LA BATERÍA DE CABO MENOR.

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Ruinas de la Batería de Cabo Menor en el 2011.

La batería de Cabo Menor en Santander es un magnífico ejemplo de fortificación costera de pequeñas dimensiones, típica del siglo XVIII. En uso durante poco más de un siglo, fue abandonada en la década de 1840 y se fue arruinando. Con el fin de facilitar una posible intervención arqueológica, en este trabajo se ofrecen datos sobre su evolución constructiva y se señalan los elementos que aún se distinguen en la ruina.

De todas las baterías costeras con que contó Santander en los siglos XVIII y XIX hoy apenas quedan algunos restos de la de Sandoval, levantada en 1898 en la península de La Magdalena, y de la de san Matías o de Cabo Menor, sobre el promontorio de igual nombre, construida a comienzos del siglo XVIII y modificada por última vez con ocasión de la I Guerra Carlista.

Hubo una tercera interesante en grado sumo por su muro aspillerado concluido también en la década de 1830, la de san Pedro del Mar, que muy recientemente ha desaparecido al realizarse sobre ella una obra moderna para su “puesta en valor”; esta destrucción incluso se publicitó como ejemplo de “recuperación y reconstrucción de los muros de la Batería tal y como era en el siglo XVII, según consta en unos planos existentes en el Archivo de Simancas”

En Cantabria no es frecuente llevar a cabo seguimientos arqueológicos de las intervenciones que se efectúan en bienes de arquitectura militar, quizá por el desconocimiento de su peculiar leguaje arquitectónico por parte de los profesionales (PALACIO, 2004 y 2008): los ejemplos más recientes son la batería alta de San Martín, Bien de Interés Cultural, y el polvorín de El Dueso, ambos en Santoña.

Para el caso de que se invierta esta tendencia (en Santander las obras de “reconstrucción” de la batería de san Pedro del Mar sí han contado con el concurso de profesionales), vamos a ofrecer algunos datos históricos y constructivos de la de Cabo Menor, de la que aún permanece en pie un tambor aspillerado y cuyos restos podemos apreciar en las imagenes.

ORIGEN DE LA BATERÍA Y PRIMERAS ACTUACIONES

El temor a un desembarco enemigo en el Sardinero llevó al corregidor Andrés de Mieses a comenzar a finales de 1702 una extensa línea de trincheras y estacadas a lo largo del Sardinero, en la que se colocaron numerosos reductos de campaña que no pasaban de ser parapetos terreros contenidos por estacas: se trataría, de oeste a este, de las baterías de san Matías o Cabo Menor, san José, san Francisco, san Emeterio y Celedonio (o de los Mártires), san Juan Bautista, san Antonio de Padua, san Fernando y santa Bárbara (ésta ya en la Magdalena).

Cuando el 6 de enero siguiente envió al Consejo de Guerra una relación de lo hecho y gastado (13.537 reales de vellón, todo a cuenta del concejo), aquél le ordenó el cese inmediato de las obras (se habían emprendido sin su conocimiento) al señalar que incluso pudiera haber que demolerlas más adelante por no realizarse con la asistencia de ingenieros. Esta orden impidió que se reforzaran fortines del Sardinero y se pusieran cubiertas para la artillería y casillas en los almacenes, aunque inmediatamente se encargó un estudio pormenorizado de lo necesario para poner en perfecto estado las diversas baterías, sacándose las obras a subasta tras efectuarse el correspondiente repartimiento (PALACIO, 2011a: 94-95).

Lo endeble de su factura hacía que este tipo de defensas requiriera continuos reparos, y la ausencia de tinglados y edificios contribuía a su nulo valor militar; así, en 1715, el corregidor Luis de Izco informó de que todos los reductos y baterías del Sardinero estaban “indefensos, espezialmente los que no tienen Cubiertos para la Artilleria de que resulta que las cureñas en que estava montada se allan sin provecho para el disparo”. Por ello éstas del Sardinero se volvieron a levantar en 1719, según informes de ingenieros de finales del siglo XVIII.

Tras la organización definitiva del Real Cuerpo de Ingenieros en 1718, algunas comisiones de ingenieros militares comenzaron a viajar por todo el territorio de la Monarquía, visitando los lugares fortificados y levantando planos y mapas del terreno y de las obras existentes (CAPEL, 2005: 247), y en abril de 1725 el ingeniero director (brigadier) Louis Viller Langots fue comisionado “para poner en buen estado de defensa los castillos y puestos de aquellas costas [de las Cuatro Villas]”. Como para ese momento las construcciones navales habían vuelto al astillero de Guarnizo, al fondo de la bahía, el rey mandó por mediación del teniente general José Carrillo de Albornoz que “se pusieran en el mexor estado las Baterias que se hallan colocadas y se creen necesarias” para su defensa, ya que sólo estaban en servicio las de san Martín, La Cerda y Hano.

Un año más tarde, Isidro Próspero de Verboom fue destinado como ingeniero en jefe (coronel) al corregimiento de las Cuatro Villas, y a lo largo de septiembre y octubre realizó, con la supervisión de su superior Langots y acompañado por su hermano el ingeniero segundo (teniente coronel) Juan Baltasar y un todavía aprendiz François Llobet, un reconocimiento de “las costas de Santoña y Santander”, ya que se temía que los ingleses proyectasen “ir a quemar los astilleros que alli se hallan” (RABANAL, 1990: 276-278 y 309). Esta visita de inspección estableció las líneas maestras de lo que durante más de un siglo fue la base de las concepciones defensivas de las dos bahías más importantes de Cantabria, a pesar de que en algunos casos su ejecución no se acometió hasta la Guerra de la Independencia.

Verboom pensó en cerrar las golas de las baterías del Sardinero y recomponer sus parapetos y cortinas revistiéndolos de mampostería, lo que prueba el carácter deleznable de su composición. Las que debían merecer especial atención eran las de santa Bárbara (punto central para el que se proyectó un reducto capaz para doce cañones de hierro de a 24 libras), Los Mártires y Cabo Menor, cuyas fortaleza y capacidad de fuego también debían ser aumentadas convenientemente.

Así se describía lo existente en Cabo Menor: “Esta situada a la punta del cavo y en mui buena situación para cruzar sus fuegos con la de Santa Barbara y Castillo de Ano, de que esta distante 1100 tuesas, que es la travesia de la ensenada; Por lo que conviene que contenga hasta 12 Piezas de à 24 y alargando un poco su cubierto, cerrarla tambien, para que resista a un golpe de mano, y que obligando a un enemigo de batirla con Artilleria, pueda dar tiempo à ser socorrida”.

Langots, a quien se le había asignado un delineador para que le acompañara en sus comisiones, debió dirigir la realización de los numerosos planos y perfiles de esas obras que se consideraban convenientes: san Martín, La Cerda, Santiago de la Peña, Hano, santa Bárbara, san Juan, san Antonio, Los Mártires y Cabo Menor. De este momento datan los más antiguos planos que conocemos de Cabo Menor, aunque por desgracia se han perdido los informes que los acompañaban, e incluso la mayor parte de los dibujos no fue concluida: algunos no se llegaron a iluminar y en general no se les añadió la explicación que debía figurar en la cartela reservada al efecto.

La traza nos interesa doblemente, ya que en primer lugar refleja el estado de la batería (en carmín de acuerdo con las convenciones de la época): sobre poco más de 200 m2 se disponía un parapeto curvo de modestas dimensiones hacia el sur y el este, dotado de seis cañoneras, con un pequeño repuesto a retaguardia, subdividido en dos compartimentos, con entrada por el oeste y tejado a una agua.

Amortizando tan modesta estructura se pretendía levantar otra de mucho mayor porte conforme a los patrones de la obra costera más clásica, la que Pedro de Lucuze llamaba por su forma “de herradura de caballo” y que consistía en un fuerte con batería curva que se cerraba la gola mediante un pequeño frente abaluartado o un muro con aspilleras y foso para hacer frente a un ataque por la retaguardia y defender la puerta (LUCUZE, 1772: 96-97). Tendría cañoneras para doce piezas de a 18 y a 24 libras y sería una estructura cerrada con muro (aspillerado en parte), semihornabeque en la gola para la defensa del frente de tierra (al norte, donde se sitúa la entrada) y foso perimetral. En el interior dos edificios a un agua enfrentados: el del este para cuerpos de guardia y el del oeste para almacén de repuestos, con tinglado para la protección de las cureñas en tiempo de paz.

Estos planos, aunque carecen de fecha y firma, son indudablemente de la primera mitad del siglo, como denotan la tipología y el empleo de las toesas como unidad de medida.

Simultáneo debió ser otro proyecto, similar aunque con algunas diferencias significativas, como el hecho de hacer el edificio de la parte oeste a dos aguas y el del flanco este (reservado para almacenes de pertrechos y pólvora) con tejado a prueba de bomba. El Centro Geográfico del Ejército data los planos resultantes en 1730, aunque no hemos encontrado documentos que apoyen esa cronología, pues según nuestros estudios ningún ingeniero estuvo en Santander hasta al menos el final de la década.

Sin embargo, como la orden era reducir los gastos a sólo los imprescindibles, los trabajos (imposibles de presupuestar “por ser todos remiendos que montarán à mas ô menos coste, conforme se fuere descubriendo al tiempo de trabajar la calidad de lo que hoy existe”) se limitaron a la recomposición de sus parapetos con fajinas, no variando en nada su estructura.

En 1738 y a causa de las tensiones con Gran Bretaña se pidió opinión a Llobet sobre la conveniencia de reparar las baterías del Sardinero, pero cuando se realizaron trabajos de fuste fue el año siguiente con motivo de la Guerra de la Oreja de Jenkins (y la llegada a Santander de la Flota del Azogue). Felipe V dispuso el envío de 40.000 reales de vellón para recomponer algunos reductos, en los que se prevendría todo tipo de pertrechos y se montarían cuarenta y siete cañones de varios calibres procedentes de La Cavada (concretamente se llevaron desde el probadero de Tijero).

Los puntos que se decidieron mantener y artillar fueron Hano, La Cerda, Cabo Menor y san Juan. Nuestra batería estaba entonces bien dotada, pues contaba con cuatro piezas de a 24 montadas en cureñas completas, noventa y dos balas, nueve barriles de pólvora, dos juegos de armas, veintitrés espeques y cuarenta y cuatro sacos de metralla. Todavía cuando en 1743 el alcalde mayor hubo de partir a Madrid se decidió nombrar a alguien que, en su lugar, se ocupara “de la vigilancia de las fuerzas, baterías, castillos, calas y atalaya para impedir cualquier intento de invasión en la presente guerra”, colocando una guardia en Cabo Menor y un centinela en la garita de Cabo Mayor.

En 1739 también se envió a un facultativo, el coronel del Ejército e ingeniero segundo Leandro Bachelieu, quien llegó el 25 de agosto y levantó planos, mapas, perfiles y tanteos de las fortificaciones costeras hasta Guipúzcoa, que no conocemos y de los que quizá estos planos formaran parte. Respecto a Cantabria, en diciembre elevó un primer informe con una relación del estado defensivo, emprendiéndose luego varias obras de diversa importancia.

Uno de esos planos (quizá de Bachelieu, como va dicho) recoge la situación de Cabo Menor: su estructura no había sufrido ningún cambio y continuaba abierta hacia el oeste, si bien parece que las cañoneras de su batería se habían fortalecido a base de tierra y como novedad se había prolongado con otras cinco hacia el sur para batir directamente la ensenada, ambos conjuntos unidos con un ancho espaldón para proteger los movimientos de la tropa.

Respecto al proyecto, retomó la idea de reforzar considerablemente el promontorio pero levantando un reducto muy distinto al proyectado por Verboom años atrás. En esencia se diseñó una obra con gran potencia de fuego para alejar a los buques enemigos de las inmediaciones del Sardinero (sus doce cañoneras del sur y del este alojarían sendas piezas de a 24 sobre cureñas de Marina), pero todo el conjunto adquiría una forma notablemente alargada para contener en su interior gran cantidad de edificios para la numerosa guarnición que debía servir en él: cuartos para los oficiales, para los soldados y para los artilleros; almacenes para pólvora, pertrechos y víveres, aljibe y un amplio cubierto para la artillería. Es decir, se pretendía que fuera capaz de resistir algo más que un golpe de mano, gracias a las dos cañoneras para piezas de a 8 emplazadas en su gola y a los frentes abaluartados y completamente aspillerados en las caras norte y oeste.

MUCHOS PROYECTOS, POCAS REALIZACIONES

En febrero de 1749 se ordenó que el ingeniero ordinario (capitán) Pedro Bordan pasara a “reconocer el estado obras y reparos que necesiten las fortificaciones y edificios militares de ella [la costa del corregimiento], cuia manutencion corresponda a la Real Hacienda, formando Relacion y tanteo individual de su consulta”. Comprobada la ruina general, redactó en consecuencia un total de veintiséis relaciones “de los reparos que se proponen ejecutar en los Castillos y Baterías de esta Ciudad”, reparos que se realizaron de modo incompleto y cuya ejecución se dilató varios años.

Entre los días 7 y 9 de mayo de 1752 Bordan realizó junto al gobernador de la plaza, marqués de la Conquista Real, un “exacto reconozimiento” de las baterías de Santander para proponer aquellas que debían conservarse (Cabo Menor, San José, San Juan, San Antonio, Hano, La Cerda, San Martín y San Felipe) y las que por el contrario debían abandonarse; estas últimas resultaron ser las de Santiago de la Peña (a causa de su inmediatez de La Cerda y Hano), santa Bárbara, san Fernando y san Francisco (por tener las peores condiciones de todas las existentes en el Sardinero). Salvo Cabo Menor, en todos los demás casos se trataba de remozar las obras antiguas, “que desde el año pasado [1751] se han acavado de arruinar por su mala fabrica, y haverse llevado los paisanos la mayor parte de los matheriales de dichos puestos, que aunque viejos huvieran servido”.

La que nos ocupa tenía para Bordan gran importancia, ya que “defiende a mas el surgidero de dicha concha de Sardinero, distante de unas 250 toesas, el que se halla en medio de esta, y de la de san Joseph”. Era partidario de construirla de nueva planta “à treinta toesas mas debajo de donde se halla para 9 cañones, pues sus fuegos seran de mucho mas rasantes, y reciviràn de reves los Navios que entren doblando el cabo”. El terreno en declive obligaría a “romper la peña” para nivelar el emplazamiento, y su proximidad al acantilado exigiría poner ante el parapeto a barbeta tierra o “piedra majada” para minimizar los efectos de los golpes de mar. El edificio, de 20 toesas cuadradas, sería capaz para dos cuerpos de guardia (tropa y oficial), almacén y cobertizo. El coste total de este proyecto ascendería a 27.266 reales.

En 1762 se envió al capitán de Ingenieros Tomás de Rojas a reconocer los puntos fortificados: “La bateria de cabo menor y a tres quartos de legua de esta Ciudad bate el surgidero de la concha del Sardinero: esta con merlones que deven quedar a barbeta, no tiene plataforma, hay un almacen para peltrechos y un repuesto para polvora y un cubertizo todo sin cubrir en el qual se deve hacer un Cuerpo de Guardia y otro cubierto delante de los almacenes”; asumiendo los postulados de Bordan expuso que “como esta bateria esta elevada y apartada del mar y colocada detras de unas peñas que no descubre nada, ni puede tirar quando los navios estan ya en el Surgidero, sería muy combeniente abandonarla y hazer otra nueva a 34 toesas mas abaxo orilla del mar, cuios fuegos serian mucho mas cerca del surgidero y orizontales descubririan quando los navios empiesan a doblar el cabo, sea para entrar en la ria ó para fondear el exprezado surgidero” (PALACIO, 2007: 80).

Plano y Perfil de la Batería de Cabo menor, 1763.
Plano y Perfil de la Batería de Cabo menor, 1763.

En su informe, el miembro de la Junta de Fortificación Miguel Marín no se mostró partidario de eliminar los merlones, pues “aunque ay algunas opiniones de que las Baterias contra el mar han de ser a Barbeta, la experiencia a manifestado siempre la falta que hazen los merlones”. También manifestó con muy buen criterio que las seis baterías repartidas por la concha del Sardinero eran excesivas, bastando las de Cabo Menor y san Antonio, que con la de Hano cruzarían sus fuegos ahorrándose una excesiva dispersión de los recursos. Se repararon efectivamente sólo las baterías de Cabo Menor, san Juan (y no san Antonio) más Hano, la Cerda y san Martín.

Rozas fue relevado por Joaquín del Pino, quien realizó mejoras en la batería atendiendo a su importancia. Eliminó las cañoneras y asumiendo el proyecto de Bordan levantó un pequeño emplazamiento artillero para dos piezas gruesas a unos 50 m al sudeste y “en parage mas bajo que pueden ser de sumo beneficio sus fuegos”. En el conjunto principal explanó con losas de sillería la batería para ocho cañones de a 24 y adecentó las estancias ya existentes en el edificio: alojamiento para la tropa (veinticuatro soldados y seis artilleros) y para el oficial (por el que se accedía a un repuesto de pólvora); gracias a la anchura de su puerta, en tiempo de paz la mayor podría reconvertirse en almacén para las cureñas.

La declaración de guerra con Gran Bretaña de 1779, que se prolongaría hasta el Tratado de Versalles de 1783, parece que no exigió realizar en Cabo Menor nuevas obras, si bien las distintas baterías se reforzaron con veinte cañones de hierro de a 8 libras procedentes de La Cavada, y al año siguiente se mandó sustituir las piezas deterioradas por otras de igual calibre, lo que prueba que continuaba el descuido en su mantenimiento (PALACIO, 2011a: 103).

ayuntamiento solicitó a la Corona la puesta en defensa de la ciudad, enviándose al teniente coronel de Artillería Jerónimo Leoni como “Comandante de toda la costa del Mar de Cantabria” y poco más tarde Agustín Mazorra fue comisionado para articular la defensa costera. De febrero de 1793 es un informe de Beltrán de Beaumont que respecto a Cabo Menor volvió a incidir en la importancia de la posición; por ello consideraba “indispensable su reparacion”, pero más que simples reparos el ingeniero proponía obras de respeto que costarían 23.750 reales, ya que “faltandole una parte de muro que debe aumentarsele para su mas pronto y comodo servicio como igualmente un tinglado y dos piezas la una para guardar los efectos de Artilleria y la otra para repuesto de Polvora”.

Mazorra requirió un mes después el concurso del ingeniero Fernando de Aguirre Villarroel, quien fue concluyente: la coyuntura había puesto de manifiesto el descuido de las fortificaciones, pues aun “siendo este Puerto de Santander el que merece preferente atencion á los demas de esta Costa de Cantabria por la importancia de los intereses que en si encierra haviendo S. M. fomentado por todos los medios posibles su comercio” la mayor parte de los edificios estaba arruinada, no había por lo general tinglados, varias baterías seguían abiertas por su gola, etc. Su diagnóstico fue muy similar al de Beaumont: Cabo Menor precisaba “un reparo general y aumentarle un repuesto de Polbora con su buen tinglado para preservar los Cañones de las Aguas, faltándole asimismo una garita para la Centinela”; es decir, desde Del Pino no se había tocado su disposición.

La firma del Tratado de San Ildefonso acarreó en octubre de 1796 la ruptura de hostilidades con la Gran Bretaña, y como a mediados del año siguiente la situación se había vuelto crítica para las armas hispanas, el capitán de Infantería e ingeniero extraordinario Antonio de Sangenís y Torres fue comisionado para reconocer la costa cántabra comentando el estado de cada una de las fortificaciones existentes, evaluando “si los objetos á que se dirigen y defienden, son proporcionados con los gastos que ocasionan al Erario su conservación y servicio” y presupuestando los importes que exigirían sus reparaciones y mantenimiento.

Sangenís puso de relieve lo absurdo y costoso que era mantener la gran profusión de baterías en la zona del Sardinero, cuando “bastarán para su defensa de tres ó a lo mas quatro Baterias, situadas dos en sus cabos ó extremos [Cabo Menor y Hano] y una ó dos en los puntos intermedios [san José, san Juan]”; de hecho, de las cinco que se habían habilitado en el Sardinero en 1793 la de san Francisco ya estaba destruida sólo seis años después.

Como en caso de un ataque a cargo de navíos Cabo Menor carecía de un través que protegiera las enfiladas por su flanco norte, propuso en julio de 1797 levantar esta protección, “un robusto espaldon que, teniendo una ó dos cañoneras con la direccion mas justa y conveniente, sirvan no solo para ofender á los enemigos, sino tambien para evitar que por ellas enfilen y desmonten su Artilleria”; esta obra y “demas ligeros reparos” tendrían un coste estimado en 7.100 reales de vellón.

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Ruinas de la batería de Cabo Menor en el 2011.

 EL SIGLO XIX Y LAS ÚLTIMAS REFORMAS EN CABO MENOR

A finales de 1804 se tomó más en serio la cuestión de la costa cantábrica, y se dispuso que pasara un oficial de Ingenieros para cubrir “el Puerto de Santander y costa adyacente”, siendo comisionado para tal fin el sargento mayor del Arma Juan Giraldo, quien centró sus atenciones en “las importantes baterias, Cuerpos de Guardia y repuestos” de san Pedro del Mar y Cabo Menor para que pudieran “recivir lo mas pronto posible sus municiones, juegos de armas y guarnicion”.

Éstas debían de estar prácticamente arruinadas, ya que Cabo Menor precisaba todo tipo de materiales de carpintería para la “reedificacion” de sus edificios (tirantes, tercias, soleras, cabrios y cuartones), lo que puede hacernos imaginar el estado en que se encontraría tras varios años de abandono. En abril, Godoy autorizó un gasto de 100.000 reales “para las atenciones de la Costa y Puerto de Santander” y otros 8.000 para el entretenimiento de los cuarteles.

Puesto que tras la Guerra de la Independencia (en el transcurso de la cual quizá se realizara la ampliación del edificio ya existente en 1819)  las tensiones no acabaron y siguió reinando la inseguridad en toda España a consecuencia de las pugnas entre liberales y absolutistas, Fernando VII aprobó en 1816 varias obras para Santander, encargándose en 1819 al ingeniero José Parreño y Pastor, responsable de las defensas cántabras, los correspondientes proyectos para la reedificación de Hano (que no se llevó a cabo) y la puesta en el mejor uso de Cabo Menor.

Los detallados planos de Parreño, de julio de 1819, muestran que su situación era plenamente operativa: la superficie había aumentado hasta los 340 m2, el cuerpo de guardia de la tropa tenía su tarima de madera para los catres, el cuarto para el oficial poseía cocina propia, había almacén de pertrechos (dada la anchura de su puerta, 2 m, quizá sirviera también para resguardar los cañones) y repuesto de pólvora anexo con el obligatorio entarimado para proteger el explosivo de la humedad. Una mínima protección del frente de tierra lo ofrecía una zanja de poco más de 1,5 m de anchura, mientras otro “pequeño foso” recorría el frente de la barbeta. Seguía existiendo al sudeste el “emplazamiento bajo” para artillería que tanto mejoraba los efectos de la posición. En este sentido, lo que Parreño proyectó sólo fue la elevación del parapeto hasta el metro y medio para poder montar los cañones sobre marco alto y proteger así más eficazmente a los servidores de las piezas.

Tras la entrada de los Cien Mil Hijos de san Luis los puntos fortificados con que contaba Santander se limitaron a los de san Martín, La Cerda, Hano, Cabo Menor y san Pedro del Mar, que montaban en total treinta y cinco piezas de diversos calibres, si bien su carácter de baterías costeras hacía que predominaran ampliamente las de a 24 libras. Pero un informe anónimo de 1825 desvela su general deterioro: explanadas y parapetos estaban deteriorados, y pudiendo montar seis cañones estaba desartillada; se hacía hincapié en que constituía un recinto cerrado, al oeste por un muro y rastrillo, al sur y este por el parapeto a barbeta, y al norte por los edificios “suficientes á su servicio”. Una novedad la constituía la existencia al norte de otro emplazamiento avanzado para batir la pequeña ensenada entre Cabo Menor y Cabo Mayor, que debió construirse en los años inmediatamente anteriores pues no aparece en el plano de Parreño.

El informe de 1830 del inspector del cuerpo de Ingenieros Ramón Calbet nos ofrece el detalle de que para esa fecha se había construido un tercer emplazamiento para cañones, contándose por lo tanto con dos separados del cuerpo principal, “uno muy pequeño y el otro mayor, que se prepararían para aumentar con los fuegos de las piezas que se destinase a ellas las defensas de aquella ensenada y descubrir mejor lo que no lo estubiese suficientemente de la Bateria”. Por lo demás, ofrecía pocas novedades: aunque nada se hizo, pedía su conservación y mejora, al menos en el espesor y altura del parapeto (“en dos lineas rectas formando un angulo obtuso, es sencillo y á barbeta con tres pies de espesor y la explanada de losa de silleria”) y en la colocación de cureñas de costa, no ocurriendo lo mismo con los dos emplazamientos cercanos.

Por fin, con motivo de la I Guerra Carlista en 1834 Miguel de Santillana realizó proyecto para rehabilitar la batería: por importe de 3.674 reales de vellón, se debía reparar la explanada de sillería “i revocar la cresta de la barbeta”, abrir a la espalda del edificio ventanillas de corredera y dieciocho aspilleras, levantar un tambor de mampostería en la esquina sureste, elevar los muros de los costados abriendo en ellos ocho aspilleras, limpiar el foso haciéndolo más profundo y colocar en la entrada un rastrillo de dos hojas. La ejecución del tambor (Lámina 05) nos lleva a pensar que se realizaron asimismo los demás trabajos, que fueron los más importantes en toda su historia.

No se hicieron más obras en Cabo Menor, si bien en las décadas siguientes abundaron los proyectos para su reforma y ampliación, como los de 1869 (en Cabo Menor se instalaría un fuerte cerrado por la gola con catorce piezas acasamatadas) (PALACIO, 2011b: 122-123) y 1904 (el coronel de Ingenieros Francisco Roldán propuso construir una batería para seis cañones de acero comprimido de tiro rápido, cuatro de 21 cm y dos de 57 mm, con un coste de 200.000 ptas.)

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Ruinas de la batería de Cabo Menor en el 2016.

CONCLUSIÓN

La batería de Cabo Menor responde a un modelo habitual de fortificación costera del siglo XVIII: una estructura totalmente cerrada, de pequeñas dimensiones, compuesta por un frente de tierra para permitir la defensa ante un golpe de mano y un frente marítimo con batería a barbeta, y en el interior las dependencias mínimas para asegurar el servicio.

Su estructura prácticamente no varió a lo largo del siglo largo que estuvo operativa (Lámina 06). Originalmente de tierra y fajina, en 1726 ya poseía seis cañoneras de campaña y un cubierto para las piezas, para 1740 ya contaba con una batería más baja hacia el sur con otras cinco cañoneras sobre plataformas de madera. En los años de 1760 se volvió a levantar otro emplazamiento al mediodía, más reducido pero en la misma zona que el precedente y esta vez de mampuesto, y nada más se hizo hasta la Guerra de la Independencia, cuando se amplió el edificio hacia el sur. Durante el Trienio se emplazó una plataforma aún más al sur (luego otra entre Cabo Menor y Mayor), y la última modificación se efectuó a comienzos de la I Guerra Carlista, levantándose un tambor aspillerado en el extremo sureste con el fin de ofender con fusilería un intento de desembarco en la ensenada del Sardinero.

El caso es que su sencillez estructural llenaba perfectamente el papel que tenía asignado, sin necesidad de emprender costosas obras que por otro lado hubieran requerido unas inversiones que ni la Hacienda (incapaz de obtener los ingresos que precisaba) ni los propios territorios implicados podían afrontar (PALACIO, 2007: 91).

En consecuencia, la batería mantuvo en todo momento su aspecto de modesto reducto típico del siglo XVIII, salvo el añadido en 1834 del tambor aspillerado, un elemento ausente en las fortificaciones costeras de Cantabria hasta la invasión francesa de 1808. Cualquier actuación en el entorno que implicara remoción de terrenos debería tener en cuenta sus vestigios, que forman parte destacada de la historia de Santander.

Texto por cortesía de Rafael Palacios Ramos (Doctor en Historia (Arqueología) para “Cantabria con Historia” .

BIBLIOGRAFÍA

BLASCO MARTÍNEZ, R. M. (2005): Los Libros de Acuerdos Municipales de Santander 1701-1765, Santander.

LUCUZE Y PONCE, P. de (1772): Principios de fortificacion, que contienen las definiciones de los términos principales de las obras de Plaza y de Campaña, con una idea de la conducta regularmente observada en el Ataque, y Defensa de las Fortalezas. Dispuestas para la instruccion de la juventud militar, Barcelona.

PALACIO RAMOS, R. (2004): “Actuaciones arqueológicas realizadas en fortificaciones de los siglos XVIII y XIX en Cantabria”, Sautuola X, Santander, 319-371.

PALACIO RAMOS, R. (2007): “El corregimiento de las Cuatro Villas, paradigma del complicado proceso de racionalización de las fortificaciones costeras a lo largo del siglo XVIII”, Revista de Historia Militar 102, Madrid, 67-96.

PALACIO RAMOS, R. (2008): “El patrimonio fortificado de Época Moderna en Cantabria”, Actas de las VIII Jornadas ACANTO sobre Patrimonio Cultural, Santander, 78-83.

PALACIO RAMOS, R. (2011a): “Las fortificaciones de la Edad Moderna en Cantabria, un esquema orientado a la defensa costera”, Castillos de España 161-162-163, Madrid, 93-106.

PALACIO RAMOS, R. (2011b): “La fortificación en Cantabria en el siglo XIX: pervivencias y cambios”, Castillos de España 161-162-163, Madrid, 117-128.

RABANAL YUS, A. (1990): Las Reales Fundiciones españolas del siglo XVIII. Arquitectura y vida militar en la España del Siglo de las Luces, Madrid.

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