilo neoclásico, con arco de medio punto, pilastras a ambos lados y frontón triangular en el que se lee la inscripción: CARLOS III REY. AÑO 1784. Los sillares se encuentran soldados por coladuras de plomo y hierro. Es materialmente imposible desmontarla.

Entre las viviendas se conservan la Casa del Puente, construcción junto al Miera y fuera de la fortificación, que podría haber estado destinada a la guardia, las casas de la calle de Arriba, edificios para el alojamiento de operarios y para caballerizas, un edificio de viviendas junto al antiguo arco de Carlos III y que podría cumplir la función de conserjería u oficinas administrativas, y la Casa Redonda o El Palacio, cuya edificación principal ha desaparecido y sólo se conserva la capilla, ya muy transformada.

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La portada monumental de entrada en honor a Carlos III.

Existen asimismo restos de algunos almacenes y hornos, contrafuertes y paramentos sobre el río que servían de estructura defensiva y protegían de las avenidas, túneles, restos de presa y canales.

El 13 de abril de 2004, el conjunto histórico fue declarado Bien de Interés Cultural. El 27 de julio de 2006 se inauguró en La Cavada un museo que recoge la actividad llevada a cabo por estas instalaciones en la fundición de cañones que se emplearon en la Armada Real Española y en todo el Imperio. Se pueden observar cañones, las diferentes municiones utilizadas, maquinaria, escudos nobiliarios y diversas maquetas tanto de barcos como de las instalaciones.

Por otra parte, en la población de Liérganes se conservan diversas casonas de los siglos XVII y XVIII, como la Casa de los Cañones, y restos del canal y construcciones dedicados al barrenado de cañones en el sitio de Valdelazón. Todo ello recuerdo de una época de auge económico apoyada en la fábrica de artillería.

Las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada fueron durante la Edad Moderna el complejo siderúrgico más importante de España y durante siglos el único lugar donde se produjeron cañones de hierro colado para el sustento del Imperio. Pero quizás el mayor legado histórico venga de la transformación del paisaje de la zona oriental de Cantabria y norte de Burgos donde desapareció la mayor parte de las masas arbóreas, ayudado por los procesos de pradificación asociados a la actividad ganadera pasiega, y de los apellidos provenientes de las familias flamencas que pusieron en marcha y trabajaron durante años las instalaciones y que actualmente llevan multitud de vecinos en aquellos lugares donde se desarrollaron las actividades de la factoría.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII, y con independencia de los navíos de guerra de la Armada, miles de cañones de hierro colado fundidos en la Real Fábrica salieron de sus hornos con destino a fortificar y armar las numerosas baterías costeras que España poseía repartidas por todo el mundo. Durante esta época todas las fortificaciones de los puertos en los que el Imperio tenía posesiones recibieron cañones de La Cavada, muchos de los cuales se conserva y se exponen en la actualidad.

 

El almacén general de carpintería y almacén de leña constituyó, durante la época de funcionamiento de la fábrica, uno de los elementos principales de la misma dado que en ellos se almacenaban gran parte de los elementos que permitían la fabricación y posterior montaje de los cañones. Se trata de dos edificios de planta rectangular, dispuestos en hilera, realizados en piedra de sillería, con cubierta a dos aguas. Han sido muy reformados conservándose escasos elementos originales, especialmente en el primero de ellos, actualmente convertido en un negocio dedicado a la hosteleria.

Bibliografía compilada por Fernando Martínez.

Historia de una empresa siderúrgica española: Los altos hornos de Liérganes y La Cavada, Santander 1975.

Adolfo Carrasco Apuntes para la Historia de la fabricación de la artillería de bronce. Memorial de Artillería, Tomo XV, 1887. Pag.597-598.

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