PEÑACASTILLO, EL PRIMER EMPLAZAMIENTO DE SANTANDER.

Peñacastillo, vieja peña a la que han ido las canteras comiendo poco a poco, arrancándole sus entrañas de piedra, y no dando importancia a la historia que encierra, la más antigua de la ciudad.

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Iglesia de San Lorenzo en Peñacastillo y camino en la ladera Sur de la Peña.

En el año 1025, se cita esta peña con un nombre muy expresivo: «Peña del Miradorio», y comenzamos a conocer su historia, misteriosa, olvidada, y hasta despreciada por nuestras gentes que por desgracia tenemos ese mal hábito. La verdad es que cuando llegamos de Torrelavega, a Santander por la vieja carretera, y nos encontramos con el perfil sorprendente de la mole verdinegra, cotero a cuya proa se destaca la iglesia del pueblo, llamada de San Lorenzo y acogedora de la Virgen de Loreto, según nos vamos acercando va la iglesia creciendo mientras se humilla y empequeñece el monte, con el efecto óptico de la proporción.

Parece que antiguamente «cuando Santander no era poblada» según Lope García de Salazar, los Escalante, tenían ya allí su vivienda, y cuenta que llegó a la peña de Castillo un obispo de Granada huyendo como otros muchos paisanos de la persecución sarracena y traía un gran tesoro que se enterró en una cueva para evitar posibles robos. Un esclavo le ayudó a soterrar aquel oro y al poco tiempo el obispo expiró. Un descendiente del esclavo, pasados los años y las generaciones, estando en la puerta de Triana se encontró con un hombre procedente de Santander, «e dixole, cristiano, si me quisieses sacar cautivo porque me vaya a Granada, yo te mostraré como falles oro y plata quanto quieras». El montañés pagó el rescate del siervo, y regresó a Peñacastillo «con señales ciertas, e halló aquel tesoro sepultado entre dos piedras».

Nos hemos remontado por lo menos al siglo XIV, pero no es esta la única vez que se cita la famosa cueva del tesoro que en ya un siglo después se llamaba ‘Cueva de San Andrés’. Nos cuenta el académico Enrique de Leguina, que el expediente se encuentra en el Archivo del Museo Británico y que el mismo lo consultó personalmente. Nos explica «que la caverna está en el centro del monte o cerro, y que la fuerte sombra indica a lo lejos la existencia de una cavidad profunda». Parece que un italiano llamado Marco Antonio comenzó a ser visitante asiduo de la cueva, midiendo, dibujando y calculando, y que los vecinos comenzaron a sospechar que era algo así como un espía por lo que fue detenido y llevado a la cárcel de San Sebastián desde la que envió un Memorial al Rey que lo era en aquel entonces Felipe II explicando que había acudido a Santander «para reconocer la cueva de Peñacastillo, que estaba encantada y atesoraba grandes riquezas». Pidió al rey protección y la consiguió y tras muchas aventuras el italiano salió por pies, dejando a todos con la boca abierta y por supuesto sin el ‘tesoro’.

A principios del siglo XVII los barrios o zonas que formaban la localidad eran Adarzo, Camino Real (luego Camarreal), Lluja, Ojáiz y San Martín. A partir de 1845 fueron creciendo otros núcleos, como La Reyerta (en San Martín) o Campogiro. Con el comienzo de los rellenos de la marisma situada al Sur de Peñacastillo en 1898, se comienza a llamar a la zona resultante Nueva Montaña; con la instalación de los altos hornos se construyen viviendas para los empleados, apareciendo las colonias de Bartolomé Darnís, El Carmen y Santiago Mayor. La toponimia responde al bastión tardocristiano que hasta el siglo XVI se erigió en el promontorio que dio lugar a la localidad. Hasta ese momento, el lugar pasó de ser el castillo de la peña a la Peña del Castillo, tal y como recoge un códice de la biblioteca catedralicia de Santander escrito por Santiago Diego. La fortaleza fue desocupada al incorporarse el pueblo a jurisdicción santanderina. A partir de entonces, la sillería fue desapareciendo para formar parte de viviendas cercanas. Ya en el siglo XX, los escasos vestigios desaparecieron al servir la ladera meridional como cantera local.

Durante el siglo XVI y XVII, las familias más destacadas de Santander, tenían en Peñacastillo sus casas de verano, como los Pámanes, los Herrera Escalante, los Azoños , (raza de armadores y marinos), y allí existió la antigua ermita de ‘Nuestra Señora de Loreto’, recogida hoy en día en la iglesia parroquial, desde donde protege el vuelo de los aviones que pasan sobre la peña surcando los cielos en un ¿Hola! o ¿Adiós! a la ciudad de Santander.

Limy rock
Detalle de roca caliza en lo alto de Peñacastillo. Testigo de cuando los mares eran tropicales hace cien millones de años.

Las investigaciones del periodista e investigador Jorge María Ribero-Meneses San José que realizó durante cerca de veinte años demuestran que el primer emplazamiento de la ciudad de Santander, anterior incluso al que en una época también remota existiera en la cumbre de Peña Cabarga, fue la peña a la que popularmente se conoce como Peñacastillo, habiendo tenido su raíz en aquella antiquísima ciudadela todos los más antiguos linajes santanderinos y siendo la toponimia de la ciudad una proyección a gran escala de la que originariamente designase a la mencionada peña y a su entorno inmediato.

La identificación de la Peña Castillo como primer asentamiento de Santander -en el que, dada su antigüedad y cuantos datos se conocen sobre él, cabe presumir la existencia de vestigios arqueológicos de primer orden-, sólo puede sumirnos en el desconsuelo y en la indignación, al haberse permitido desde hace décadas la virtual destrucción de dicho monte…, en aras de una cantera. Y ello -como sucede ahora con la vecina finca de Campo Jiro- a pesar de que ya se tenía constancia de la existencia en esa peña de un importante yacimiento paleolítico datado en el mismo período al que Altamira pertenece.

Dado que la fachada principal de la montaña era la que mira hacia la Bahía que antes bañaba las faldas mismas de Peña Castillo, es fácil deducir que las cavidades más importantes que se abrían en su seno se han perdido para siempre, no asistiéndonos ahora otra esperanza que la de que exista algún ramal o derivación en la fachada opuesta de la peña que, por haberse conservado relativamente intacta, pueda atesorar aún algún vestigio significativo de lo que fuera el primer asentamiento troglodítico de la ciudad de Santander. Estamos hablando de una ciudad prehistórica que aventaja en muchos miles de años a las más antiguas que hasta hoy se conocían en el ámbito de Mesopotamia.

Es lamentable que la presencia de los topónimos Peña Castillo y El Castro no hayan alertado a los historiadores sobre la posible existencia de una población, antiquísima, en un enclave tan absolutamente privilegiado y paradisíaco como el que ocupara la antigua Sant Anders o San Andrés. Como es deplorable que la propia ignorancia de los estudiosos e historiadores locales, empecinados en sustentar el dislate de que el nombre de Santander procede de San Emeterio, les haya impedido ver que el nombre de CUEVA ANDRÉS con el que era conocida la cueva principal de la cumbre de Peña Castillo, estaba no sólo documentando sino proclamando a voz en grito que era en esa cumbre en donde se hallaba el primer emplazamiento de la ciudad que siempre ha respondido a los nombres de Sant Anders, San Andrés o Santander.

La misma obcecación en querer hacer derivar Santander de San Emeterio es la que ha llevado a los eruditos locales a tildar de patrañas las fábulas que envuelven el pasado de Peña Castillo, incapaces de entender que la existencia de leyendas es el testimonio más elocuente e inequívoco de la enorme antigüedad de un lugar determinado. Sólo los enclaves enormemente antiguos poseen fábulas y esa ancianidad será tanto mayor cuanto más rica, compleja y enmarañada sea la urdimbre de mitos nacidos al calor de esos antiguos poblamientos o accidentes geográficos (montes, ríos, lagos…).

El primitivo emplazamiento de Santander no habría sido destruido si quienes tenían el deber de desentrañar el origen de la ciudad, en lugar de burlarse con suficiencia de las fábulas que circulaban en torno a Peña Castillo, se hubieran tomado la molestia de analizarlas y estudiarlas en profundidad, comprendiendo que la Mitología es la historia de la Prehistoria y que lo importante de un mito no es el mito en sí sino el trasfondo del mismo. En efecto y si se hubiera hecho esa pesquisa que personalmente y aun no teniendo ninguna obligación de hacerlo, me he molestado en realizar, los historiadores locales habrían descubierto que las fábulas en torno a Peña Castillo son un calco de las que perviven en Irlanda, entre unos pueblos que siempre han blasonado de su ascendencia cantábrica. Lo que (habida cuenta de que el poblamiento de Irlanda tras la última glaciación se produjo hace en torno a 10.000 años), ofrece una idea de la enorme antigüedad del enclave de Peña Castillo, contrastada arqueológicamente por los hallazgos efectuados en él hace más de un siglo.

Una de las pruebas más elocuentes y concluyentes en relación con el ilustrísimo origen de Peña Castillo, nos la proporciona el elevado número de iglesias y ermitas que han existido en torno a ella y de las que algunas perviven, otras nos muestran aún sus últimos sillares, unas terceras aparecen documentadas en libros y escrituras y otras, en fin, han dejado memoria a través de la toponimia. Es un hecho que cuanto más denso y cerrado es el cinturón sagrado que rodea a una población, mayor ha sido su importancia y su sacralidad. Y, en este sentido, los casos de Burgos y Segovia son paradigmáticos, tanto por la cantidad de templos que las rodean como por su inconmensurable categoría artística. Siendo, pues, los cercos de ermitas y monasterios los que definen y caracterizan a todas las poblaciones antiguas, el hecho de que no menos de quince edificios religiosos se hayan apiñado, hasta hace muy poco, en torno a Peña Castillo, pone de manifiesto la extraordinaria importancia de la ciudadela o acrópolis que fuese erigida en su cumbre, contando sus pobladores con la doble protección que les otorgaban, por una parte las cavidades subterráneas que tanto abundaban en aquella peña y, por otra, las aguas de la Bahía que lamían sus faldas en buena parte de su perímetro.

La alusión a Burgos y a Segovia no es gratuita. Segovia fue erigida sobre una peña peninsular que, antaño, era abrazada por los cauces de sendos ríos: el Eresma y el Clamores. Cauces que labraron esa peña hasta conferirle el carácter pintoresco y virtualmente insular que hoy tiene. Y algo semejante sucede en el caso de Burgos, silueteada por los ríos Arlanza y Bena y fundada en lo alto de un cerro, el de La Flora o La Blanca, que remeda dos de los antiguos nombres de la primera Sant´Anders. Vigente aún, el primero, en el antiguo arroyo y barrio de La Florida y el segundo en Piedras Blancas, en las Marismas Blancas y en la hoy desaparecida ermita de La Virgen Blanca.

También Peña Castillo -modelo de esas dos ciudades y de otros millares más- tenía una configuración peninsular antes de que el desecamiento de las Marismas del Mediodía que llegaban hasta sus faldas, la alejaran de un mar que había permanecido a su vera a lo largo de toda su historia. Salvedad hecha, obviamente, de los períodos glaciares.

Los malos historiadores han constituido uno de los peores azotes para la historia de la Humanidad. Porque a ellos y a sus aberrantes dogmas sobre la raza aria se debió la reciente destrucción de Europa propiciada por los Nazis…, y a ellos, igualmente, debe España varias décadas de sufrimiento y muerte al calor de la disparatada especie del carácter foráneo del pueblo basko y de su diferencialidad respecto al resto de los Españoles. Pues bien, en un plano venturosamente no sangriento pero catastrófico para la conservación del más antiguo legado cultural de la Humanidad, localizado en Cantabria, la formidable ceguera de los estudiosos locales ha propiciado el que, en aras de una cantera, hayamos perdido el emplazamiento de la ciudad, documentada, más antigua del planeta. Y si la investigación de urgencia que vengo realizando no lo hubiera impedido, a esa pérdida brutal que supone la total destrucción de Peña Castillo, le habría seguido en los próximos meses la total destrucción del punto de alumbramiento de las Fuentes Tamáricas en la heredad de Campo Jiro.

Cuando, merced a los libros que inmediatamente después de éste me dispongo a publicar, se conozca la magnitud del legado histórico que encierra esa hoy codiciada finca santanderina, a nadie se le volverá a ocurrir, jamás, mover un gramo de tierra en este COLOSAL tesoro histórico que, merced a su conversión en Monasterio y, más tarde, en finca agropecuaria, ha llegado virtualmente intacto hasta nuestros días.

La que, como probaré en su momento, ha sido la acrópolis más antigua y, por ende, más importante del planeta, ha perecido víctima de la mezquindad y de la ignorancia. Léase, de dos de los peores azotes que pesan sobre la Humanidad. Nos asombraríamos si pudiéramos contemplar lo que fue la soberbia ciudadela erigida sobre la cumbre de Peña Castillo pero, por desgracia, de todo aquello hoy no queda absolutamente nada. El tiempo y su erosión se llevaron una parte importante, y el resto, lo que había perdurado más la propia peña, se la ha llevado por delante una mezquina cantera. Una cantera que enriqueció a un puñado de Santanderinos, empobreciendo dramáticamente a todo el conjunto de la Humanidad, privado, merced a ellos, de uno de los más antiguos y reveladores jalones de su pasado. Hemos perdido, pues, la primera ciudad de la Historia, para que unos cuantos se enriquecieran negociando con su piedra… Así se ha escrito la historia de nuestra especie. Así se ha escrito la historia interminable de la necedad humana.

Sí, hemos perdido Peña Castillo y en su lugar nos ha quedado una suerte de esperpéntica caricatura de lo que fue, una peña raída y desgarrada por todos sus flancos, que será entronizada por las generaciones venideras como un monumento a la ignorancia, a la incompetencia, a la necedad y a la mezquindad. Un monumento, en suma, a todo lo peor, a lo más vil, a lo más rahez, a lo más puramente animal que existe en el ser humano.

Bilbliografia:

El primer emplazamiento de Santander. Fundación de Occidente. Jorge Mª Ribero-Meneses

Peñacastillo. El Diario Montañes.

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