EL CANTABRO FELIPE GONZÁLEZ DE HAEDO, EL PRIMERO EN CARTOGRAFIAR LA ISLA DE PASCUA EN 1770 Y TOMARLA PARA EL REY CARLOS III DE ESPAÑA.

7276563350_d00018285e_z
Felipe González Ahedo

El 6 de abril de 1722, una flotilla de veleros holandeses comandada por un tal Roggeveen avistó por primera vez la Isla de Pascua, y le dio nombre (el avistamiento tuvo lugar el Día de Pascua). Medio siglo más tarde, en 1770, una flota española capitaneada por el piloto santoñés Felipe González Ahedo (o Haedo) desembarcaba por vez primera en el archipiélago, procedía a realizar un levantamiento cartográfico de sus costas y fondeaderos, entablaba contacto con los jefes de las tribus locales y tomaba posesión de la isla para el Rey Carlos III de España, rebautizándola como Isla de San Carlos.

Este hecho, que apenas se conoce fuera de los ámbitos estrictamente académicos, constituye sin embargo uno de los acontecimientos más notables y curiosos de cuantos ha protagonizado a lo largo de su historia la Armada Española.

Costas y fondeaderos Isla de Pascua.
Plano de la ensenada de la Isla de Pascua (Isla de San Carlos).

Felipe González de Haedo, nacido en la preciosa localidad cántabra de Santoña en 1714 y fallecido en Cádiz en 1802, tuvo una exitosa carrera en la Armada como oficial y cartógrafo. Es recordado, precisamente, por el logro de haber llegado a la isla de Pascua para tomar posesión de ella en nombre de la Corona de España, encargándose de organizar el trabajo científico posterior.

Reconstruida su vida sobre documentos históricos, su Hoja de Servicios menciona su primer destino en la Armada a los trece años de edad, en 1727, como ayudante de Piloto en la urca San Bernardo, acompañando a su padre que, en esa época, era teniente de fragata. A partir de ahí, no abandonó los viajes por los mares de todo el mundo al servicio de la Armada, logrando forjar una carrera militar muy dilatada y de gran éxito. Haedo participó en diversas campañas, como en Nápoles o en la Guerra de la Oreja de Jenkins, donde fue reconocida su valentía en la Batalla de Cartagena de Indias. Luchó igualmente contra corsarios y llegó a participar en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos contra Inglaterra.

Fueron diversos los objetivos que el virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent, encargó al marino de Santoña a la hora de organizar la expedición por el Pacífico Sur. En primer lugar, se le encomendó patrullar las costas chilenas, para verificar la existencia de posibles asentamientos de tropas hostiles. Esa misión se fundaba en los informes que indicaban la presencia en aquellas aguas de corsarios y navíos ingleses o franceses que podían poner en peligro las rutas comerciales españolas. Por otra parte, la misión pretendía buscar el paradero de la célebre Tierra de Davis y, llegado el caso de dar con ella, estudiar minuciosamente el territorio y tomar posesión del mismo.

Realmente era como buscar una aguja en un pajar, pero la maestría de Haedo como marino y cartógrafo hizo que cumpliera el objetivo sin tacha. El navegante de Santoña partió del puerto del Callao el 10 de octubre de 1770 como Comandante al mando del navío San Lorenzo, acompañado de la fragata Santa Rosalía. En total, los dos buques de guerra reunían una tripulación de unos setecientos marinos pertrechados con víveres para seis meses.

¿Cómo llegar a la Tierra de Davis? Ese objetivo, cumplido el 15 de noviembre de 1770 con sorprendente eficacia, llegó a buen fin gracias a un estudio detallado de gran número de cartas marinas y anotaciones de navegación procedentes de expediciones de varias naciones. Haedo, una vez logró el objetivo de marcar en un mapa sin posibilidad de error la posición de la isla, no perdió el tiempo y ordenó a la expedición el registro completo de la costa para elaborar un mapa con la localización de todos los accidentes geográficos susceptibles de servir como puertos. Comenzó así el estudio científico de la isla de Pascua que, junto a mapas y dibujos de todo tipo, se completó con extensas descripciones de los hallazgos.

Llegado el momento de aproximarse, Haedo ordenó enviar dos botes con guardias armados y equipo cartográfico a las cercanías de la isla. El grupo localizó los fondeaderos adecuados para que la flota pudiera guarecerse y permanecer un tiempo establecida en las cercanías de la isla y, además, pudieron comprobar en la lejanía que Pascua se encontraba habitada. Al principio hubo mucha cautela, lo que parecían grandes y gruesos árboles colocados simétricamente en la costa resultaron ser gigantescas estatuas de piedra. Igualmente, lo que en la lejanía podía ser confundido con grupos de soldados hostiles, quedó pronto claro que eran habitantes nativos. ¿Se repetiría el incidente de los holandeses? ¿Recordarían los habitantes de Pascua su trágico primer encuentro con los europeos? Pronto lo iban a averiguar.

Siguiendo meticulosamente sus órdenes y los protocolos establecidos en la Armada, el comandante Haedo no se precipitó. Ordenó a sus botes y lanchas rodear cuanto fuera necesario toda la isla para completar el mapa de la costa y para anotar cualquier detalle de interés que fuera reconocible en el territorio. El estudio de la información recopilada animó a Haedo para fondear finalmente y, para su sorpresa, al poco llegaron dos nativos nadando sin mostrar ningún miedo, como si el mal recuerdo de la expedición holandesa se hubiera borrado de su memoria colectiva. Los dos visitantes se mostraron fascinados con la ropa y los uniformes españoles. Regresaron a tierra con varias camisas de regalo y, al poco tiempo, no fueron dos sino decenas los isleños que se acercaron al fondeadero solicitando ropa. Realmente aquel encuentro no pudo haber marchado mejor, los españoles fueron acogidos con gran alegría. Acompañados en todo momento por un gentío curioso fueron descubriendo los moáis, la extraña escritura de Pascua, fueron anotando y midiendo todo lo que encontraron para conformar un informe científico realmente impresionante. Ahora bien, lo que más llamó la atención a la expedición, tal y como consta en esos informes, fue el contraste entre los gigantescos ídolos de piedra y la completa ausencia de tecnología de cualquier tipo que parecían mostrar los isleños, no lograban entender cómo gentes aparentemente primitivas habían logrado tal gesta.

A pesar de intentar comunicarse con la gente de Pascua en más de veinte idiomas diferentes, no lograron entender nada pero el esfuerzo por comunicarse, por medio de gestos y dibujos, hizo que se pudiera crear algo así como el primer diccionario español-rapanui de la historia, tal y como constata Francisco Mellén Blanco en sus investigaciones. Todo un logro para una expedición que pasó escasos días en Pascua, un tiempo en el que no dejaron ni un momento de anotar todo lo que encontraron. Sorprendente les resultó también la ausencia de bosques o vegetación espesa. La pobreza del terreno podría justificar que la población no recordara el incidente con los holandeses. Tal y como entendieron, gracias al improvisado diccionario, había cierta norma entre los habitantes de Pascua por la cual el número total de pobladores de la isla no debía superar nunca las 900 personas. Así, los isleños contaron que, como esa cifra era la única que la tierra podía mantener, se mataba a los que superaban los sesenta años de edad si nacía algún niño. En caso de no haber nadie de esa edad, se eliminaba a la criatura, manteniéndose siempre los 900 pobladores. Si aquello fuera cierto, no resultaría nada raro que no quedara nadie capaz de recordar el encuentro con los holandeses. De hecho, los detalles que recogieron parecen mostrar que, aunque pueda parecer sorprendente, la norma se cumplía, pues no encontraron ancianos ni personas con defectos físicos.

Terminada la primera recolección de datos científicos, Haedo ordenó cumplir con lo establecido en el plan. Se preparó así toda una ceremonia que dejó pasmados a los isleños, con soldados en formación, el izado de la bandera de España, capellanes cantando letanías, tres grandes cruces de madera erigidas en varios cerros y un discurso ceremonial. Los indígenas ayudaron incluso en la tarea de transportar las pesadas cruces de madera.. El responsable de este destacamento fue otro cántabro: un vecino de Vargas, capitán de fragata, llamado José Bustillo y Gómez de Arce. Reunidos en la cota más alta de la isla, los militares procedieron a formalizar la toma de posesión de la isla, los capellanes bendijeron la ceremonia y los jefes de las tribus locales la respaldaron, hasta el punto de suscribir un documento en el que, mediante cruces, mostraban su conformidad con los fabulosos acontecimientos que allí se estaban produciendo. Reunidos todos, alguien gritó: «¿Viva el Rey!». Inmediatamente se oyeron las salvas de fusilería, contestadas por 21 cañonazos de los navíos ‘San Lorenzo’ y ‘Santa Rosalía’.

Lo que sucedió a continuación fue algo único en la historia. Entre los flamantes uniformes de la Armada, se organizó una firma para los isleños. En teoría con aquel documento la población de Pascua reconocía la autoridad de España sobre el territorio recién descubierto, aunque no queda claro que lograran entender de qué iba todo aquello. Se firmó así el primer documento de la historia en el que, junto a un texto en castellano, aparecen las “firmas” de los dignatarios de Pascua dibujadas con signos de escritura jeroglífica rongo-rongo.

Con impecable perfección, la expedición de Haedo no se apartó ni un momento de sus protocolos y órdenes. Completada la cartografía y los informes, se despidieron de los habitantes de Pascua y retornaron a América, donde Haedo presentó oficialmente su diario y los diversos informes científicos recopilados.

En 1772, González de Ahedo regresó a España, estableciéndose en Cádiz. Durante los años posteriores fue integrante de una escuadra bajo mando de Luis de Córdova, tomando parte, entre otras hazañas, en el apresamiento del navío inglés Ardent, armado con 74 cañones.

Posteriormente sirvió en diversas escuadras dedicadas a combatir a las naves piratas y buques de guerra extranjeros que acosaban a naves mercantes españolas en el Atlántico y en el Pacífico. Finalmente falleció en Cádiz, ya anciano, el 26 de octubre de 1802.

Bibliografia:

Historia de Iberia Vieja, número 72, junio de 2011.

Sociedad Geográfica Española (2009). Atlas de los Exploradores Españoles. geoPlaneta.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s