LA BATERÍA DE SAN PEDRO DEL MAR, LA MARUCA.

Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.
Ruinas de la Batería de San Pedro del Mar

Caminando por el sendero que discurre al lado de la playa en dirección al mar se alcanza la Batería de San Pedro, una fortificación documentada desde 1660 que se edificó para proteger Santander de los ataques de los piratas y se mantuvo activa hasta después de la Guerra de Sucesión (1702-1713) entre Borbones y Austrias. La Batería tenía un muro de unión entre el edificio en el que se guardaba la munición y la plataforma desde la que disparaba la artillería. Este entramado estaba protegido, a su vez, por una fortificación exterior con foso. El edificio, que estuvo en ruinas durante décadas, ha sido recientemente reconstruido y es hoy un centro de interpretación del litoral con un mirador en la parte superior.

En octubre del año 1660, el canónigo suizo Pellegrino Zuyer se dirigió a las Montañas Bajas de Burgos y emprendió un viaje que le llevó a recorrer la franja del litoral cantábrico desde la ría del Nervión hasta San Vicente de la Barquera, regresando a la Meseta por Los Tojos y Reinosa. Su visita al agreste norte concluyó el 5 de diciembre y sirvió al religioso para elaborar un minucioso informe destinado a juzgar la oportunidad de erigir un obispado en la zona examinada.

El ‘Itinerario’ de Zuyer, un texto de 34 folios escritos en italiano, incluye un plano de las Montañas Bajas del arzobispado de Burgos, un plano de Santander y otro de su colegiata. En la carta de la villa se da cuenta de las fortificaciones situadas extramuros: La batería de San Martín, en el alto homónimo; los castillos de Hano y de la Cerda, en la península de la Magdalena; y la plaza de San Pedro del Mar, junto a la playa de la Maruca, en Monte. Desaparecidos los castillos y las estructuras que los sustituyeron en los siglos XVIII y XIX, han resistido al paso del tiempo las últimas modificaciones que conociera la batería de San Pedro del Mar.

Ruinas Batería de San Pedro del Mar, La Maruca
Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.

Las reformas del XIX

Centrándonos en la historia de este singular punto defensivo, en el año 1763 el ingeniero militar Joaquín del Pino levantó un plano y perfil del mismo. En él se aprecia un recinto cuadrangular rodeado por un muro de tierra, con una plataforma de losas de sillería tras la batería de barbeta, en cuyo interior se alza una construcción rectangular, para resguardo de la guarnición, el polvorín, las cureñas y otros pertrechos.

El 13 de agosto de 1806, el puesto, dotado con cuatro cañones del 24, fue asaltado por tres pequeñas embarcaciones inglesas. En vista de lo sucedido, al año siguiente se erigió un fuerte proyectado por el ingeniero militar Juan Giraldo. Se trataba de un recinto de planta pentagonal irregular, lo rodeaba un muro de mampostería al cual se abrían aspilleras y se interrumpía en la sección de la batería de barbeta. En su interior albergaba una construcción destinada a la tropa. En 1874, al sur de esta batería se adosaron una serie de fortificaciones.

En 1875, en plena tercera guerra carlista, se ejecutó una línea fortificada que pretendía aislar la península de Santander, y que incluyó la vieja batería de San Pedro del Mar. Se levantó un muro aspillerado que la rodeaba por tres de sus frentes, de mejor factura que el que se levantó en 1807 a base de piedra y madera, lo que la convertía en un excelente reducto de cierre por el lado norte de todo este sistema.

Así la función primigenia de la batería, la de proteger con sus cañones la parte de costa correspondiente, quedó anulada (aunque desde hacía muchos años sus características la hacían inútil ante las potentes piezas de los acorazados) en aras de una concepción defensiva distinta, que miraba hacia tierra al no temer ataques por mar (los carlistas carecían de escuadra).

En 1901 fue inscrita en el Registro de la Propiedad por el Ramo de Guerra. Después de ser utilizada por carabineros, pasó a ser usada como almacén del retén de la Guardia Civil.

Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar. La Maruca.
Ruinas de La Batería de San Pedro del Mar, La Maruca.

La Historía

La necesidad de prevenir un posible desembarco que obligó a la villa a fortificar el Sardinero forzó a principios del XVIII a la construcción en el norte de baterías en pequeñas ensenadas (capaces para acoger embarcaciones menores o para realizar desembarcos) y sobre los emplazamientos de antiguas atalayas costeras. Una de ellas se levantó en la cala de San Pedro del Mar en Monte, configurándose como una típica batería costera de la época, constituida simplemente por un murete que enlazaba un edificio a retaguardia para resguardo de la guarnición y de la pólvora más una plataforma a barbeta rebajada al extremo noroeste, aunque ofrece la novedad de cuidar su frente de tierra mediante una especie de hornabeque con foso y muro (de apenas 1,5 m de altura) a modo de parapeto. En 1719 se destinaron a esta posición cuatro artilleros.

San Pedro del Mar, el plano levantado refleja con la misma exactitud la situación de la batería, que en 1763 englobaba una extensión de terreno de unos 1.800 m2. La única estructura seguía siendo el edificio de 75 m2 (13,5 x 5,5 m) con vanos abiertos al sur y tres habitáculos, uno para pólvora, otro para almacén de pertrechos y a la vez alojamiento de la tropa necesaria (estimada en dos artilleros y quince soldados) y el último para alojamiento del oficial. Seguía sin existir un cubierto para cureñas, lo que forzosamente debía deteriorar mucho los cañones, puesto que estaban expuestos a los grandes temporales del norte y nordeste.

Fig. 19

Plano y Perfil de la Baterìa de san Pedro del Mar, situada en el Lugar de monte al Norte de Santander, por Jesús del Pino, 1763 (AGS, MPD, sig. XXV-115)

 El corregidor marqués de Villatorre encargó en diciembre de 1765 un estudio del estado de las baterías y un plano de la bahía al comandante Vicente Winer, teniente coronel de Artillería destinado en las fábricas de La Cavada. San Pedro del Mar se encontraba prácticamente abandonada, pues los dos cañones de a 24 y los dos de a 18 que poseía se hallaban inútiles para el servicio.

Tras apenas una década de paz, el siguiente esfuerzo fortificador se produjo con la declaración de guerra a la República Francesa. Ya en febrero de 1793 el ayuntamiento solicitó a la Corona la puesta en defensa de la ciudad, enviándose al teniente coronel de Artillería Jerónimo Leoni como Comandante de toda la costa del Mar de Cantabria y poco más tarde Agustín Mazorra fue comisionado para articular la defensa costera. Cabo Menor sólo precisaba un reparo general y aumentarle un repuesto de Polbora con su buen tinglado para preservar los Cañones de las Aguas, faltándole asimismo una garita para la Centinela, y como para Aguirre la batería de San Pedro del Mar tenía gran valor por defender las dos pequeñas ensenadas inmediatas y hallarse a tan corta distancia de Santander, aconsejaba poner todo el cuidado posible en su defensa.

En 1797 el capitán de Infantería e ingeniero extraordinario Antonio de Sangenís fue comisionado para reconocer la costa cántabra, comentando el estado de cada una de las fortificaciones existentes. para que San Pedro del Mar pudiera defender eficazmente la pequeña ensenada situada en su costado este, propuso Sangenís prolongar unos 20 m su parapeto y explanada; pues en la actualidad no pueden sus fuegos tomar ciertas direcciones, que según las circunstancias podrían ser de la mayor importancia, obra que costaría 7.700 reales.

La fortificación de San Pedro del Mar ejemplifica lo difícil y costoso que resultaba la adecuada defensa costera de la península santanderina. La batería se reparó, y amplió considerablemente hacia el norte el edificio, que contó a partir de entonces con un amplio cuerpo de guardia para la tropa, además del aposento para el oficial, cuarto de pertrechos y repuesto de pólvora. El 13 de agosto de 1806 se aproximó un bergantín inglés, cañoneó la batería y desembarcó tropa que volvió hacia tierra una de las cuatro piezas de a 24 con que contaba y bombardeó con ella la ciudad, mientras sus defensores les incomodaban disparando desde una eminencia cercana. Como medida provisional, dos días después ya se habían instalado en la isla de Nuestra Señora del Mar dos cañones de a 12 libras y se comenzó a estudiar el reforzamiento de la batería.

Giraldo propuso restablecer el aspecto que el conjunto de San Pedro del Mar tenía en 1763, cerrándolo con un murete de mampostería adaptando su configuración al antiguo hornabeque que la abrazaba, cuyas tierras han de servir para cortar la banqueta, para evitar así otro golpe de mano; sólo contempló como novedades la realización de un fosete frente a la zona de batería y la posibilidad de colocar un quinto cañón prolongando siete y medio pies de esplanada a cada lado: lo que aumentaría el coste solo 680 reales a lo calculado.

Este proyecto fue modificado por la Junta Superior de Ingenieros el 19 de agosto de 1807, aprobándose mediante Real Orden de 12 de septiembre la traza definitiva. En una demostración de pragmatismo, las obras de 1807 implicaron una remodelación sustancial, pues (con un coste de 15.971 reales y 29 maravedíes) se redujo el recinto a casi la mitad de su extensión original, empleándose el edificio como parte del cierre del frente de tierra y como único acceso al interior de la batería.

La línea exterior (con un muro de mampostería concertada) quedó reducida a 309 pies, y esta reducción superficial exigía el desmonte de las tierras de la obra preexistente con el fin de despejar completamente la zona inmediata, además del arreglo del terreno interior para los desagües. Se mantuvo el sistema de hornabeque para el frente de tierra, que se extendía en 156 pies y que poseía su correspondiente foso con canal de desagüe, practicándose el acceso por medio de un rastrillo.

La mayor novedad desde el punto de vista de su función defensiva la constituyó la sustitución del bajo murete de cierre del conjunto por un muro con banqueta y aspilleras dispuestas en diferentes oblicuidades y variedad de sus direcciones. También se planeó colocar merlones, pues al estar situada la batería a una cota muy baja no era nada adecuado el parapeto rodillero, pero Godoy anuló la orden confiando en la pronta entrega de las nuevas cureñas de marco alto (lo que, por otra parte, también obligaría a elevar el parapeto existente).

En la guerra de la independencia, Los franceses también cerraron la batería de San Pedro del Mar con la construcción de sendas alas en sus costados y con la erección de muros aspillerados en el oeste, sur y este.

Por estas mismas fechas se puso de nuevo en utilidad la batería de San Pedro del Mar (que una vez acabada la Guerra de la Independencia volvió a quedar fuera de servicio), haciéndose para ello ligeros reparos en su cuerpo de guardia por importe de 138 reales de vellón, puesto que no se ejecutó el proyecto de reforma firmado por el Capitán General de Castilla la Vieja Carlos O’Donnell.

Como tras la Guerra de la Independencia las tensiones no acabaron y siguió reinando la inseguridad en toda España a consecuencia de las pugnas entre liberales y absolutistas, Fernando VII aprobó en 1816 varias obras para Santander, encargándose en 1819 al ingeniero militar José Parreño y Pastor, responsable de las defensas cántabras.

Tenemos un informe de 1825 del teniente coronel de Ingenieros Miguel de Santillana: San Pedro del Mar tenía de nuevo sus piezas clavadas, proponiéndose volver a ponerla en estado de defensa con dos cañones de a 24 y dos de a 16.

Texto cortesía de Rafael Palacio Ramos.

BIBLIOGRAFÍA

Rafael Palacio, Por mejor servir al Rey. El entramado defensivo de Santander (siglos XVI-XIX), Santander, Ayuntamiento de Santander, 2005, 277 pp.

EL CUARTEL DE MARIA CRISTINA.

El cuartel de María Cristina 1000x

El hablar de cuarteles en Santander, es diríamos cosa nueva, ya que «cuarteles», como tales, no los hubo hasta el siglo pasado. Anteriormente existían puntos de defensa, especialmente en la costa, a lo largo de ésta, y por supuesto el Castillo de la Villa, situado en el Alto de Somorrostro, pegante a la Abadía de los Santos Cuerpos, hoy Catedral. Desde allí podía vigilarse la entrada a la bahía y defender la entonces villa, ya que sus muros, hincados en la misma roca y azotados por la mar, eran parte de la vieja muralla. Esta fortaleza de la que aún conocimos un paredón y dos cubos los que contamos más de cincuenta años, se llamó desde el siglo XVIII Castillo de San Felipe, y más bien servía de arsenal.

En los distintos destacamentos que protegían la villa y los cuatro barrios, sólo se situaba un retén de vigilancia y alguna batería. Los más principales eran: El de San Martín, sobre la playa de su nombre, aproximadamente donde hoy existe el Dique de Gamazo. En la Magdalena se encontraban los de San Carlos de la Cerda a la altura del actual Mareógrafo, y el de San Salvador de Ano arriba, en el lugar que hoy ocupa el Palacio, y en las playas y surgideros los de San Roque, el Sardinero, los Molinucos, Mataleña, Cabo menor, San Pedro del Mar, San Bartolomé, Virgen del Mar y San Juan de la Canal, además del llamado de «La Pólvora» en el istmo de la Magdalena, a la entrada a la península.

La guarda de estos puntos, sobre todo en la parte norte de Santander, estaba a cargo antiguamente de algunos de los linajes regionales, que tenían asignada a su estirpe el cuidado y vigilancia de estos reductos o torres, para evitar el desembarco de piratas y corsarios, que penetraban hasta las cercanas caserías, a las que asaltaban, llevándose a sus moradores para venderlos como esclavos en los mercados de Argel. Así fue hasta bien entrado el siglo XVIII, como puede comprobarse por documentación abundante.

Se habían comenzado estas gestiones, en 1872, a raíz de que un grupo de santanderinos, encabezados por don Manuel Ramón Bolívar, se dirigió al Ayuntamiento con un escrito en que se refleja la penuria económica de éste, por lo que proponen:

«El terreno que posee actualmente este municipio en La Atalaya, llamado Campo de San Roque, nada produce y de nada sirve en su situación actual. Sólo tiene por objeto la distracción pública en determinados días del año. La situación grave del municipio, pide inmediatamente la venta de todos sus terrenos innecesarios, para con su importe atender a atenciones precisas y perentorias».

«Vendiendo indicado terreno, dejando 100 pies de fondo desde la carretera Paseo del Alta en toda la línea del campo para uso público, puede procederse a satisfacer lo que se adeuda a los artistas del teatro, y verificado, vender un (…) y con el valor saldar el déficit de la plaza de los mercados, que en su día también pueden venderse o subastarse, con lo cual pueden hacerse algunas economías en el presupuesto, solventando aquellas deudas. El Municipio no debe ser industrial ni comerciante… ».

Proponen a continuación, que el Arquitecto Municipal haga un croquis del terreno de San Roque, señalando los 100 pies de fondo de toda la línea de la carretera, pidiendo que señalen en él las escalerillas «que desde la calle Cuesta de la Atalaya se dirige a la misma Atalaya, y las del Río de la Pila, de acceso al mismo punto». Va fechada esta escritura el día 9 de abril de 1872. El 2 de mayo, se mandó formar el plano del terreno en venta, y el del prado que quedó al servicio del público.

Estaba y está de paseo del Alta y el citado Prado de San Roque, en el mismo espinazo de la giba que en la península santanderina separa, o mejor dicho separaba el agro – barrios de Cueto y Monte – de la zona urbana que pendiente hacia el sur, viene a caer a la misma bahía, unas veces por suaves senderos – hoy calles – y otras casi despeñada por pindias escaleras, o cortados terraplenes.

Parece que este paseo tuvo su origen en la necesidad castrense, de abrir un camino que desde el Alto de Miranda se dirigiera hasta La Atalaya, para poner en comunicación los puntos de defensa de la ciudad. Allí estaba no muy alejado el Palacio de Pronillo, cargado de historia, con sus defensas, y la bajada a Virgen del Mar, Monte y sus reductos, fuertes y baterías.

Solía ser este sendero, apenas edificado en sus márgenes, el elegido por los santanderinos para pasear, cuando aún no existían los paseos de Reina Victoria y el de La Concepción – hoy Menéndez Pelayo -. Unos hermosos árboles bordeaban la calzada, como podemos contemplar en antiguos grabados en los que aparecen asomando por encima de los tejados de las casas del Muelle, marcando un camino verde entre le1 rojo de las tejas y el azul del cielo. Se decía que era muy sano respirar aquellos aires, incluso por prescripción facultativa, para los niños afectados de tos ferina. Era costumbre, después de las comidas, subir al Alta: Las personas mayores a «tomar el aire», y los niños y gente menuda, con la merienda a jugar en los prados comunales, bajo la vigilancia de niñeras o madres que con ellos iban. Con motivo de la edificación del cuartel, se perdió un buen trozo de prado, con el consiguiente sentimiento de los que de él disfrutaban.

Es ya en 1878, siendo Arquitecto Municipal el ilustre don Atilano Rodríguez, autor de tantos excepcionales proyectos de nuestra ciudad, como el Club de Regatas o las últimas casas del Muelle, cuando se le encarga de un Anteproyecto para Cuartel, en el popularmente llamado Prado de San Roque. Este anteproyecto, efectuado por Rodríguez, era magnífico; aún se conservan los planos en el Archivo Municipal.

Da dos soluciones distintas: La primera presenta un cuartel de capacidad para 1.200 hombres, con pabellones para Gobierno Militar y Oficiales, compuesto por dos cuerpos independientes, para las tropas de Cuba o Fuerzas Inscritas de Ultramar, y los anejos a la construcción, para alojar una sección de caballería, como se explica en la Memoria.

La otra solución, era una simplificación del todo; se reducía a conservar solo el primer término de edificios, o sea el cuartel, capaz para 1.200 hombres, reduciendo en seis metros la línea de los pabellones destinados a cuadras de tropas, suprimiendo los del banderín, con objeto de aminorar la superficie de patios, y por consiguiente del recinto, desapareciendo las salas del cuerpo de construcción Norte, que se proyectaba con destino a una sección de caballería.

La diferencia de valor entre las dos soluciones, supone 259.700 pesetas y 80 céntimos, y una reducción superficial de 564 m2, o sea 7.264,51 pies. El cálculo del presupuesto de toda la obra, sería de 785.718 pesetas y 18 céntimos, y reducido éste según la segunda solución, a 526.017,36 pesetas más el valor del suelo, que en la primera se elevaría a 46.105 pesetas, y en la segunda a 44.230. Se firmó el proyecto el día 25 de febrero de 1878, por el citado arquitecto Atilano Rodríguez.

Sin embargo, no fue este proyecto el que se llevó a cabo, como veremos más adelante, sino el presentado y ejecutado por los Ingenieros Militares. Para dar final a tales obras, fue necesario que transcurrieran más de 25 años, durante los cuales gestionaron sucesivamente tal proyecto, nada menos que veintidós alcaldes.

Estos eran: Joaquín Castanedo, Prudencio Sañudo, Santiago Zaldívar, Ignacio Pérez de las Cuevas, Antonio Fernándlez Castañeda, José Ramón López – Dóriga, Francisco de Hazas, Felipe Díaz, Tomás de Agüero, Andrés Montalvo, Lino de Villa Ceballos, Martín de Vial, Marcelino Menéndez Pintado, Antonio Vázquez, Juan Trueba, Justo Colongues, Mario Martínez Peñalver, Francisco Javier Aparicio, Francisco Pedraja, José Zumelzu, Fernando Lavín Casalís y José Mª González Trevilla.

El día 16 de diciembre de 1881, se había dado cuenta al Ministerio de la Gobernación, del acuerdo de permuta «de un terreno denominado Prado de San Roque, para la construcción del Cuartel». Se dice al principio del escrito elevado al Ministro: «De largo tiempo atrás, han fijado su atención las autoridades militares, en la conveniencia y necesidad bien sentida, de construir un cuartel en esta población, que por sus condiciones, por su situación topográfica, entre la Residencia de la Capitanía General (Burgos) y la importante Plaza de Santoña, y por representación mercantil, así lo exige». La Comandancia de Ingenieros de Santoña, tuvo que hacer planos para la conducción de aguas potables al Prado de San Roque, tendiendo las cañerías a lo largo del Paseo del Alta, y la Sociedad Anónima para el Abastecimiento de Aguas de Santander, dijo estar dispuesta al suministro, pero que no debería incluirse esta cantidad (30 m3 diarios de agua como mínimo) en los 500 litros destinados por el Ayuntamiento para establecimientos y usos públicos. El agua sería gratuita, y la Compañía quedaría obligada a hacer las obras de conducción. El Ministerio de la Guerra, da las gracias a la Corporación por las facilidades y rapidez de gestión, el día 11 de julio de 1882.

Sin embargo, la cuestión se iba complicando: Se había llegado al acuerdo de permutar los viejos cuarteles de San Francisco y San Felipe, como ya vimos, por el terreno del Prado de San Roque, pero esta permuta dio lugar a grandes demoras. Así el 14 de junio de 1882, siguiendo los principios de un Real Decreto de 26 de septiembre de 1849, relativo a la enajenación en pública subasta de fincas pertenecientes al Caudal de Propios en este caso sobre «permuta con el estado de la parte del prado denominado de San Roque, con destino a la construcción de un cuartel, se convocó, según el Artículo 2º  del Real Decreto citado, un número de Mayores contribuyentes, igual al de Concejales, que actualmente corresponden a este distrito…».

Parece que se presentaron pocos concejales, por lo que dudan de la validez de los acuerdos tomados. Lo que nos interesa de este documento, que solamente es un borrador, ya que no se dio curso al escrito, por modificaciones verbales del Gobernador,  es la relación de Mayores Contribuyentes.

Por aquellas calendas, era Secretario del Ayuntamiento el escritor y poeta don Adolfo de la Fuente, que da sus datos personales y dice que era: Caballero de Carlos III, Jefe Honorarios de Administración Civil, Académico Correspondiente de Bellas Artes de San Fernando, Miembro titular de la Mont Real de Coludue, Socio Residente de la Real Sociedad Cantábrica de Amigos del País, Licenciado en Jurisprudencia y Secretario del Excmo. Ayuntamiento de Santander.

Una notable mejora en uno de sus barrios céntricos, a la vez que ha de crear un edificio de importancia para el acuartelamiento de tropas, que permita la permanencia de una guarnición, correspondiente a una ciudad populosa, y a la vez, ha de ser un elemento de importancia para los intereses locales.

Hay que añadir, que en un principio, también se suponía que habría de entregarse al Ayuntamiento, el Cuartel de San Felipe, pero el Ramo de Guerra lo cedió al Obispado de Santander para ampliación de sus dependencias.

Por esta última circunstancia, la Corporación, escribe al Conde de Mansilla, notificándole, que en vista de la segregación hecha del cuartel de San Felipe al Obispado, se hace una nueva y última proposición, consistente en cederles todo cuanto terreno del Prado de la Atalaya propiedad del Municipio necesiten para hacer el nuevo cuartel, siempre y en cambio, en compensación de su valor, se ceda a este Ayuntamiento una faja de absoluta necesidad para simetría y alineación de la Plaza de la Esperanza, donde como saben, no caben hoy los carros y gentes que allí se reúnen dos veces a la semana. . .

Al fin puestos de acuerdo Ayuntamiento y Ramo de Guerra, el día 27 de octubre de 1885, a las cuatro de la tarde, se presentaron en el Prado de San Roque para dar posesión por parte del Ayuntamiento, al Estado, en nombre del primero: D. Ernesto Ruiz Huidobro, D. Ildefonso Díaz Llano, D. Tomás Quintanilla, D. José Antonio Robert, D. Juan Trueba Torres, D. Jacinto San Miguel y D. Antonio Vázquez, que componía la Junta Municipal de Obras. Por el Estado, D. José San Miguel, Coronel Jefe de la Zona Militar, en representación del Brigadier y Gobernador Militar de la Provincia; D. Manuel Vallespín Sarabia, Comandante de Ingenieros de la Plaza de Santoña; D. Adolfo de Ipola y Sumico, Comisario de Guerra de Santander por el Ramo de Guerra, y el ya citado D. Adolfo de la Fuente como Secretario de Acta.

Se midió el espacio según las bases del Convenio, aprobado por Real Orden de 6 de abril del año en curso (1855), y se fijaron los límites de lo que debía destinarse a usos públicos y ejercicios de las tropas. Se pusieron hitos señalando límites, y con toda solemnidad, el alcalde hizo entrega del terreno. El 11 de abril del mismo año fueron sancionadas las bases aprobadas por la Junta Municipal, por Real Orden dándose «el primer paso legal hacia la realización de aquella importante obra».

Después de estos actos, el Ramo de Guerra sacó a pública subasta la construcción del cuartel del Prado de San Roque «con sujeción al proyecto formado por el Cuerpo de Ingenieros Militares; las obras quedarían terminadas en el plazo máximo de tres años a no impedirlo fuerza mayor». El Ayuntamiento quedó obligado a representar al Ramo de Guerra en todo lo anejo al contrato die subasta, y a satisfacer los certificados que habrían de pagarse al Contratista por obra ejecutada, o en caso de hacerse por administración a pagar los gastos -cualquiera que fuese su cuantía- además de los gastos de agua como anteriormente dijimos.

A cambio, el Ramo de Guerra se comprometió a consignar 100.000 pesetas anuales en las dos primeras certificaciones, y 125.000 cuando menos en cada uno de los sucesivos años hasta el total reintegro de lo adelantado.

Las condiciones o bases dicen: «Si en cualquiera época del período de compromiso, dispusiese el Ramo de Guerra ceder al Municipio el Cuartel de San Francisco, este (el Municipio) lo recibirá con las formalidades debidas, al precio de su tasación aprobado por Real Orden de marzo de 1889, que es de 216. 593 pesetas con 20 céntimos, considerándose en tal caso esta cantidad como equivalente a dos consignaciones anuales, salvo la diferencia entre ella y las sumas que estas arrojen».

Aprobadas estas bases, se dieron comienzo las obras, en el mes de junio de 1891, después de varias proposiciones por una y otra parte, discutiendo cantidades o plazos de pago, que dejamos a un lado, para no alargar innecesariamente este trabajo. Ya estaban muy adelantadas las obras «y cumplidas por ambos contratantes las condiciones que hasta entonces afectaban a ellas», cuando el Ramo de Guerra, dispuso la entrega del Cuartel de San Francisco.

Solicitó entonces el Ayuntamiento, para evitar dificultades en sus adelantos de dinero, que se le permitiese pagar en seis anualidades el importe del precitado cuartel. Y efectivamente, por Real Orden de 25 de junio de 1893, se accedió a lo solicitado por la Excma. Corporación Municipal, ordenando que las 216.593 pesetas con 20 céntimos valor del dicho edificio, fueren reintegradas al Estado en seis plazos, por dividendos de 40.000 pesetas cada uno de los cinco primeros años, y el resto en el siguiente, a partir del económico de 1893 a 9 4.

Esta noticia alegró al Municipio, pero poco duró la alegría, porque se recibió un oficio del Gobernador Militar Interino, en que se comunicaba que el Sr. Ministro de la Guerra, por Real Orden de 22 de agosto del año en curso (1893), aclara el anterior escrito, pero «considerando que si bien el Ramo de Guerra no contrajo el compromiso de pagar con el edificio de San Francisco, no hay inconveniente en que se acceda a la nueva petición del Ayuntamiento de Santander, considerando por otra parte la necesidad de resolver las dudas que ha hecho nacer en las Autoridades y funcionarios encargados de su cumplimiento (de la Real Orden) de 23 del mismo mes, dictada por este Ministerio, cuya aplicación podría ocasionar perjuicios al Ramo de Guerra si no aclarase la interpretación que a ella debe darse. Considerando, que al conceder esta, que el pago del edificio Cuartel de San Francisco lo hiciera la corporación en seis años, a razón de 40.000 pesetas los cinco primeros y el resto el último, en vez de hacerlo en dos años, según estaba estipulado en el contrato celebrado entre (el Ramo de Guerra y el Ayuntamiento, se sobreentiende que las demás condiciones del mismo han de ser modificadas para hacerlo posible. A continuación se dan unas bases, con perjuicio para el Ayuntamiento.

Cayó esta noticia en el municipio, «como una bomba», por lo que llegado el día señalado para la entrega del viejo cuartel de San Francisco, que era el 30 de octubre, el Alcalde, que a la sazón lo era don Fernando Lavín Casalís, como representante del Ayuntamiento, «comprendiendo todo lo desfavorable de esta última disposición para los intereses que representaba, se negó a recibir el Cuartel, conforme dicha Real Orden, que consideraba perjudicial al Municipio y la ciudad de Santander». Así se hizo constar en el Acta levantada con tal motivo «con las formalidades debidas, en el indicado día».

Se forma una comisión para que informe al Ayuntamiento, lo que debe hacerse en el delicado caso, llegando a la conclusión de que debía recibirse «en cualquier caso» el Cuartel por su tasación, porque en caso contrario podría darse lugar a la rescisión del contrato por incumplimiento de tal obligación, y que por otra parte era más conveniente para los intereses municipales recibir el cuartel «que siempre tiene un valor real», y puede ser base por tanto, para la adquisición de otros efectivos que resuelvan el conflicto».

Añaden que deben resolverse por otros medios que se propongan en su día a la Comisión de Hacienda, las dificultades «en que ha de verse esta Excma. Corporación para sufragar los adelantos del importe de las edificaciones del cuartel que se está construyendo, y que se gestione asimismo cerca del Ministerio de Guerra, la ampliación y más pronto pago de los reintegros de aquellos adelantos, «bien con arreglo a la Real Orden de 23 de junio último, bien de otra forma ventajosa igualmente para los intereses municipales».

Acaso esta buena disposición de los ediles, fue la que consiguió que el día 18 de mayo de 1894 escribiera el Ministro de la Guerra al Capitán General de Burgos, Navarra y Vascongadas para que comunique a este Ayuntamiento que, a la vista de la instancia elevada por el Ayuntamiento al Ministerio, solicitando el derogue de la Real Orden de 22 de agosto del año anterior, relativa a la forma en que habrían de hacerse los reintegros a la Corporación, de las cantidades adelantadas para las obras del Cuartel de María Cristina. «El Rey, y ten su nombre la Reina Regente, teniendo en cuenta los perjuicios que se ocasionan al referido Ayuntamiento, con dicha soberana disposición, y atendiendo a la aflictiva situación de aquella se ha dispuesto quede sin efecto desde el 1º del próximo año económico, la Real Orden de 22 de agosto, debiendo incluirse en la propuesta de inversión del material de Ingenieros, a partir del próximo ejercicio, la cantidad de 85.000 pesetas reintegradas al Ayuntamiento de Santander, de las sumas adelantadas para las obras expresadas. Con las 85.000 mencionadas y las 40.000 que se deben descontar a cuenta del cuartel de San Francisco, según Real Orden de 23 de junio anterior, se completan las 125.000 pesetas que deben reintegrarse anualmente a la Corporación, con arreglo al Contrato aprobado de Real Orden. Firmado en Burgos, a 23 de mayo de 1894.

Se había hecho la entrega del cuartel de San Francisco el día 10 de marzo de este año de 1894, a las once de la mañana, estando presentes en el acto, por parte del Ayuntamiento, D. José M.” González Trevilla, Alcalde y Presidente de la Comisión de Obras, y D. Marino Gutiérrez García, Síndico e Individuo de la Comisión citada, en nombre y representación del Ayuntamiento; D. Eusebio Rodríguez Mangas, Coronel Comandante Militar de la Plaza; D. Ramiro de Bruna, Comandante de Ingenieros de la Provincia, y D. Manuel Gómez de Rozas, Comisario de Guerra de la Ciudad, comisionados por el Ramo de Guerra, con asistencia de D. Sixto Valcázar, Secretario de la Corporación Municipal, quienes expusieron: «Que acordado por Real Orden de 3 de enero de 1893 entregar el Cuartel de San Francisco al Ayuntamiento en virtud de las facultades que Guerra se reservó ‘en la cláusula séptima del contrato elevado a escritura pública el 3 de octubre de 1890, convenio modificado en las Reales Ordenes de 17 y 23 de junio y 2 de agosto de 1893, procede a hacer entrega a los representantes del Municipio a cuyo efecto se fijaron los límites exactos que constan en los planos de entrega, etc.».

Al término de este mismo año se concluyó el cuartel de María Cristina, que llevó el nombre de aquella Reina, madre de Alfonso XIII, quien al igual que su abuela Isabel II, eligió las playas de nuestra ciudad para veranear, y donde finalmente tuvieron su residencia en el Palacio de la Magdalena, regalo de los santanderinos a su Rey.

No sabemos exactamente cuando se inauguró el cuartel, y la única noticia de esta efemérides que hemos recogido, aparece en El Cantábrico del 21 de noviembre de 1895, en que se dice: «Ayer se firmó el acta de recepción de las obras del Cuartel de María Cristina, faltando algunos insignificantes detalles, aparte de que para poder utilizarlo, falta llevar a cabo las obras de conducción de aguas, cosa que no puede hacerse en dos días. El servicio de suministro de aguas es indispensable, por ser los retretes de inodoro de sifón, y por la necesidad de surtir abrevaderos, lavaderos, etc. El Ayuntamiento para reducir los gastos, trata de ahorrar las 70.000 pesetas que se habían consignado para aquellas obras».

«El Ayuntamiento está obligado por escritura pública a dotar de aguas el cuartel, y esta obligación la ha recordado varias veces al Ayuntamiento el Comandante del VI Cuerpo del Ejército. Debe ocuparse activamente el Ayuntamiento de ello, sin lo que no se podrá ocupar el cuartel, y por consiguiente no se aumentará la guarnición de Santander».

Al llegar al término de este trabajo, todavía no hemos podido comprender porque se llamó Prado de San Roque a este lugar, pues entre los nombres de ermitas existentes en Santander, no aparece ninguna de tal advocación, aunque en tiempos muy posteriores sí que se puso allí un santuario a San Roque, pero que no pudo ser el origen del nombre de Prado.

Santander se sintió orgullosa de este cuartel, y así vemos en una guía de la ciudad del año 1903, la siguiente reseña: «Está situado en el Prado de San Roque, en el Alta, desde donde se contempla toda la ciudad y la bahía a vista de pájaro. El cuartel tiene cabida para un batallón; o sean 1.000 plazas con las habitaciones necesarias para Jefes y oficiales. Casi todo el edificio es de piedra, y por su solidez y seguridad, ofrece toda clase de garantías. Terminaron las obras de construcción del cuartel hacia finales del año de 1895, y presta servicio desde entonces. Las obras de construcción se activaron últimamente por recomendación del Gobierno, en vista de las proporciones que tomaba la Guerra de Cuba, iniciada a principios de dicho año».

Teniente Luna pasando revista 1980
Teniente pasando revista en el Cuartel María Cristina. 1980.

Y es a finales de 1985, cuando se arría la bandera del Cuartel de «María Cristina». Por reorganizaciones del Ejército Español, desaparece el Regimiento de Infantería de Valencia nº 23, que fue el primero que ocupó oficialmente el «Cuartel del Alta», y el último que como broche de oro cerró su ciclo de vida: más de 80 años de vivencia castrense en el viejo cuartel; guerras, revoluciones, incendio de Santander en 1941, etc., fueron tristes efemérides en los que el Regimiento de Valencia demostró su lealtad a la ciudad de Santander, que el día 16 de noviembre, despidió fervorosamente a la unidad, y el 7 de diciembre le ofreció un homenaje merecidísimo.

El cuartel murió después de cerradas sus puertas; el asta desnuda de la bandera bicolor, lloró solitaria el silencio de las cornetas y la ausencia de los «mozos» que allí servían a la patria…

Bibliografía

El cuartel de María Cristina. Marta del Carmen Gonzalez Echegaray, Revista Altamira 1989.

EL CUARTEL DE SAN FRANCISCO.

1886 - Cuartel de San Francisco - Diputacion Provincial - Iglesia San Francisco
Cuartel de San Francisco junto a la Iglesia del mismo nombre en 1886.

No era cuartel propiamente dicho, sino una dependencia del antiguo Convento de Franciscanos, que se hallaba situado en el actual emplazamiento del palacio municipal. Con motivo de la desamortización de Mendizábal, se instalaron en él, la Diputación Provincial, Correos, una dependencia particular, y en la parte posterior el Cuartel, llamado desde entonces de San Francisco.

De él nos describe Gutiérrez Calderón, en su obra Santander a fin de siglo «Desapareció el convento, cuya fundación se atribuye a San Francisco de Asís. Era grande, modificado en 1687, y ocupaba con la iglesia y dependencias lo que ocupan aproximadamente el Palacio Municipal, la calle contigua al Norte, y el edificio mercado. El convento y la iglesia se extendían por casi todo el frente de la plaza». «Tuvo en sus tiempos más de sesenta religiosos franciscanos, de ellos buen número de estudiantes novicios, con cátedras de filosofía, teología escolástica, moral y escritura, pero llegó la exclaustración, y en el rodar de los tiempos, el convento se convirtió en cuartel, y el toque de campana fue sustituido por el de corneta. El cuartel conservaba el gran patio cerrado por pared de mampostería que avanzaba sobre la plaza, provisto de ventanas con rejas, a poco más de medio metro del suelo, por las que curioseaban las gentes lo que preparaban los rancheros para el alimento de la tropa. En el centro de la pared, una puerta grande de madera era la entrada principal, con las garitas para los centinelas a sus lados».

«En el último piso fueron alojados años hacía, algunos prisioneros carlistas, que llegaban aún después de terminada la segunda guerra civil y eran destinados al ejército de Cuba. Ocuparon el ex-convento de San Francisco, el Batallón de Cazadores de Alba de Tormes, una sección de Lanceros, y algunas oficinas militares».

Sobre la desamortización de este antiguo convento, y los posteriores destinos del edificio, existe un documentado trabajo de M. Vaquerizo Gil, que detalla largamente los incidentes del cambio de ocupación del Convento.

Comprendía el Cuartel, una planta baja y planta principal, como se describe al deslindarse los locales en 1855, en cuya escritura se dice: «La planta baja consta de un patio de forma cuadrada, rodeado de un claustro de cuatro intercolumpios en cada frente; dicho patio linda al Norte con los locales y solares que ocupó el cuartel; al Este con la iglesia de San Francisco; al Oeste con locales ocupados por la Administración de Correos, y al Sur con locales de particulares. Da acceso al patio un zaguán con puerta de entrada en la fachada Sur y calle del Correo, contigua a la iglesia de San Francisco».

«La planta principal consta de los locales que se hallan sobre el lado Este del claustro y sobre el zaguán de entrada, y además una sala que corre, desde el primer intercolumpio del Claustro del Sur, hasta la fachada Sur que da a la calle del Correo; al Este de la sala que cae sobre el zaguán, hay otra pequeña habitación; además consta esta planta de dos habitaciones situadas sobre el primer y segundo intercolumpio del claustro Norte del patio. Lindan estos locales al Sur, con la fachada principal, y calle del Correo, al Este con la iglesia de San Francisco, y al Oeste con los locales de la Diputación Provincial.

Asimismo disponía de los desvanes que cubrían los locales de la Planta Principal». Nos da noticias de este cuartel R. de Solano, en un artículo de la serie por él publicada bajo el título El Ayer Santanderino «Todavía conocí yo al Norte del templo, el cuartel de San Francisco, en el que se alojaba el Regimiento que guarnecía a Santander, antes de terminarse el actual de María Cristina, y vi salir formada la fuerza casi a diario, por la calle de Isabel II, y destacarse la guardia de la cárcel, y pasar ante mis ojos niños el soldado que conducía el parte – un cuadrado sobre pegado con oblea – en la balloneta del fusil, en aquellos mismos lugares».

«El cuartel estaba según digo, en un cuerpo de fábrica, al norte de la iglesia que eran vértice del ángulo de un conjunto, cuyo lado del oeste estaba, en mis tiempos, formado por una crujía de escasa altura (planta, entresuelo y piso) de moderna construcción. Su fachada daba a Becedo, y en la planta baja se hallaba instalada una oficina de Correos, con el buzón abierto en un sillar de la esquina».