LA FIEBRE AMARILLA EN LOS HOSPITALES MILITARES DE SANTANDER EN 1814.

Hospital de San Rafael photoshop
El antiguo Hospital de San Rafael, hoy sede del Parlamento cántabro.

En los primeros días del mes de enero de 1814 la ciudad ofrece un aspecto de sorprendente actividad con la presencia de las tropas aliadas inglesas, portuguesas y españolas. Santander se ha librado de la ocupación napoleónica. En la bahía se agolpan el día de Reyes numerosos barcos, unos pertenecientes a convoyes de tropas, y otros, comerciales. Era un día alegre, en el que la presencia de los militares nacionales y extranjeros, con sus gallardos uniformes, daban una nota cosmopolita y de color.

Sabido es que las guerras precisan, en cuanto a medidas sanitarias se refiere, medios especiales, con el fin de prevenir las enfermedades contagiosas, a favor del movimiento de tropas y disminución de las medidas higiénicas, asistencia a los heridos, convalecientes, etc., y que, a pesar de una medicina militante, cuando el rigor de la campaña es grande estos medios se desbordan ampliamente, siendo necesario recurrir a ayudas extraordinarias. Incluso las disposiciones en materia de salud para el Puerto, no se cumplieron como de ordinario.

Fue una suerte en estos años de guerra que Santander contase con la existencia del Hospital de San Rafael, fundado en 1791 por el Obispo R. Menéndez de Luarca, y aunque por aquellas épocas funcionaba con 30 camas, su gran capacidad arquitectónica le permitió ubicar en él al Hospital Militar Español, y allí continuó éste hasta su cierre, pudiendo mitigar el dolor de muchos combatientes.

Hospital de San Rafael, año de 1900.
Hospital de San Rafael, imagen de 1900.

Pero las necesidades del momento estaban por encima de sus posibilidades. Así, en la ciudad se montan ocho hospitales más. Unos valiéndose de las mejores casas, adecuadas al efecto, y otros, de barracones de madera prefabricados, que trajeron los ingleses. De cada uno de ellos se encargaban los oficiales médicos de los ejércitos.

Es precisamente en este Hospital de San Rafael y en estas fechas, donde actúa como practicante un joven de 22 años, licenciado de 3.O de Tiradores de Cantabria a causa de una dolencia en los pies, D. Diego de Argumosa, que años después sería Médico y Catedrático de Patología Quirúrgica de Madrid, y conocido como el Restaurador de la Cirugía Española en el siglo XIX.

Una vez que se realizó la elección del Ayuntamiento Constitucional, se eligieron los miembros que integrarían la Junta de Sanidad de Santander, y otras subalternas, como en Castro, San Vicente de la Barquera y Suances, con arreglo al Decreto de Cortes de 23 de junio de 1813.

Por la de Santander salieron nombrados D. Antonio Flórez Estrada (Jefe Político), D. Nicolás Pereda (Procurador General), D. Juan M. de Lafont y Larrauri, D. Pedro José Ramírez, D. Tomás Sorarte, D. Teodoro de Argumosa (Comandante de Marina), D. Juan Noreña (Regidor), D. Manuel Fernández de los Ríos (Cura párroco), D. Marcelino Aguirre, D. Ramón Antonio de Santa Cruz y Gil (Marqués de la Conquista), D. Ramón de Sierra (Capitán de Puerto), D. Joaquín Manuel de Odriozola (Regidor), D. Francisco Bolantín Fernández, D. Fernando Antonio García (Comandante), D. Andrés Mac-Mahon, D. Joaquín Prieto Ceballos, D. Juan N. del Vial (Secretario) y D. Juan Francisco Lagarminaga (Canónigo).

Así pues, la total responsabilidad de la salubridad de la ciudad recaía muy directamente sobre estos hombres, cuando en el día 6 de enero surge un rumor popular que atemoriza una vez más a las gentes, se dice que «hay fiebre amarilla en los hospitales de los ingleses». Tiene que intervenir la Junta y, en consecuencia, pide un informe sobre el particular exigiendo un parte diario de los enfermos alojados en sus servicios, al cual hacen caso omiso los ingleses.

Ante la persistencia del rumor, se dirige la Junta al Comandante inglés, el cual llamó al profesor de sus hospitales, quien, corroborando la noticia, declaró que los últimos enfermos llegados procedían del Puerto de Pasajes. De todas formas, algunas tropas se dice estuvieron antes en Las Antillas. Al parecer, la enfermedad había hecho su aparición el 25 de diciembre de 1813.

Resulta excepcional la presencia de fiebre amarilla en Santander, máxime en los fríos meses de invierno, pues se trata de una enfermedad tropical producida por virus y transmitida por el mosquito Aedes Aegypti, el cual contamina al picar a una persona sana después de haberlo hecho a una enferma. Esta enfermedad es oriunda del África Central, Oriental y América del Sur. De todas formas, es posible que pueda contagiarse por otros parásitos, tan corrientes en las aglomeraciones de personas -militares o civiles- en estas épocas, y extenderse con las movilizaciones de tropas. Lo cierto es que existen referencias sobre esta fiebre amarilla, o vómito negro, en pueblos de España, antes y después del suceso de Santander (1800 – 1805), como Cádiz, Levante, Barcelona, Jerez de la Frontera, Villa de Lebrija, Sanlúcar de Barrameda, Águilas en Murcia, confines de Granada y en el Presidio de Alhucemas (1821) (AHHP. Leg. 8 N 64, Santander).

En Santander aquella noche del 6 de enero se reúnen el Ayuntamiento Constitucional y la Junta de Sanidad, convocando a los profesores del Hospital español para aclarar la situación. Con este #motivo se inicia un largo expediente manuscrito, de veintiún hojas (AHlHP. Col. Sautuola 1814: 14.19), que detalla el suceso y del que entresacamos algunos párrafos más significativos. «!Al día siguiente, 7 de enero, entre dos y tres de la tarde, de acuerdo con los mismos ingleses, se separaron los enfermos, que, en número de 28, padecían esta calentura y se hallaban en los Hospitales de Santa Cruz y Casa Blanca, y se colocaron en uno de los Hospitales portátiles que dichos ingleses tenían formados en varias casetas de madera fuera de la población, en una situación más elevada que la ciudad, habiendo antes quitado de allí los enfermos de distintas clases que lo ocupaban. En aquella tarde fue por orden de la Junta, D. Sebastián Caballero a visitar este Hospital, juntamente con su hijo político, Bonifacio ambos médicos, el primero titular de la ciudad.» Reunidos con este motivo en Comisión los tres. Caballero y Juan Martínez, el Oficial Médico inglés y Director del Hospital portugués, determinaron que el mal se trataba de un «Thiphus Icterodes» o fiebre amarilla. Pero por alguna razón que se nos escapa, y tal como suele acontecer en las reuniones de expertos para determinar sobre una cuestión, se hicieron una serie de elucubraciones sobre la certeza del diagnóstico -o si se tratase de una hepatitis-, y posible contagiosidad de la enfermedad. En este tiempo llegó a Santander el Jefe Político de Burgos, Don Antonio Ramírez, que vino acompañado del Médico de aquella ciudad, D. Prudencia Balderrama, quien confirmó el diagnóstico de fiebre amarilla, y por tanto, contagiosa.

En carta del médico inglés John Erly, fecha 23 de enero de 1814, al doctor español Don Juan Martínez, contestando sobre el qué aleje {de la ciudad a los enfermos, le dice: «estaremos prontos a empezar la traslación cuando Vd. lo juzgue conveniente, pero suplico a Vd. tome en consideración lo malo que está el tiempo en este momento…».

En consecuencia se tomaron rígidas medidas de aislamiento de los pacientes afectados y propinándose para ello el alquiler de una casa de campo de la Sra. Vda. de Javier Martínez, que no se llegó a ocupar, ya que previamente eran necesarias unas reformas en la misma, y al mismo tiempo coincidió con una época de grandes lluvias y frío, pero de momento se sacaron los enfermos de los hospitales de la ciudad a uno de madera alejado, y que fue ubicado al lado del cementerio antiguo, siendo el hospital acordonado y aislado, si bien ofreciéndoles toda la asistencia posible.

Sintomatología de la enfermedad.

La clínica de la misma, según informe del Dr. Erly, primer médico de los Hospitales ingleses de esta ciudad, es: <<Una grande postración de fuerza, con una determinación considerable de sangre hacia la cabeza, manifiesta por intensos dolores en la frente y órbitas. En algunos casos se afecta el estómago y produce vómitos. El calor en general es poco más que el natural. El tronco y las extremidades en la mayor parte de los casos toman un color amarillo más o menos subido, en unos fuerte y en otras más ligero; el tiempo de aparición de este color es distinto en varios individuos, en unos se manifiesta en el segundo o tercer día, y en otros no antes del quinto o séptimo. Algunos casos se presentan con tanta suavidad que no manifiestan otro síntoma que el color amarillo.

El estómago en los demás casos muestra síntomas fuertes de inflamación anterior. Todos los órganos biliares se encuentran morbosamente afectados más o menos. El contenido de la vejiga de la hiel se encuentra generalmente de una consistencia espesa, pegajosa y correosa y frecuentemente se encuentran en ella concreciones biliares. Los vasos del cerebro se encuentran comúnmente ingurgitados de sangre. Otros síntomas de un grande excitamiento vascular son manifiestos y no pocas veces se halla agua en los ventrículos laterales cerebrales».

Fdº. John Erly.

Tratamiento que se efectuó a los pacientes.

Encontramos precisamente en la historia médica referida cómo sobre enfermedades que son perfectamente conocidas en cuanto a patología, dejan mucho que desear los conocimientos terapéuticos al efecto. Se precisan largos espacios de tiempo desde (el conocimiento de la enfermedad hasta su debida interpretación y aplicación de los remedios oportunos para su curación. En esta ocasión, diagnosticada la ‘enfermedad correctamente como fiebre amarilla y tomadas las medidas oportunas en prevención de una contagiosidad, fue combatida con los medios más usuales que se preconizaban en la época: sangrías, laxantes o purgantes y baños. Pero es mejor dejar al Dr. John Erly en informe de 21 de enero de 1814 a la Junta de Sanidad, en que preconiza el tratamiento, el que lo explique: ((1.O Si el paciente es joven, baños de agua tibia.-2.O Si está muy mal de salud, abluciones de agua con vinagre en tronco y extremidades.-3.O Una sangría de 16 onzas, pero por orificio grande, y si es preciso se pueda fenestrar a través del mismo nuevamente.4.” Si es viejo, la sangría por ventosas en el abdomen. Se hace la aclaración de que la sangría debe ser de un golpe y buena cantidad.-5.’ Si vomita, baño caliente y un cáustico en el lugar de asiento del estCimago.-6.O Toma purgantes o compuesto de coloquíntida y calomelano, o bien jalapa y calomelano, hojas del Electuario de Sen y calomelanos o sal neutra, para hacer copiosas evacuaciones». Ya se comprende que este tratamiento llevado enérgicamente dejase d ya maltrecho paciente en situación crítica, y esto ya lo debía de apreciar bien nuestro colega, porque finaliza afirmando que para levantar el del paciente se le dé «unas medicinas de naturaleza cordial y estimulantes, ayudadas por el uso de algún vino bueno». Las medicinas eran combinación de alcanfor, (éter sulfúrico,  tintura de opio, etc.

Es precisamente en el Suplemento de la Gaceta de Madrid del viernes 19 de julio de 1805, recogido por nuestro compañero el Sr. Arce, donde se publican por Orden del Rey (A. M. S. Leg. A-34 Dioc. 23 Año 1805), el tratamiento que preconiza el Médico Consultor de los Reales Exercitos D. Tadeo Lafuente a base de (tomar en los primeros momentos de la fiebre de 6 a 8 onzas de quinina, producto extraído de corteza de árboles tropicales y cuyo alcaloide, la quinina, se usará tanto para las fiebres palúdicas.

Epílogo de la enfermedad.

De resultas de esta enfermedad murieron desde el 8 al 21 de enero: nueve soldados, uno de ellos complicado con neumonía y otro con disentería, y al parecer, dos personas del servicio del Hospital se afectaron de fiebre. Desde el 30 de enero hasta el 2 de febrero siguieron en observación 37 enfermos, y se prolongó la vigilancia a los mismos hasta el 17 de febrero, en que se les dio comunicación con el pueblo por curación, según consta en carta firmada por el Dr. Juan Martínez, de fecha 25 de febrero de 1814.-Un original gráfico de la evolución clínica, es reproducido en el libro La Medicina en Cantabria, 1972, de la Institución Cultural de Cantabria.

La asistencia médica de la población recayó sobre el Dr. Caballero, ya anciano y enfermo de gota, que a partir de esa fecha dejará de ejercer en la ciudad. El Dr. Juan Martínez, que todavía figurará colegiado en ejercicio cuarenta y dos años más tarde, el Dr. Gaspar Manuz, Martín de Zabaran, el cirujano latino titular de la ciudad D. Ramón Eguaras y el cirujano de la Real Armada D. Juan Villamor, los cuales continuarán también en ejercicio años más tarde en la ciudad.

BIBLIOGRAFIA.

Francisco Vázquez Quevedo. III Ciclo de estudios de la provincia de Santander. 1979.

Centro de Estudios montañeses. La Guerra de la Independencia (1808-1814) y su momento histórico. 1982.

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