GUARNIZO JUNTO A LA HABANA, PRINCIPAL ASTILLERO DEL IMPERIO ESPAÑOL EN EL SIGLO XVIII.

El Real Astillero de Guarnizo y la ría de Solía.
El Real Astillero de Guarnizo y la ría de Solía, el lugar más adecuado para la construcción naval en el Cantábrico: situada al fondo de la Bahía de Santander.

A partir de 1621, con las ordenanzas de Felipe IV, la guerra de corso experimenta un notable auge en el Cantábrico, y muchos marinos y empresarios cántabros participarán activamente en la misma.

También de la mar, y durante esta época, procede una de las grandes realizaciones en la Cantabria interior: la apertura del camino de Lunada para la comunicación con la Meseta, como consecuencia de los esfuerzos de Santander por atraerse a los comerciantes ingleses y holandeses. Es de destacar como los intentos de Cantabria por vencer su aislamiento geográfico con respecto al interior de la Península, han tenido casi siempre su origen en el mar, y así ocurrió también en la antigüedad cuando Roma construyó sus calzadas en esa tierra con el objeto de unir las ciudades del interior con los puertos cántabros para poder explotarlos.

Al parecer, también en el siglo XVIII se realizaron algunos trabajos en el camino de La Hermida para acceder a la madera de Liébana para la construcción naval, aunque su apertura total se produjo en el XIX para bajar el mineral de los Picos de Europa, y exportarlo por los puertos de la costa.

Igualmente, la construcción del camino real de Reinosa, y más tarde del ferrocarril Santander-Alar del Rey, tienen su origen en la exportación de las harinas de Castilla por el puerto de Santander. Pero los hechos más relevantes del siglo XVII en Cantabria relacionados con la Armada, serán el nacimiento de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada, y el establecimiento de Guarnizo como astillero permanente al servicio de la Armada. Aunque la creación de ambos se produce en este siglo, su momento de apogeo coincidirá con la tercera época dorada de nuestra Armada durante el siglo XVIII.

Este último siglo, gracias a la acción de Patiño y de Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, es testigo de la potenciación y reorganización de la Armada española. Paradójicamente, esto supondrá el ocaso de la intensa relación de Cantabria con la Marina española, pues al concentrarse las bases y arsenales en tres departamentos marítimos, Cádiz, Cartagena y Ferrol, acabará con los astilleros y fábricas de cañones y jarcias de Cantabria. Pero esto no se completará hasta finales de la centuria, y mientras tanto, lo que ocurrirá con esta potenciación de la Armada será la época dorada del Astillero de Guarnizo, y de las fabricas de cañones de La Cavada y Liérganes.

Cantabria, debido a la abundancia de hierro, madera, y la fuerza hidráulica de sus ríos, siempre había dispuesto de numerosas ferrerías y magníficos fundidores, que habían sido fundamentales para la construcción de naves y cañones, como ya se indicó al referirnos a la dinastía de los Ximones en el siglo XV, o como demuestra la existencia de una fábrica de anclas en el pueblo de Marrón.

Pero a comienzos del XVII, se instalan allí expertos fundidores flamencos que establecieron en Cantabria las bases de una poderosa industria artillera que, durante dos siglos, dotaría a la Armada de piezas tanto para sus buques como para las fortalezas costeras de todo el Imperio, y que cristalizó en la creación de las fábricas de Liérganes en 1617, y de La Cavada en 1638.

Estas fábricas fueron nacionalizadas en 1769 con el nombre de Reales Fábricas de Artillería, y no se limitaron exclusivamente a producir cañones, sino una amplia gama de piezas de fundición necesarias para los barcos. De los grandes complejos que las componían, con hornos, almacenes, escuelas, viviendas, etc., hoy en día sólo queda el Arco de Carlos III, que era la entrada principal de la fábrica de La Cavada.

El gran consumo de madera que requería su actividad provocó la deforestación de una buena parte de Cantabria, sobre todo su zona oriental, que hoy en día puede apreciarse aún al compararla con la occidental.

Por su parte, el astillero de Guarnizo era uno más de los varios que existían en el Cantábrico y que construían buques para la Armada, pero en 1639 ocurrió un hecho que cambió su historia. Una escuadra francesa atacó Laredo y Santoña, y destruyó los navíos que se estaban construyendo en esta última y en Colindres, lo que provocó que se buscaran lugares más protegidos para estas instalaciones.

El tinerfeño Díaz Pimienta, el marino más cualificado de su tiempo, fue el fundador del Real Astillero de Guarnizo al elegir la ría de Solía como el lugar más adecuado para la construcción naval en el Cantábrico: situada al fondo de la Bahía de Santander, con una larga y estrecha canal de acceso, que habitualmente cambiaba de curso, y siempre pegada a tierra y bien defendida por varios fuertes, presentaba la ventaja adicional de que allí se habían construido naves desde antiguo, además de su cercanía a las fábricas de cañones, junto con la abundancia de la madera de roble necesaria para los buques.

Durante la primera mitad del siglo XVIII, Guarnizo, junto con La Habana, fue el principal astillero de todo el Imperio español. Por allí pasarán los mejores constructores de buques, marinos y hombres de empresa, como Antonio Gaztañeta, José Campillo y Cossío, Zenón de Somodevilla, Juan Bautista Donesteve, etc, y sobre todo D. Juan Fernández de Isla y Alvear. Este gran empresario cántabro nacido en Isla en 1709 y, ligado siempre al Real Astillero de Guarnizo, proporcionará a nuestra Marina no sólo los mejores buques de que dispuso en esa época, sino también maderas para construirlos, jarcias, fierros y lonas para equiparlos y gobernarlos, y cañones para armarlos. La caída de Ensenada por contubernios políticos, arrastró también a Fernández de Isla, que se pasó el resto de su vida en contenciosos con el Estado. Al final, una vez muerto ya D. Juan, la justicia le dio la razón y el Rey nombró a su hijo conde de Isla-Fernández, por los servicios prestados a la nación, por sí mismo y, sobretodo por su padre.

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Navio El Real Felipe zarpando de Guarnizo recien artillado, con sus 114 cañones de buen hierro de La Cavada, deja por la popa la bahía de Santander y la isla de Mouro.

Sólo entre navíos y fragatas, sin contar otras numerosas embarcaciones menores, durante el siglo XVIII se construyeron en Guarnizo más de 50 buques, la gran mayoría de ellos en la primera mitad del siglo. Entre estos buques merecen destacarse algunos de ellos como por ejemplo el navío Princesa, construido en Guarnizo en 1729, de 70 cañones, y que apresado por los ingleses, fue el modelo de una larga serie de sus propios navíos que perduró hasta el Victory del almirante Nelson. Y también el Real Felipe, construido por Gaztañeta en 1732, de tres puentes y 114 cañones, que se adelantó medio siglo a los de su porte, y fue el más poderoso de su época. Cuando fue construido, los mayores navíos, portaban en torno a los 60 cañones, mientras que los que superaban los 100 no aparecieron hasta el último tercio del siglo. En realidad no fue igualado hasta la construcción del Santísima Trinidad en La Habana, que con sus 132 cañones fue el mayor navío de línea que existió jamás. Igualmente cabe mencionar al San Juan Nepomuceno, que fue el buque insignia de Churruca en la batalla de Trafalgar.

La segunda mitad del siglo, con la concentración de los arsenales en el Ferrol, Cádiz, y Cartagena, supone un rápido decaimiento de la actividad de Guarnizo. Eso sí, esta intensa relación con la Armada dejaría tras de sí la creación de un nuevo municipio de Cantabria, El Astillero, que hoy en día es uno de los más florecientes de la región. Por el contrario, otras actividades relacionadas con la Armada continuarían a pleno rendimiento durante todo el siglo, como la producción de artillería y la aportación de madera para la construcción de buques en los nuevos arsenales. Los puntos donde se daba salida a la madera eran principalmente: Santander, Santoña, Suances, San Vicente, Tina Mayor, Tina Menor y Oriñón.

Otro apartado que debe ser mencionado en esta época, es la fortificación de distintos puntos de la costa del Cantábrico, entre los que destacan las obras realizadas en Santoña, y que aún pueden contemplarse hoy. Desde antiguo, su posición estratégica era vital, dominando los accesos a la bahía donde estaban los astilleros de Limpias, Colindres, y la propia Santoña. Ya durante el siglo XVII se habían construido las baterías de San Martín y San Carlos, pero a lo largo del XVIII se llevaron a cabo otras obras que la convirtieron en uno de los puntos más fuertes de la costa cantábrica.

Durante este brillante siglo, además de la fabricación de cañones y navíos, el concurso de expertos constructores navales, la madera de sus bosques, o la fortificación de sus costas, como siempre Cantabria aporta a la Armada sus gentes de mar. Ilustres marinos como fueron, por poner sólo tres ejemplos entre otros muchos, los siguientes: Francisco Alsedo y Bustamante, Capitán de Navío muerto heroicamente en Trafalgar al mando del Montañés; José Bustamante y Guerra, nacido en Ontaneda en 1759, que fue el segundo comandante de la famosa expedición científica de Malaspina al Pacífico, y que en la misma estuvo al mando de la corbeta Atrevida; y Luis Vicente de Velasco e Isla, héroe de la defensa del castillo del Morro en La Habana en 1762 y nacido en Noja. Los ingleses, sus enemigos, le dedicaron un monumento y la marina británica disparaba, hasta principios el siglo XX, salvas en su honor al pasar ante su villa natal. Carlos III ordenó que siempre hubiera un barco de la Armada que llevara su nombre.

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